2. Amabilidad de delantal
Amabilidad de delantal
A las nueve menos cuarto ya sabían en el horno que había llegado, a qué hora, en qué coche y con cuántas maletas. Una maleta. Se lo aclaré a Chelo porque me pareció que el dato circulaba mal.
—Una —dijo ella, apuntándolo en algún archivo interno—. Entonces te vas pronto.
—Tres semanas.
—Eso es una maleta y media. —Metió la pala en el horno sin mirar—. ¿Qué te pongo?
Pedí un café con leche de avena. Lo pedí sin pensar, del mismo modo que uno dice «buenos días», porque llevo cuatro años pidiendo eso todas las mañanas en un sitio de la calle Fernández de los Ríos donde el chico ya me lo tenía hecho antes de que llegara a la barra.
Chelo dejó la pala. Se limpió las manos en el delantal. Me miró como se mira una factura con un concepto raro.
—De vaca.
—De avena, si tienes.
—De vaca —repitió—. La avena es para los caballos, hija. Aquí no hay caballos.
Y me sirvió el café con leche de vaca, y estaba bueno, y me cobró uno veinte, que en Madrid es el precio de mirar un café.
Detrás de mí se había formado la cola de las nueve, que en Calaluna no es una cola sino una asamblea.
Fueron pasando. Que si el pésame. Que si tu abuela era muy suya pero muy buena.
Que si te has quedado muy delgada, dicho con reproche, como si adelgazar fuera algo que le hago al pueblo.
La señora Puig me dio dos besos y una bolsa con media coca de sardinas envuelta en papel de horno, y otra señora que juro que no ubico me trajo un tupper de rosquilletas y me dijo que ya se lo devolvería cuando pudiera, sin especificar el plazo, que es la manera que tienen aquí de asegurarse de que vuelves.
Y todos me contaron algo de ella.
El problema es que no coincidían. Para la señora Puig, mi abuela era una santa que no se metía con nadie.
Para el hombre de la gorra que esperaba el pan de payés, era «la que le montó el pollo al del ayuntamiento por lo de las hamacas», con una admiración que no dejaba lugar a dudas sobre el tamaño del pollo.
La del tupper dijo que era muy cerrada, que nunca contaba nada suyo.
Chelo, desde el mostrador y sin levantar la voz, dijo que qué iba a contar, si lo contaba todo.
Yo asentía. Iba diciendo «ya», «claro», «sí, sí».
Y por dentro llevaba la cuenta, que es lo mío: cuatro versiones en once minutos y ninguna encajaba con la mujer que me llamaba los domingos por la tarde para preguntarme si comía.
Salí del horno con dos kilos de duelo comestible y me senté en el banco de la placeta a comerme la coca a las nueve y veinte de la mañana, porque estaba caliente y porque no había nadie mirando. Bueno. Había once personas mirando. Pero ninguna me lo iba a decir a la cara hasta el día siguiente.
Le escribí a Nuria mientras masticaba. Estoy aquí. Comida esta semana, dime tú. Contestó en once segundos: Anda, mira, ha llamado ella. Esta semana imposible, tengo turno partido y la niña con la muela. La otra. Y no te escaquees, que sé dónde vives.
Perfecto. Una prórroga administrativa. Me vino de maravilla y me habría gustado que me viniera peor.
◆
A las once bajé al chiringuito.
Bajé por trabajo, que conste. Llevaba la carpeta, el móvil con la nota de las preguntas y una idea muy clara de lo que iba a hacer: ver el estado del local, hacerme una composición del volumen, calcular a ojo la ocupación de un martes cualquiera y estimar, con un margen de error del veinte por ciento, qué demonios tenía yo entre manos.
Ir a un sitio con carpeta es la forma más eficaz de ir a un sitio sin que parezca que vas.
El Varadero de cerca es más pequeño y está mejor cuidado de lo que yo recordaba.
Suelo de plataforma, las tablas nuevas por la zona del pase y viejas por la de las mesas, lo cual dice quién ha invertido y en qué orden.
Veinte mesas, cuatro sombrillas de las buenas y seis de las otras.
La barra de siempre, la pizarra de siempre colgada al lado con la carta del día escrita con letra rápida y una falta de ortografía en «berberechos» que llevaba allí, sospecho, desde el segundo mandato de Aznar.
Y los toldos nuevos, tensos, sin remiendo, que seguían sin gustarme por motivos que no pensaba examinar antes de comer.
Me quedé tres segundos en el borde, donde acaba el cemento, con la carpeta debajo del brazo.
—¡Hombre! —dijo Teo desde dentro—. La propietaria.
Salió secándose las manos con un trapo. Tardó en secárselas más de lo que se tardan en secar unas manos. Sonrió antes de hablar, que es una costumbre suya de toda la vida y que sigue siendo insoportable, porque te obliga a decidir sobre la marcha si la sonrisa era de verdad o venía incluida.
—Socia —dije—. Buenos días.
—Socia. —Le dio la vuelta a la palabra como quien mira una moneda—. Pasa, pasa. No, ahí no. Ahí te da el sol y te vas a poner mala. Aquí.
Me llevó a la mesa buena. La cuatro, la de la esquina, la que se guarda para los que hay que guardársela, con la sombrilla nueva y el trozo de vista donde la playa se curva y no se ven las escaleras.
Retiró una silla. Me quitó del mantel unas migas que no había.
Todo con una atención de restaurante de mucho tenedor, y todo en un chiringuito donde el resto del mundo se sienta donde puede.
—¿Te traigo la carta o te traigo lo que te va a gustar?
—La carta está bien.
—La carta la escribo yo, o sea que es lo mismo con más pasos. —Se apoyó en el respaldo de la silla de enfrente. No se sentó—. Mira, hay sardina, hay ensaladilla y hay coca. Y hoy hay salmonete, que eso no sale en la pizarra porque se acaba a la una.
—Ensaladilla.
—Buena elección. Era la que le gustaba a tu abuela. —Pausa exacta, del tamaño de una uña—. Aunque igual ya no te acuerdas.
Ahí estaba.
Hay una manera de hacer daño que consiste en ser irreprochable.
Consiste en servirte la mejor mesa, quitarte migas inexistentes y decirte una cosa cierta con voz de camarero amable, de modo que si tú te ofendes, la maleducada eres tú.
Lo he visto hacer en consejos de administración, con corbata, con una técnica notablemente inferior a la de un hombre de treinta y seis años con un trapo al hombro.
Abrí la carpeta. Saqué el bolígrafo.
—Me acuerdo. Llevaba huevo duro picado muy fino y ella decía que el atún había que escurrirlo dos veces. —Le sostuve la mirada—. Y ya que tenemos la mesa buena y el día largo: ¿tenéis los datos de facturación de los últimos tres ejercicios o los pido en la gestoría?
Teo parpadeó una vez. Se le movió algo en la comisura.
—¿Los ejercicios.
—Los ejercicios. Y una relación de proveedores con condiciones de pago, si es que existe.
—Existir, existe. Está en la cabeza de tu abuela. —Y en cuanto lo dijo, se le vino encima lo que había dicho, y por primera vez en toda la mañana el hombre no tenía la sonrisa puesta de antemano. Se recolocó el trapo—. Está todo en un archivador. Te lo saco.
—Gracias.
—A ti.
—No, en serio: gracias.
—Que a ti.
Empate técnico. Se fue a la cocina andando despacio, como anda la gente que quiere que se note que no huye.
◆
Mientras esperaba la ensaladilla hice mi trabajo, que era contar.
Veintitrés comensales a las once y veinte de un martes de junio.
Rotación de la mesa de la sombra: alta. Un camarero joven, veintipocos, con una energía que en una empresa mediana costaría formar dos años.
Ticket medio estimado, entre catorce y dieciocho. Cocina: una sola persona.
Una sola persona.
Lo apunté con una raya al lado, que en mi taquigrafía significa «riesgo».
Y mientras contaba, me contaban a mí.
En la mesa de la izquierda, la larga pegada a la barandilla, había cuatro.
Dos hombres, dos mujeres, edades entre los setenta y los que no se preguntan.
Café, dos vasos de agua, un cortado y un cuaderno cuadriculado.
Llevaban ahí desde antes que yo y se iban a quedar hasta después.
No hacían nada por disimular. Me miraban por turnos, con relevos, como si se hubieran repartido el horario: la señora del pelo corto de nueve a nueve y media, luego el del polo azul marino, luego el que no hablaba, que me miraba menos rato pero más fijo.
La señora del pelo corto —Matilde, tardé cuatro minutos en recuperar el nombre de un cajón de mi cabeza donde ponía «maestra»— dijo algo en voz baja. El del polo contestó. Todos asintieron.
Vi el cuaderno cuadriculado de reojo cuando el del polo lo abrió para apuntar algo.
No era la lista de la compra. Eran columnas, con nombres arriba y números debajo, y una raya doble separando lo de la semana pasada de lo de esta.
Una porra. Un cuaderno entero, llevado con una disciplina contable que ya quisieran algunos departamentos, para apostar sobre partidos que se juegan a seiscientos kilómetros.
Me pareció admirable y se lo diría a la cara a cualquiera.
Luego el que no hablaba dijo, sin mover mucho la boca y sin dirigirse a nadie:
—Es igual que la madre.
Que es la frase con la que en los pueblos se te condena y se te absuelve al mismo tiempo.
Y en ese preciso momento entró Toni con el pedido de bebidas, dos cajas al hombro, y en el trayecto de la puerta a la barra, sin que nadie le preguntara nada, dijo:
—Ayer semifinal. Cuartos no, semifinal, la del club de Vilarreal. Íbamos cinco-tres. Cinco-tres, ¿eh? Y va el Bernabé y se pone a jugar por abajo. Por abajo. Yo se lo dije en el descanso, se lo dije, Bernabé, la globo no, que ese de la izquierda te la clava. Bueno pues nada. Nada.
Dejó las cajas. Nadie contestó. El silencio duró lo suficiente como para que se notara que el silencio era la respuesta habitual.
—Cinco-tres —repitió, ya en la puerta.
Y se fue.
Miré el reloj sin darme cuenta de que lo estaba mirando.
◆
La ensaladilla estaba buena. Estaba mejor que buena y no pienso desarrollarlo.
A la una entró el servicio de golpe, como entra aquí: cuatro mesas a la vez, dos de ellas de seis, y un matrimonio con un bebé que quería sitio para el carro. Yo estaba en la mesa cuatro con la carpeta abierta y una columna de números, y durante veinte minutos dejé de escribir.
Porque desde la mesa cuatro se ve el pase.
Y por el pase salió todo: los arroces primero, las frituras después, la ensaladilla del bebé antes que lo del matrimonio porque el bebé no espera, un salmonete que no estaba en la pizarra y que alguien había pedido de memoria.
Sin gritos. Sin una comanda repetida. El chaval joven entraba y salía y en la puerta de la cocina se decían dos palabras que no llegaban hasta mí, y eso era todo el sistema.
Un sistema de una sola persona.
Lo apunté otra vez, con dos rayas. En mi trabajo, a eso se le llama dependencia crítica de un recurso no sustituible, y cuando aparece en una diapositiva, la diapositiva va en rojo.
Es un problema serio, es la primera cosa que un comprador va a mirar y es lo que hace que un negocio como este valga bastante menos de lo que parece cuando lo ves lleno.
Lo apunté en rojo. Y luego me quedé un rato mirando el pase, que ya no es apuntar.
Cuando vino a retirar el plato le pregunté por el archivador, y me dijo que el viernes, que el viernes ya nos íbamos a ver de todas formas.
—El viernes es la notaría —dije.
—El viernes es la notaría. —Se secó otra vez las manos, que estaban secas—. Once y media, en Vilarreal, con Bernat. ¿Vas tú o vas con tu madre?
—Voy yo.
—Vale.
Cogió el plato. Se quedó ahí un segundo con el plato en la mano, mirando hacia la barra, con esa cara suya de quien está decidiendo si decir la cosa o dejarla.
La dijo.
—Oye, Santos. —Y fue oírme el apellido y notar cómo se me enderezaba la espalda sola, quince años después, como un perro con un silbato—. El viernes te vas a llevar una sorpresa.
—¿Qué clase de sorpresa?
—De las de tu abuela.
—Teo.
—Yo ya la sé —dijo—. Por eso llevo toda la mañana sonriendo.