Volver a Amar al Padre de Mi Bebé Capítulo 30
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Capítulo 30

LEAH. TRES AÑOS DESPUÉS

Estaba metiendo los platos del desayuno en el fregadero cuando sonó el timbre.

Ella corrió a la puerta y la abrió de par en par.

Allí, en el mismo porche donde había vuelto a ver a Cody por primera vez hacía tres años, estaban Lana y su prometido, Mark, junto a los padres de Cody.

Lana montó todo un drama porque Ella ya estaba demasiado alta para cogerla en brazos, ahora que era una larguirucha de casi nueve años.

El grupo entró en el salón y la madre de Cody se puso a hablar sin parar de la casa y de lo preciosa que estaba decorada para las fiestas.

Llevaba haciéndome la pelota desde que sus padres habían vuelto a nuestras vidas.

Por lo visto, la primera vez que su padre le enseñó una foto de Ella, rompió a llorar por lo mucho que se parecía a Cody y suplicó perdón.

Durante los dos últimos años había sido la viva imagen de la abuela entregada, pero sabía de sobra que yo no me fiaba de ella ni un pelo.

De ahí los halagos constantes, las recomendaciones de sus amigas ricas a mi estudio de diseño y los regalos sin fin.

—¿Cómo te va el negocio del diseño? —me preguntó el padre de Cody, como siempre.

—Tengo más trabajo del que puedo asumir. Cuando me expandí, contraté a tres diseñadores más la primavera pasada, y voy a tener que coger por lo menos a dos más.

—Sé que tú tienes resuelto eso del equilibrio entre trabajo y vida personal del que tanto hablan en la tele —dijo su padre—. Hazme caso, no dejes que el éxito te impida disfrutar de tu familia.

—Eso es. A Ella le encantó subir el Diamond Head el otoño pasado, ¿verdad? —dije.

—Sí, es precioso. Aunque me decepcionó que no entrara en erupción ni un poquito.

—Si entrara en erupción «un poquito», estaríamos muertas —solté, y ella asintió.

—No me refería a cuando estábamos en el Diamond Head, sino, no sé, al día siguiente o algo así, habría estado emocionante.

—Salvo para la gente que vive ahí —señalé.

—¿Qué? Papá es médico, y yo voy a serlo. Los ayudaríamos —dijo.

—No estoy segura de que contrataran a una niña de ocho años para hacer primeros auxilios en una catástrofe natural —dije.

—Lo haría de maravilla, ¿a que sí, cielo? —metió baza la madre de Cody.

Después de que Cody repartiera las mimosas, y solo zumo de naranja para Ella en una copa de champán, abrimos los regalos.

Yo fingía dar sorbitos a mi copa mientras hacía fotos a mi familia.

Cuando terminamos, el padre de Cody recogió el papel y los lazos para ayudar a ordenar, y Cody sacó otra caja del bolsillo.

—Tengo uno más —dijo con picardía. Yo le sonreí con la misma travesura.

—Qué curioso. Yo también —dije, pasándole una caja estrecha atada con un lazo dorado.

Él me tendió un estuche de terciopelo con un precioso anillo de compromiso dentro. Yo resplandecía, con los ojos llorosos, cuando él levantó la tapa de la caja y encontró mi test de embarazo positivo.

Lo siguiente que supe fue que me cogió en brazos y me hizo girar.

Me eché a reír y, en cuestión de segundos, tenía el anillo en el dedo y Ella daba vueltas chillando de emoción por tener un hermanito o una hermanita.

La celebración estaba en pleno apogeo, con tanta alegría que no sabía si mi corazón podría contenerla toda.