3. La Cláusula
La Cláusula
La notaría de Vilarreal de Mar está encima de una óptica y tiene una sala de espera con siete sillas, una máquina de agua sin vasos y un cuadro de un puerto que no es el de aquí.
Llegué a las once y cuarto. Teo llegó a las once y veinticinco con un archivador de palanca debajo del brazo, de esos verdes con la etiqueta escrita a mano, y me lo dejó en la silla de al lado sin decir nada, como se deja un paquete que llevas mucho rato cargando.
—Los ejercicios —dijo.
—Los ejercicios.
—Hay de doce años. Los ocho primeros están en libretas. Del dieciocho en adelante ya se lo llevaba una gestoría de aquí, la de Ferrandis, que es cara y buena por ese orden.
Abrí la tapa. Efectivamente: libretas. Cuadrícula, bolígrafo azul, columnas hechas a mano con una regla, y en algunas páginas una segunda columna a lápiz que era, deduje en dos segundos, lo que se cobraba de verdad frente a lo que se declaraba en los primeros años, porque mi abuela era una santa según la señora Puig.
Cerré la tapa.
—Gracias.
—Está todo. —Se sentó. Dejó las manos sobre las rodillas, se las miró y se las frotó una vez, y ahí se quedaron—. Menos lo de los proveedores, que ya te dije.
—Ya me dijiste.
—Antonio, el del hielo, cobra los martes. Chelo no cobra: se compensa. Y al de las bebidas se le paga a treinta días y se le agradece a sesenta.
Lo apunté. Lo apunté de verdad, en la carpeta, con letra de acta.
Estuvimos ocho minutos callados en una sala de espera con un cuadro de un puerto ajeno, y no fue exactamente incómodo, que era lo raro.
En las otras sillas había un matrimonio mayor con una carpeta de gomas y un hombre solo, de traje, que no paraba de mirar el móvil y de darle la vuelta boca abajo, y de volver a mirarlo.
La señora del matrimonio le explicaba a su marido, por tercera vez, que era firmar y ya está.
El marido decía que ya, que si él lo sabía.
Y a los dos minutos volvía a preguntar si había que llevar algo.
Sonó un teléfono detrás del mostrador y la chica de administración dijo «notaría, buenos días» con una entonación tan estable que probablemente la conserva dormida.
A la sala de espera de una notaría en junio no la altera nada.
Es el sitio menos dramático de España. Ahí dentro se reparten herencias, se compran pisos y se rompen sociedades, y todo el mundo espera con la misma cara con la que se espera en el mostrador de una compañía de seguros, y creo que si no fuera así no se podría hacer.
A las once y treinta y cinco salió Bernat en persona a buscarnos, cosa que después supe que hace siempre, y nos dio la mano a los dos con la misma energía escasa.
—Pasen. Vamos a ir rápido, que esto es más corto de lo que la gente se cree.
◆
Al despacho de un notario se entra con una idea equivocada, que es la de la película: el sobre lacrado, el silencio, la familia enfrentada. La realidad es una mesa con dos montones de papel, un ordenador de hace seis años y un hombre con gafas de leer que te pide el DNI antes de que te sientes.
Bernat leyó. Leyó como se lee un pliego de condiciones, sin subir ni bajar la voz en ningún sitio, y a mí me pareció, mientras lo oía, la persona más decente de la provincia.
Vivienda de la calle del Forn número catorce, con su contenido: para mí.
«Con su contenido». Tres palabras de fórmula, de las que se ponen para que no haya discusiones sobre una batidora, y que en mi cabeza abrieron a la vez las siete cajas del pasillo, la manga mostaza asomando por la solapa mal cerrada y un tarro de mermelada de higo de hace tres veranos con la fecha escrita a mano.
El sesenta por ciento de las participaciones del negocio: para mí.
El cuarenta por ciento restante: para Teodoro Arbona Castells, que ya era titular de un quince y al que se legaba un veinticinco más.
Miré a Teo de reojo. Tenía los ojos en la mesa. No se movió cuando dijeron su nombre completo, que es de las pocas veces en la vida en que a uno se lo dicen entero.
—Y luego hay una disposición —dijo Bernat— sobre la que quiero que me presten atención, porque es la parte que suele generar conversación.
Levantó una hoja.
—La causante establece la prohibición de transmitir las participaciones del negocio, en todo o en parte, y de enajenar el inmueble donde se desarrolla la actividad, antes del uno de septiembre de dos mil veintiséis.
Silencio administrativo.
—¿Antes del uno de septiembre —dije.
—Del uno de septiembre.
—¿De este año.
—De este año. —Bernat dejó la hoja—. Es una cláusula de tres líneas y media. Se la redacté yo, y le advertí a su abuela de que era discutible. Ella me contestó que discutir es gratis. Textualmente.
Y entonces me pasó la copia por encima de la mesa, y en el margen, junto a la línea de la fecha, había cuatro palabras escritas a mano en tinta azul, con esa letra picuda suya que se inclinaba a la izquierda porque le habían enseñado a escribir con la mano que no era:
Que se quede el verano.
Hay un momento, en las reuniones muy malas, en que uno nota que se le acaba el aire y tiene que decidir muy rápido qué hace con la cara. Yo tengo mucha práctica. Sé exactamente cuánto tiempo puedo estar callada sin que se note: son tres segundos. A los cuatro, alguien pregunta si estás bien.
Conté tres.
—¿La prohibición afecta también a un acuerdo de intenciones no vinculante —dije— o solo a la transmisión efectiva?
—Solo a la transmisión —dijo Bernat—. Usted puede negociar, tantear, firmar precontratos si quiere y si alguien se los firma. Lo que no puede es entregar antes del uno de septiembre.
—¿Y a la parte del cuarenta por ciento le aplica igual?
—Igual.
Teo carraspeó.
—Yo agosto lo tengo libre de firmas, si te sirve.
No le miré. Me quedé mirando el margen de la hoja, el trocito de tinta azul, y sentí unas ganas enormes de decirle algo que nos hiciera daño a los dos, y como no se me ocurrió nada lo bastante bueno, hice lo que sé hacer, que fue seguir preguntando.
—¿Es impugnable?
Bernat se quitó las gafas y se pellizcó el puente de la nariz.
—Todo es impugnable —dijo—. La cuestión no es esa. La cuestión es si a usted le compensa un año de pleitos por ahorrarse un verano. Eso ya es filosofía, y yo cobro por lo otro.
Anoté «impugnación: no compensa» y subrayé «no compensa» dos veces, como si el subrayado fuera un argumento.
Firmamos. Se firma menos de lo que la gente cree y con un bolígrafo peor del que uno se imagina.
En el pasillo, ya de pie, Bernat me dio la mano otra vez y dijo, sin dramatismo ninguno, con el mismo tono con el que había leído los porcentajes:
—Su abuela venía todos los años a repasar el testamento. Todos. Como quien se mira la vista. Este año vino en febrero, cambió eso y se quedó tranquila.
—¿Le dijo por qué?
—A mí me dijo que hacía calor para ser febrero. —Se encogió de hombros—. Yo no pregunto. Si preguntara, esto duraría el doble.
◆
En el aparcamiento, Teo se paró junto a su furgoneta y esperó, con las llaves en la mano, a que yo dijera algo.
—Lo sabías —dije.
—Sabía que había algo. Me lo soltó en enero, mientras cortaba pimientos, con esas cosas que decía ella de que aquí nadie firma nada hasta que no se ha comido el verano. Pensé que era una manera de hablar.
—Pues no lo era.
—No.
Se pasó el pulgar por el borde de la llave.
—¿Y ahora qué haces? —dijo—. Es curiosidad profesional. Tengo que saber si compro para agosto o compro para el finiquito.
—Compra para agosto.
—Vale.
—Eso no significa nada.
—Yo no he dicho que signifique nada. He preguntado por el género. —Abrió la puerta de la furgoneta y se quedó con el brazo en el marco—. Aquí en junio se decide agosto, Gabriela. Es lo único que se decide con tiempo en todo el año.
—Oye, lo de agosto no te lo tenía que haber dicho ahí dentro.
—No.
—Ya. —Sonrió, pero esta vez la sonrisa llegó después de la frase y no antes, que es otra cosa—. Es que llevo tres semanas ensayándolo.
Y se metió en la furgoneta y se fue, y yo me quedé en un aparcamiento de Vilarreal de Mar a las doce y veinte del mediodía con un archivador verde, una carpeta y tres líneas y media que me habían roto un plan de dos semanas.
◆
En el coche no arranqué.
Primero vino la rabia, que llegó puntual y bien vestida, con argumentos: que era una manipulación, que era exactamente su estilo, que llevaba ochenta años haciendo lo mismo con todo el mundo y que a mí me lo hacía por última vez desde una notaría y sin posibilidad de réplica.
Que si quería que me quedara, podía habérmelo pedido.
Podía haber dicho «quédate», en un teléfono, un domingo por la tarde, entre la pregunta de si comía y la de si me abrigaba.
Ahí me tuve que parar, porque la frase venía con su reverso incorporado y el reverso era mío.
Y debajo de la rabia, cuando se calló, había otra cosa.
Alivio.
No sé escribirlo mejor. Tres meses en Madrid con una agenda vacía que fingía llenar, y de pronto un motivo escrito por un notario, un impedimento legal, una fuerza mayor.
Nadie puede decirle a nadie que se está escondiendo si tiene un documento.
Ochenta y un días en los que yo no tenía que decidir nada porque ya lo había decidido una señora que se murió en mayo.
Y debajo del alivio, inmediatamente, como el segundo escalón de una escalera a oscuras, la vergüenza de haber sentido el alivio.
Tardé cuatro minutos en arrancar. Lo sé porque el reloj del salpicadero marcaba y doce cuando me senté y y dieciséis cuando puse la marcha atrás.
En algún punto de esos cuatro minutos abrí el archivador otra vez y saqué una libreta al azar. Salió la del 2004. Julio del 2004, semana del doce al dieciocho: ochenta y una comidas el sábado. Ochenta y una. Y en el margen, con el mismo bolígrafo azul: falta hielo, hablar Antonio .
Antonio, el del hielo. El que cobra los martes.
Veintidós años después seguía cobrando los martes y a mí me lo había explicado esa misma mañana un hombre en una silla de plástico, y mi abuela llevaba veintidós años apuntando lo mismo en el mismo margen, y en algún momento de esos veintidós años yo había dejado de venir sin decidirlo un día concreto, que es como se dejan las cosas de verdad: sin un día concreto.
Cerré la libreta antes de llegar a agosto.
◆
Aparqué a la sombra en la placeta, no debajo de la morera, y llamé a mi jefa desde el coche con las ventanillas subidas, que es donde llamo yo cuando no quiero que se me oiga la casa.
Lo tenía preparado. Lo llevaba preparado desde la comarcal del lunes: un tema patrimonial, una cláusula testamentaria, nada, papeleo. Once segundos.
Me salió en nueve.
—Voy a necesitar el verano —dije al final—. Hay una disposición que impide cerrar la operación antes de septiembre. Puedo llevar cosas en remoto, si hace falta.
Hubo una pausa al otro lado que no era de sorpresa. Yo trabajo con esa mujer desde hace nueve años y conozco sus pausas como el pueblo conoce mis maletas. Esta era la pausa de estar mirando otra pantalla.
—Claro, Gabriela. Tómate lo que necesites.
—Puedo entrar en lo de la auditoría de procesos si—
—Tómate lo que necesites —repitió, más suave—. De verdad. Aquí está todo cubierto.
Nos despedimos muy bien. Con afecto, incluso.
Colgué y me quedé con el móvil en la mano, en un coche caliente, con el archivador de mi abuela en el asiento de al lado y la sensación exacta de haber pedido un permiso que no me hacía falta, porque nadie estaba esperando a que volviera.
Saqué la libreta. Puse una raya en el punto 1.
Y me quedé bastante rato mirando el 3, que era la palabra «Vender», y que a partir de aquel viernes tenía fecha, y la fecha era el uno de septiembre.