Volver a Calaluna 1. Lo que se hereda no se elige
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Volver a Calaluna

Por Inmaculada Roser

© inepub.com

1. Lo que se hereda no se elige

Lo que se hereda no se elige

En el desvío de la comarcal ya iba por la tercera versión.

La primera era demasiado larga. La segunda tenía la palabra «duelo» dentro, y la palabra «duelo» en una comida de trabajo funciona como un vaso que se cae: todo el mundo deja de hablar y alguien pide una bayeta.

La tercera me gustaba más. Un tema patrimonial en la costa.

Un negocio pequeño de mi abuela. Nada, papeleo.

Cabía en once segundos, que es más o menos lo que dura la atención de un socio antes del segundo café.

Lo ensayé en voz alta con el aire acondicionado a tope, y me salió bien, con esa cadencia mía de reunión de los martes.

La única pega era el sitio: no se puede decir «nada, papeleo» conduciendo por una carretera en la que te sabes las curvas.

Las curvas me las sabía. Iba tomándolas antes de verlas, que es una forma de recordar que no se aprende en ningún máster.

Kilómetro doce. Los invernaderos del Serrano, si es que seguían siendo del Serrano.

Kilómetro nueve, la gasolinera con el cartel de siempre y un cartel nuevo debajo, más grande y en inglés.

Kilómetro cuatro, el bar de carretera donde mi madre paraba a comprar agua y a discutir por teléfono, dos operaciones que ella hacía a la vez con una eficiencia que he heredado y que ahora me cobran a precio de consultoría.

Y luego la curva de arriba y el pueblo entero de golpe, blanco y torcido bajando hasta el agua.

Lo primero que hice fue tasarlo. Es un defecto profesional y no pienso disculparme: veo una cosa y le pongo un valor, un riesgo y un plazo.

Fachadas mejor de lo que esperaba. Paseo reformado, y bien, con esos bancos que ponen los ayuntamientos cuando les cae dinero de un plan.

Ocupación alta para ser 8 de junio, que a mí me pareció un buen dato y que probablemente para el pueblo era una noticia de otra clase.

Al fondo, en el monte, la urbanización nueva con las banderolas blancas colgando sin viento.

Sea View Living , leí desde el coche, y me hizo la gracia justa de un chiste malo que se cuenta bien.

Todo estaba más pequeño. Todo estaba exactamente igual. Las dos cosas a la vez, que es lo que nadie te avisa de que pasa.

Bajé por la calle del mar con la ventanilla abierta porque el aire acondicionado ya no tenía sentido, y entonces, sin haberlo decidido, empecé a hacer el otro inventario.

El bueno. La panadería de Chelo con el toldo remendado por el mismo sitio de siempre.

La ferretería, que ahora vendía flotadores gigantes con forma de flamenco.

El banco donde nos sentábamos y que sigue mirando a donde no hay que mirar, a la carretera, en lugar de al agua, porque quien lo puso pensaba en los coches.

Y al final del paseo, donde se acaba el cemento y empieza la arena de verdad, El Varadero.

Estaba abierto. Claro que estaba abierto: era la una y cuarto de un lunes de junio y la temporada no espera a nadie, ni siquiera por respeto.

Vi las mesas de fuera llenas hasta la tercera fila.

Vi a alguien saliendo de la cocina con dos platos en un brazo y algo en la mano libre, demasiado lejos para saber quién era, aunque yo sabía perfectamente quién era, porque no hay dos personas en el mundo que salgan de una cocina así, como si les hubieran dicho que corren y ellos hubieran contestado que no hace falta.

Reduje. Puse el intermitente.

Hay un detalle que no venía en ninguna previsión y que me descolocó más que el resto: los toldos.

Eran nuevos. Del mismo verde de siempre, pero nuevos, tensos, sin el remiendo del ancla que llevaban desde que yo tenía dieciséis años y que era el remiendo con el que yo, si me hubieran preguntado, habría dibujado el sitio de memoria.

Alguien había decidido cambiarlos. Alguien había pedido presupuesto, había elegido color, había esperado al de Vilarreal para que viniera a colgarlos un martes por la mañana, y todo eso había pasado en un martes cualquiera de un año cualquiera en el que yo estaba en una sala con moqueta explicándole a un consejo por qué convenía externalizar la logística inversa.

Y seguí de largo.

Me dije que era por el aparcamiento. En junio, en esa punta, no hay dónde dejar el coche y a mí me quedaba maleta, ordenador y una carpeta con documentación que no podía quedarse al sol. Era verdad. Todo lo que me dije era verdad, y eso es exactamente lo que tienen las cosas que una se dice.

Subí por la calle del Forn con el brazo fuera de la ventanilla, tocando el aire caliente.

En el número siete vivían los Ferrer. Las persianas estaban nuevas y en el portal habían puesto una de esas cerraduras con teclado numérico, con su pegatina de la aplicación al lado y una flecha para las maletas.

Dos portales más allá, otra. En la puerta de la de enfrente, un cartel plastificado pedía silencio a partir de las once en tres idiomas, ninguno de ellos el de la señora que lo había colgado.

Aparqué en la placeta, debajo de la morera, en el sitio donde mi abuela decía que no aparcase nunca porque la morera mancha. Mancha. Lo comprobé al bajar: el techo del coche tenía ya dos lamparones morados, en veinte segundos, como si el árbol me hubiera reconocido.

La llave seguía donde ha estado siempre, en el hueco de detrás del contador, envuelta en un trozo de bolsa de plástico. Quince años de progreso tecnológico en el número siete de la calle del Forn y en el catorce seguíamos con la bolsa del Consum.

Abrí.

Y ahí estaba el olor, esperándome detrás de la puerta como estaba esperándome todo lo demás, y sin ningún tipo de aviso previo.

Mi abuela olía a jabón Lagarto, a cebolla de la noche anterior y a colonia de niño, esa amarilla de a euro y pico.

No hay manera elegante de escribir eso. Es un olor mediocre.

Es el olor exacto de la persona con la que hablé por última vez el 2 de marzo, dieciocho minutos, y a la que le dije dos veces «cuando pueda» y una vez «te llamo el finde».

Dejé la maleta en el recibidor. Hice lo que había venido a hacer, que era abrir ventanas.

La casa estaba ordenada de esa manera terrible en que ordenan las casas cuando se ha muerto alguien y ha entrado gente a ayudar.

Los cojines bien puestos, pero no como ella los ponía.

El mando de la tele encima de la tele. Una bolsa de basura vacía dentro de otra bolsa de basura vacía, colgada del picaporte, lista para un futuro que ya no le tocaba a nadie.

Y las cajas.

Eran siete, en el pasillo, contra la pared, con el rotulador de mi madre por fuera: ROPA. PAPELES. COCINA. FOTOS. Y tres sin poner nada, que son las peores, porque una caja sin etiquetar no es una caja: es una pregunta.

Las conté dos veces. La segunda no hacía ninguna falta.

Una estaba mal cerrada, con la solapa de arriba levantada por algo que empujaba desde dentro, y desde el pasillo se veía asomar una manga de punto color mostaza.

Mi abuela tenía una rebeca mostaza. La llevaba en octubre, en marzo y en cualquier tarde en la que hiciera viento, que allí son casi todas, y se la ponía por encima de los hombros sin meter los brazos, que es un gesto de una generación entera de mujeres y que no sé hacer.

Pensé en meterle la manga dentro y cerrar la solapa.

No lo hice, y tampoco me pregunté por qué.

Entonces hice algo que se me da muy bien y que en mi trabajo, cuando lo hago allí, se llama priorizar.

Me dije que las cajas eran para más adelante.

Que primero el papeleo, que primero instalarme, que primero comer algo, porque llevaba desde Chinchilla con un café y medio sándwich de máquina.

Que ya habría tiempo, que era el primer día, que ni siquiera me había duchado.

Todo cierto, otra vez. Todo, palabra por palabra, cierto.

Pasé el pasillo de lado, pegada a la otra pared, para no rozarlas.

En la cocina abrí la nevera, que alguien había vaciado y desenchufado con la puerta entornada, y encontré, en el estante de arriba, un tarro de mermelada de higo con una etiqueta escrita a mano.

Julio. Julio de hace tres años. Mi abuela hacía mermelada de higo todos los veranos y todos los veranos me mandaba dos tarros por la empresa de transporte, y todos los veranos yo le decía que no hacía falta que se molestara, y ella me contestaba que no era molestia, que era higo.

Lo dejé donde estaba. Cerré la nevera. Miré el tirador un rato.

En el salón abrí el balcón y entró el pueblo entero: una radio, un cubo, el chirrido del carrito de la compra de alguien que bajaba la cuesta frenando con los talones.

Desde ahí el mar se ve en un trozo del tamaño de un sobre, entre la casa de los Ramírez y la medianera, y mi abuela decía que ese trozo era mejor que un ventanal, porque un ventanal lo miras el primer día y aquello había que buscarlo todos los días.

Lo busqué. Estaba donde siempre, azul y con un barco de esos que van muy despacio y que nunca sabes si trabajan o pasean.

Enfrente, una señora que no era la señora de enfrente sacudió una toalla de playa por la ventana y me miró con la curiosidad neutra del que ha alquilado siete noches. Le dije buenas tardes. Me contestó hello , muy amable, y cerró.

Estuve a punto de pensar algo sobre eso. Cerré el balcón.

Después subí la maleta al cuarto pequeño, que fue mi cuarto los veranos de mi vida y que ahora tiene una cama de noventa y una estantería con seis novelas y un delfín de cerámica, y me senté en el borde, y saqué la libreta.

Aquí conviene que explique una cosa, porque si no, luego no se entiende nada de lo que hice este verano.

Yo no estaba mal. Estaba —y esta es la palabra que usé durante meses, con proveedores, con mi jefa, con la médica de empresa y con el techo de mi habitación a las cuatro de la mañana— operativamente reubicada.

Había tenido en abril un episodio delante de doce personas y una pantalla, un episodio del que en mi cabeza y en mis mensajes se hablaba como «el incidente del PowerPoint», que suena a anécdota de cena y por eso lo llamo así.

Me habían dado un permiso que nadie llamó permiso.

Y mientras tanto, en un pueblo a cuatrocientos y pico kilómetros, mi abuela se moría en un mes de mayo en el que yo, muy operativamente, estaba reubicándome.

Vine al entierro. Que quede dicho: vine.

Estuve treinta horas exactas, del jueves al viernes, con el traje de las reuniones importantes porque fue lo primero que cogí, y saludé a ciento veinte personas que me decían quién era mi abuela como si yo no lo supiera, y quizá tenían razón.

Teo estuvo allí, de pie al fondo, con una camisa que le quedaba mal.

Nos dimos dos besos. Me dijo «lo siento mucho».

Le dije «gracias por todo». Y en «todo» cabían nueve años de él llevándole las bombonas y el pan y la vida entera, y cabía también que yo no sabía casi nada de esos nueve años, y él lo sabía, y yo sabía que él lo sabía.

Y luego me fui el viernes por la tarde porque tenía un vuelo, que es mentira, porque yo no tenía nada.

Bueno. Eso.

Escribí en la libreta, con la letra de las actas:

CERRAR CALALUNA 1. Notaría (viernes 12) 2. Tasación — pedir 3 ofertas 3. Vender 4. Volver

Lo miré. Cuatro líneas y me daban una paz que ninguna de las conversaciones de mayo me había dado.

Un principio, un final y tres semanas por medio.

Con suerte, dos. Firmar, valorar, colocar el activo, coger el coche y estar de vuelta antes de que en Madrid le diera tiempo a nadie a preguntarse nada.

Un proyecto pequeño, un entregable claro, un cliente que era yo misma y que además —esto lo pensé de verdad, sentada en una cama de noventa, con el delfín de cerámica mirándome— sería el cliente menos exigente de mi carrera.

Subrayé el 4.

Fuera se oía el pueblo de la hora de comer: platos, una persiana, un niño protestando por algo en la calle de abajo, y el mar detrás de todo eso, sonando como suena a mediodía, que es apenas y sin ganas.

Me quité los zapatos. Me solté el pelo, todavía liso, todavía de Madrid, y me lo volví a recoger porque hacía un calor que no estaba en el parte.

Y en ese momento entró el mensaje.

Sé que estás aquí. Chelo te ha visto pasar en el coche a la una y veinte, dice que ibas mirando al chiringuito. Tienes hasta mañana para llamarme tú.

Miré la hora del mensaje. La una y cuarenta y ocho.

Veintiocho minutos. En Madrid, un correo tarda más en llegar a la planta de arriba.