Capítulo 1
ZACHARY
—Esto me va a devolver a la primera línea, Dr. D —dijo Leonora Petit con determinación—. Hace usted un trabajo estupendo.
—Gracias. Me alegro de que esté satisfecha con los resultados —respondí.
Me pregunté que, si ella no estaba en la lista A de Hollywood, quién lo estaba. La mujer había ganado un Óscar hacía cinco años y era la imagen de un perfume de diseñador. Me guardé esa reflexión para mí. Era su cirujano plástico, no su representante.
—Si todo sale según lo previsto, volveré a ser protagonista en un abrir y cerrar de ojos.
Esto es confidencial, pero como es usted mi médico, sé que puedo confiarle información privilegiada.
Me están considerando para el papel de interés romántico en un nuevo spin-off de Star Wars para Disney Plus.
Quieren a alguien seria pero sexy, menor de treinta.
Eso implica corretear en camiseta de tirantes y soltar discursos sobre las capacidades de la nave espacial.
Haré de ingeniera jefe, si cuaja. Desde que cumplí los treinta…
—bajó la voz a un susurro— hace casi tres años, solo me llaman para hacer de madre.
La exmujer que cuida al crío del héroe de acción mientras él salva el mundo y se tira a una de diecinueve.
Yo quiero ser la heroína de acción, o como mínimo el interés romántico imprescindible para la misión.
Estas dobles D son mi billete de vuelta a los papeles de menores de treinta. Y se lo debo a usted.
—Le está usted pidiendo demasiado a una simple mamoplastia de aumento, señorita Petit.
Si no respetan su talento y el reconocimiento de nombre que aporta a un proyecto, no estoy seguro de que estos resultados vayan a cambiar las cosas —dije con diplomacia.
Era fumadora, lo había sido durante años; no existía operación de pecho en el mundo, ni ningún dermatólogo, que pudiera hacer que volviera a aparentar menos de treinta.
—Se sorprendería de lo superficiales que son los directores de casting. Bueno, usted no —soltó una risita—. Siendo uno de los mejores cirujanos plásticos de Los Ángeles, seguro que no le sorprende en absoluto.
—En eso tiene razón. Siga con las restricciones postoperatorias cuatro semanas más. Eso significa nada de escenas de riesgo ni golpes en el pecho, ni siquiera con armadura de atrezo.
—Ay, créame. La chica de la camiseta de tirantes nunca lleva armadura.
—Bueno es saberlo. Si tiene cualquier problema, llame a la línea privada y hable con una enfermera.
—Gracias, Dr. Denton. Puede que sea difícil de creer, pero me ha dado una nueva vida. Siento que puedo afrontar la siguiente etapa de mi carrera tan joven y fuerte como empecé, pero más lista.
—No hay de qué —dije.
Cuando se fue, volví a mi despacho. Las vistas a la ciudad eran impecables y, gracias a la interiorista, todo era cuero blanco impecable y cristal.
Justo cuando iba a coger una botella de agua y tomarme un respiro de la vorágine de citas postoperatorias, sonó mi móvil personal.
Vi el número de Morgan en la pantalla y contesté.
—Eh, ¡no me ha saltado el buzón de voz! Hoy es mi día de suerte. Veo que hoy no estás metiéndole globos de agua a la próxima aspirante a Jessica Rabbit —bromeó mi mejor amigo. Me entraron ganas de resoplar.
—¿Qué pasa, Morgan? Los martes son de revisiones. Opero miércoles y jueves.
—¿Cuántas operaciones de pecho llevas este año?
—No llevo una hoja de cálculo con eso. ¿Por qué, estás haciendo un estudio? ¿Los polis de Detroit tienen un caso gordo que puedes reventar con mis estadísticas de mamoplastias? —pregunté.
—Qué va, es pura admiración por el experto. El mismísimo Dr. Tetas. Me pregunto cómo acabé yo persiguiendo delincuentes —como el que trinqué esta mañana, desmayado en su propio meado— y tú terminaste en California tomando el sol y perfeccionando las tetas de la realeza de Hollywood.
—Teníamos prioridades distintas. Tú te quedaste cerca de casa.
Yo me vine a Los Ángeles para la universidad y las condiciones de trabajo eran demasiado buenas para dejarlas pasar.
Tú limpias las calles peligrosas y yo ayudo a famosos a desafiar la gravedad y el envejecimiento.
Se podría argumentar que tú eres el noble y que a mí me deslumbró la gente guapa —dije con tranquilidad. Se rio entre dientes.
—No eres el único en Los Ángeles detrás de la gente guapa. Por lo visto Mia se ha instalado allí para siempre. De verdad pensé que lo probaría seis meses y, al no conseguir ningún papel, volvería a casa. Pero le ha ido bastante bien.
—¿Bastante bien? Creo que eso se queda corto, Morgan, incluso viniendo de ti. En mi trabajo me llega mucho ruido de la industria, y su nombre no para de salir. Es la próxima gran estrella de aquí. El tipo de chica sana del Medio Oeste, y encima tiene talento de verdad, por lo que he visto.
—¿Fuiste a ver la última en la que salía? Hasta estaba su cara en el póster. Bueno, había otras seis personas, y su foto era bastante más pequeña que la del protagonista, pero para ella fue muy importante en su segunda película.
—Sí, lo fue. Supuse que después de todo el revuelo se quedaría en Los Ángeles una buena temporada —dije.
—Me llamó anoche, dijo que ha firmado un contrato por tres películas. En una de ellas hace de protagonista, basada en algún libro.
—Eso es genial. Dile de mi parte que enhorabuena.
—Igual podrías decírselo tú —dijo. De repente le cambió el tono. Menos desenfadado.
—¿Qué pasa? —pregunté, receloso.
—No te equivocabas al decir que mi hermanita ha llegado a lo más alto. Tiene una entrevista importante con no sé qué revista y esas cosas, y tiene un montón de fans.
—¿Y? —le animé a seguir.
—Uno de ellos está pirado. Un tío le lleva dando problemas un tiempo.
Al principio eran solo mensajes privados a su página pública y eso, y luego se coló en su cuenta privada, la que tiene con nombre falso.
Ella le ha pedido que la deje en paz, le ha amenazado con llamar a la policía…
nada frena a este tío. El otro día le mandó una foto de sus zapatillas de correr.
—¿Qué? Eso es muy raro.
—Había ido al gimnasio, uno de esos buenos con buena seguridad.
Al día siguiente, recibió un mensaje desde un número oculto con una foto de las zapatillas que había llevado en el gimnasio.
Así que la foto a lo mejor venía de alguien del gimnasio o de una cámara de seguridad o lo que sea.
El caso es que la tiene asustada y yo odio estar tan lejos.
Si pudieras simplemente ir a verla, ver cómo está, te lo agradecería mucho.
—Claro. Me pongo en contacto con ella hoy.
—Gracias. Te paso su número. Significa mucho para mí saber que alguien la tiene echado un ojo allí en Los Ángeles.
—Haré lo que pueda, tío —dije.
La verdad era que Mia llevaba en California probablemente más de un año. No me la había cruzado ni una sola vez, y a menos que decidiera que necesitaba retoques estéticos a la provecta edad de veinticinco años, no iba a verla si no me lo proponía.
Mia tenía seis años cuando yo me fui a la universidad.
Era solo la hermana pequeña insufrible de mi mejor amigo, que se empeñaba en que iba a querer jugar a la rayuela con ella o alguna chorrada así cuando yo iba a su casa a recoger a su hermano para ir a comprar cerveza con carnets falsos.
Desde que me mudé, la había visto solo un puñado de veces al volver a casa a visitar a mi madre.
Hacía un par de años, me la encontré en Acción de Gracias en casa de sus padres.
Mia se iba justo cuando yo llegaba. Solo me dio tiempo a captar la imagen de un plumas blanco sobre unos vaqueros pitillo y un pelo largo y ondulado muy oscuro.
Apenas me saludó, y Morgan dijo algo de que se había vuelto tímida al crecer.
Desde entonces, solo la había visto en la pantalla grande.
Su actuación era buena; buena de verdad, de las que optan a premio.
Su primera película había sido una de terror con un trasfondo de crítica social, así que tuvo mucha atención mediática.
Aunque la mataban más o menos a la mitad, dejó huella como la espabiladísima estudiante de periodismo cuyo vídeo grabado con el móvil ayudaba a resolver el caso incluso después de su asesinato.
Pero el segundo papel, ese fue su despegue.
Mia había sido la hermana pequeña de una actriz de mucho peso en una de esas películas con tonos otoñales de Nueva Inglaterra sobre un padre alcohólico.
Era un drama intenso, y ella estuvo a la altura y mucho más.
Mia había estado luminosa, su cara hermosa llenando la pantalla cuando le gritaba las últimas líneas a su padre moribundo con lágrimas rodándole por las mejillas.
Yo no era precisamente un cinéfilo de películas candidatas a premios gordos.
Solo había ido a verla porque la hermana de Morgan salía en ella.
Pero tengo que admitir que me pegó en el pecho ver a aquella joven preciosa, su rostro a la vez familiar y tremendamente cambiado desde que la conocí de verdad, suplicándole a su padre maltratador que la quisiera.
Había sido una actuación brutal, y en la ciudad todo el mundo se moría por trabajar con ella.
Era talentosa, cotizadísima y guapa a rabiar.
No es que eso último importase lo más mínimo.
Era la hermana pequeña de Morgan, y eso era lo importante.
Podía hacerle un favor a mi amigo y echarle un vistazo.
Marqué el número que Morgan me había dado y dejé un mensaje: «Mia, soy Zachary Denton, Morgan me ha dado tu número y me preguntaba si te apetecería tomar algo esta noche. Estoy libre a las siete. Dime algo».
Después releí el mensaje y me pregunté si no sonaba demasiado como si estuviera intentando ligar con ella.
Como si hubiera sonsacado su número privado a mi viejo colega para tirarle los tejos a la hermana actriz buenorra.
Me dio un poco de grima solo pensarlo. Seguro que me recordaba como el amigo de su hermano y se daría cuenta de que jamás en la vida intentaría ir a por ella.
Tiré el móvil en un cajón y fui a mi siguiente cita.