Volver a Calaluna 4. Puesta en valor
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4. Puesta en valor

Puesta en valor

El fin de semana lo dediqué a construirme una coartada.

No la llamé así, evidentemente. La llamé «documento de trabajo».

El sábado por la mañana saqué la mesa camilla del salón al balcón, enchufé el portátil con un alargador de los de mi abuela —naranja, con cinta aislante en un empalme, probablemente ilegal desde los noventa— y me puse a hacer lo único que sé hacer cuando no sé qué hacer, que es una estructura.

Y la estructura salió sola, porque estas cosas salen solas cuando llevas quince años pariéndolas:

Situación. Activo con buena localización, marca local consolidada, margen sin optimizar y dependencia crítica de un recurso no sustituible. Objetivo. Maximizar el valor de transmisión en un horizonte de once semanas. Enfoque. Puesta en valor: ordenar, medir, documentar, presentar.

Trabajé toda la mañana con el ruido de fondo del pueblo un sábado de junio, que consiste en una hormigonera pequeña en alguna parte, la campana del mediodía y, a partir de las once, la puerta de abajo abriéndose cada veinte minutos con el chasquido electrónico de la cerradura de numeritos del siete.

Cada vez que sonaba, yo levantaba la cabeza. Cada vez había una maleta distinta.

A las dos, el pasillo con las siete cajas seguía siendo un pasillo con siete cajas, y yo llevaba cuatro horas y media ordenando la vida de mi abuela en apartados con letra negrita.

Lo leí dos veces y me pareció impecable.

Un vendedor serio no vende un chiringuito: vende un negocio con las cuentas ordenadas, los proveedores con condiciones por escrito y una temporada documentada mes a mes.

Con la caja de julio y agosto bien enseñada, aquello podía valer entre un veinte y un treinta por ciento más que lo que valía el viernes por la mañana.

Era verdad. Era, además, exactamente lo que yo le habría recomendado a un cliente.

Y era, sobre todo, un motivo. Un motivo con formato, con entregables y con fecha de cierre, para pasar en Calaluna un verano que no había elegido y que no pensaba admitir que no me molestaba pasar.

El domingo por la tarde, mientras pasaba a limpio el calendario de trabajo, me di cuenta.

Fue leyendo mi propio resumen en voz alta, que es una manía que tengo. Y al llegar a la tercera línea me oí:

Consultora en excedencia hereda el negocio familiar en un pueblo costero y dispone de un verano para decidir qué hacer con él.

Me quedé mirando la pantalla.

Porque eso, señores del jurado, no es una situación: es una contraportada.

Es la contraportada de tres libros que he visto este año en el expositor giratorio del aeropuerto de Barajas, junto a las bolsas de pistachos y los cargadores a dieciocho euros.

Me sé el argumento. Me lo sé entero. La protagonista llega con zapatos inadecuados, se pelea con un lugareño de mandíbula ancha, aprende a hacer algo con las manos, descubre El Valor De Las Cosas Sencillas y en la página doscientos ochenta renuncia a un ascenso mientras alguien la mira desde una barca.

Yo tengo un máster, una hipoteca en Chamberí y un plan con tres fases.

Yo vengo a ejecutar un mandato de venta.

Cerré el portátil con más energía de la necesaria, me comí dos rosquilletas del tupper de la señora que no ubico y no le volví a dar vueltas al asunto en todo el verano, cosa que a estas alturas de mi vida sé reconocer como el principio de un problema.

◆

El lunes a las diez de la mañana convoqué una reunión de socios.

Lo dije así, «reunión de socios», por el móvil, y noté al otro lado ese silencio de dos segundos que hace la gente cuando decide no comentar algo.

—Aquí a las diez estamos con el género —dijo Teo—. Ven y te sientas.

Fui y me senté. En la mesa cuatro no: en la de dentro, la pegada a la barra, que es donde se hacen las cosas de verdad y donde no da el sol.

Saqué el portátil. Él salió de la cocina con un barreño de gambas, se sentó enfrente y se puso a pelarlas mientras hablábamos, con una velocidad que me distrajo durante el primer punto del orden del día, porque yo tardo eso en pelar una.

Y se sentó de espaldas al mar.

Lo apunté mentalmente en la carpeta de cosas raras. Tienes veinte mesas, tienes un sitio en el que la gente paga por mirar al agua, y tú te colocas mirando a la nevera de los refrescos.

—Bueno —dije—. Te resumo dónde estamos.

—Estamos en que no se puede vender hasta septiembre.

—Estamos en que se puede vender mejor en septiembre.

—Le di la vuelta al portátil para que lo viera—.

Once semanas. Tres bloques: ordenar, medir, documentar.

Si en septiembre yo puedo poner sobre una mesa una temporada entera con números limpios, esto vale bastante más que si pongo un archivador con libretas y buena voluntad.

Teo miró la pantalla el tiempo que se mira un cartel al pasar en coche.

—¿Y eso quién lo hace?

—Eso lo hago yo.

—Ya. ¿Y mientras tú haces eso, aquí quién saca doscientos cuarenta cubiertos un sábado?

—Tú.

—Vale. —Cogió otra gamba—. Entonces la reunión es corta.

—La reunión es corta si acordamos dos cosas. Una: gestión, números, proveedores y trato con posibles compradores, yo. No porque sea mío el sesenta, sino porque es lo que sé hacer y tú no tienes por qué saberlo.

—Concedido —dijo, sin levantar la vista—. Lo segundo lo digo yo.

—Dilo.

—En la cocina no entra nadie a decirme cómo se hace nada. Ni tú, ni un tasador, ni un señor con un iPad. —Dejó la gamba pelada en el segundo barreño—. Y a Óscar no me lo tocas.

—¿Quién es Óscar?

—Óscar es el que te trajo la ensaladilla el martes y al que tú apuntaste en la carpeta como «camarero joven, alta energía».

Levanté la vista.

—Se te lee del revés, Santos. Desde aquí, todo el rato. —Ahora sí sonrió, y sonrió antes de la frase siguiente, que es su manera—. Es lo que tiene sentarse de espaldas al mar: que uno mira otras cosas.

Escribí «atribuciones acordadas» en el documento y no dije nada durante unos segundos, que en una negociación es una técnica y en aquel momento era otra cosa.

—Acordado —dije—. ¿Óscar por qué es intocable?

—Porque es el mejor camarero que ha pasado por aquí en seis años y porque cobra lo que cobra un camarero de temporada. Eso es una frase que no aguanta mucho examen, así que la tapo teniéndole contento.

—Eso lo puedo mirar yo. Lo del coste laboral.

—Míralo. —Se limpió las manos en el trapo del hombro—. Pero cuando lo mires, no me vengas con una tabla. Ven con una cifra y dime si puedo dársela.

Pasé al tercer punto, que era el que traía preparado desde el viernes.

—Proveedores. Necesito condiciones por escrito. Todas.

—Están escritas.

—Están en tu cabeza y en los márgenes de un cuaderno. Eso, para un comprador, no existe. —Giré el portátil otra vez—. Antonio cobra los martes: ¿eso es un acuerdo o es una costumbre?

—Es lo segundo, que aquí pesa más.

—Un comprador de fuera no compra costumbres.

—Un comprador de fuera —dijo Teo— tampoco compra hielo un domingo de agosto a las dos de la tarde. Antonio sí. Y lo hace porque cobra los martes desde que yo era pequeño.

Escribí «Antonio: martes (no tocar)» y me quedé mirando el paréntesis, que era la primera concesión del documento y llevaba once minutos de reunión.

—Vale —dije—. Lo dejamos como está y lo documentamos como está. Pero se documenta.

—Documenta lo que quieras. Mientras el hielo llegue.

◆

Óscar llegó a las once menos veinte en un patinete eléctrico con un asa envuelta en cinta americana, lo aparcó dentro, contra el saco de las patatas, y lo enchufó a la única regleta libre con la naturalidad de quien lleva haciendo eso desde mayo.

—Buenos días, jefa —me dijo.

—No soy tu jefa.

—Eres la nieta de la señora Luna, o sea que eres mi jefa desde antes de conocerte. —Se ató el delantal—. ¿Le echo un ojo al café o ya has desayunado?

Óscar tiene veintidós años, estudia Turismo en Vilarreal, se levanta a las siete y cuarto porque en Calaluna no hay un solo cuarto que un temporero pueda pagar en junio, comparte piso con dos chavales del Costa Azul —un rider y un socorrista— y llama al patinete «el leasing» porque lo está pagando a plazos y porque, según él, «suena mejor en las bodas».

Todo esto me lo contó en cuatro minutos y sin que yo preguntara nada.

También me contó, en el mismo tono con el que me contó lo del patinete, que su contrato acaba el treinta de septiembre, que el año pasado acabó el veinte y que este es mejor porque son diez días más; y que en septiembre tiene Contabilidad II, que la lleva regular, «pero bueno, es que el examen es el día doce y el doce yo estoy aquí hasta las cuatro».

Lo dijo sin queja ninguna. Lo dijo como se dice el horario de los autobuses.

Lo que me contó en el quinto minuto, mientras colocaba los saleros, tampoco se lo pedí.

—Oye, ¿tú y el jefe qué sois?

—Socios.

—Ya, pero digo antes.

—Amigos del instituto.

—Ah. —Puso el último salero—. Es que mi prima dice que erais novios y que te fuiste a Madrid sin decírselo, y yo le dije que eso es de película antigua, que hoy en día te vas y avisas por el grupo.

En la cocina, algo metálico se movió.

—Óscar —dijo la voz de Teo, sin asomarse—. Las neveras.

—Voy a las neveras. —Se fue, y a los tres pasos giró la cabeza—. Pero si erais novios no pasa nada, ¿eh? Yo lo veo hasta bien para el negocio.

◆

A las cuatro y media, cuando se fue la última mesa y Óscar salió a fumar al murete, ayudé a recoger. Nadie me lo pidió. Lo hice porque estar de pie con un portátil en un sitio donde todo el mundo mueve cosas te convierte, a los veinte minutos, en un mueble.

Y recogiendo encontré el libro.

Estaba en el estante de debajo de la barra, entre una caja de tickets y una radio, y no era el archivador verde ni tenía nada que ver con la gestoría de Ferrandis.

Era un cuaderno grande, de tapas de hule, hinchado de humedad, con una goma sujetándolo porque las tapas ya no se sostienen solas.

En la primera página, con rotulador: ESCANDALLOS.

Lo abrí por la mitad.

Y no era un libro de escandallos. O lo era y a la vez era otra cosa, porque al lado de las columnas —arroz de los domingos, coste por ración, precio de venta, margen— estaba su letra picuda inclinada a la izquierda, invadiéndolo todo por los márgenes:

El arroz sale a 3,40 y lo cobramos a 12. No subirlo. El día que lo subamos a 14 vienen otros y se van los nuestros.

Sardina: si Andreu trae, se paga a Andreu lo que pida y no se discute.

Coca de Chelo: no ponerla en carta. La gente que la pide es la gente que hay que tener.

Y al final de la página, en diagonal, con otro bolígrafo y sin venir a cuento de ninguna columna:

Un negocio son cuentas hasta que te descuidas.

—Eso no lo entiende ni Dios —dijo Teo desde la puerta de la cocina, secándose las manos—. Yo llevo nueve años cocinando de ahí y hay páginas que no sé si son recetas o cartas.

—¿Puedo llevármelo?

Tardó lo justo.

—¿Para qué?

—Para digitalizarlo —dije—. Los márgenes hay que pasarlos a limpio si queremos enseñar los costes de forma presentable. Nadie compra un negocio cuyo escandallo está escrito en un cuaderno con goma.

Era verdad. Palabra por palabra, otra vez, era verdad.

—Vale —dijo—. Pero me lo devuelves.

—Te lo devuelvo.

—Ya. —Colgó el trapo—. Es que ese cuaderno es lo único que hay aquí que no se puede comprar.

◆

En casa cené de pie, dos rosquilletas más y una lata, y me senté en el balcón con el cuaderno cuando ya no daba el sol.

Empecé por la mitad porque era donde lo había abierto.

Cinco páginas de arroces. El de los domingos, el de senyoret, uno tachado entero con dos rayas y la palabra «no» al lado, otro que no tenía nombre y solo ponía el de cuando sobra pescado .

Coste por ración, kilos, mermas, y en el margen del segundo domingo de agosto de un año que no se lee: hoy 71 arroces. Nunca más 71.

Iba a pasarlos a una hoja de cálculo. Tenía la hoja abierta al lado, con las columnas puestas y todo.

A la una y cuarto me desperté con la mejilla contra el hule del cuaderno, el cuello torcido, el portátil en suspensión y la bombilla del balcón encendida, con la polilla de siempre dándole vueltas.

Cerré el cuaderno con la goma. Apagué el portátil. La luz me la dejé.