Capítulo 29
LEAH
—Esta vez te has superado, hermana —dijo Lana, apartándose de la mesa y cogiendo su plato vacío—. Tortitas, huevos con beicon, ensalada de frutas, minimagdalenas, esa cazuela de salchichas de Pinterest… Parece que cocinabas para doce personas en vez de para tres.
—A lo mejor pensé que Papá Noel y los elfos se quedarían por aquí porque tenían hambre —dije, limpiándole a Ella el sirope pegajoso de la barbilla, la mejilla y las dos manos—.
¡Menudo desastre estás hecha! ¿Te he puesto un poquito de sirope en las tortitas o te he metido en una bañera llena de él?
—bromeé. Soltó una risita y me dio un abrazo un poco pringoso.
Le coloqué el pelo detrás de la oreja porque se le había quedado pegado a una gotita de sirope en la comisura de la boca, y volví a limpiarla.
La verdad era que había pasado la noche en vela, vibrando de pura energía nerviosa, porque hoy era el día en que íbamos a contarle que Cody era su padre.
Me había puesto a preparar el desayuno a las cuatro de la mañana y no había parado, lo que explicaba la enorme variedad de platos sobre la mesa.
Recogí la vajilla y dejé que Lana cargara el lavavajillas mientras yo limpiaba las encimeras.
—¿Ya puedo abrir los regalos, porfa? —insistió Ella con zalamería.
—Cuando hayamos recogido la cocina. Ve a peinarte, y voy a ayudarte con los dientes.
—Vale, mami. Pero ¿tengo que lavarme los dientes ahora? ¿Puedo tener los dientes sucios para los regalos?
Contuve la risa que sentía borbotear y miré a Lana, que se encogió de hombros.
—¿Por qué no? —dije—. Si quieres los dientes sucios hasta que abras los regalos, es Navidad. Vive tu mejor vida —bromeé.
Apenas medio minuto después de soltar aquello, sonó el timbre. Solté la esponja y fui a abrir. Allí estaba Cody, alto, guapo y cargado de regalos. Bolsas enormes.
—¿Has venido en un trineo con ocho renos?
—pregunté. Él se limitó a sonreír. Notaba la emoción que irradiaba mientras entraba en el salón a dejar los regalos junto al árbol.
Ella corrió hacia él como una bala y lo abrazó aunque tenía los brazos llenos.
Él soltó las bolsas en el suelo y la cogió en volandas al instante.
—Feliz Navidad. No pensarías que iba a perderme ver a mi chica favorita, ¿verdad?
—Qué va —dijo ella—. Papá Noel me ha traído el establo para caballitos como yo quería. ¡Mira!
Él se arrodilló y la dejó enseñarle cada puerta que se abría, cada caballito de plástico.
—Sé que no es un establo de caballos, pero yo también te he traído unos regalos.
—¡Bien! ¡Iba a abrir algunos ahora con los dientes sucios!
—¿Abres los regalos con los dientes? ¿Eso es lo que hacéis aquí? ¿Es tradición? —bromeó.
—No, tonto, ¡los abro con las manos! Solo que tengo los dientes sucios porque mami me ha dicho que puedo vivir mi mejor vida.
Resoplé intentando no reírme cuando Cody me sostuvo la mirada.
Se puso de pie y repartió los regalos en grandes montones: una pila para Lana, otra para mí y, tal como sospechaba, dos pilas gigantescas para Ella, que sonreía radiante como si acabara de ganar la juguetería entera.
Cosa que, sinceramente, igual había hecho.
—Feliz Navidad, Cody —dijo Lana—. Me alegro de que hayas podido venir. —Rasgó un regalo y silbó—. Buen material. —Era una caja de madera, y la tapa se deslizaba hacia atrás dejando ver dos botellas de vino carísimas.
—Solo tenía una idea de lo que te gustaba, así que elegí un Riesling y un Pinot, y las copas adecuadas para disfrutarlos. Y algo de picar —dijo con una sonrisa.
Ella abrió una magnífica casa de muñecas de madera de estilo victoriano, tan bonita que me dieron ganas de diseñar una habitación entera a su alrededor. Miré a Cody.
—Un momento, ¿esto es el comienzo de una inquietante habitación de muñecas?
—pregunté, y él me guiñó un ojo. Abrió muñecas y ropa de muñecas, muebles de muñecas, vestidos de princesa de terciopelo para disfrazarse y zapatos brillantes, suficientes libros infantiles preciosos como para necesitar otra estantería donde guardarlos, todo elegido pensando en sus gustos.
Cuando empezó a dar vueltas por el atestado salón en su enorme Jeep motorizado de Barbie, y Lana subía los pies a la silla para que no se los pisara, insistí en que apagara el coche.
—Eso es un juguete de exterior —dije.
—¡Estoy viviendo mi mejor vida! —proclamó, revolucionada y emocionada.
—Venga, abre uno más —dijo él, tendiéndole un paquete plano.
Cuando Ella arrancó el papel, dio un chillido. Era una bata de médico con «Dra. Ella» bordado y un pequeño estetoscopio de verdad, solo para ella. Le echó los brazos al cuello a Cody y dijo:
—¡Me encanta! ¡Me encanta! ¡Gracias! ¡Esta es la mejor Navidad de toda mi vida!
—La mía también —dijo él, con la voz ronca. Yo sorbí por la nariz, pero no dejé caer las lágrimas. Lana se levantó, se disculpó y se fue a su habitación para darnos algo de intimidad.
Mientras Ella jugaba con su casa de muñecas, yo abrí un precioso conjunto de estar por casa de cachemir, un iPad Pro de última generación para mi software de diseño, un libro de mesa con fotos satinadas de las islas griegas, adonde siempre había querido ir, y un sobre con tres billetes de avión dentro, para visitar Santorini.
Se me cayó la mandíbula. Me quedé mirándolo boquiabierta.
—Te toca unas vacaciones desde hace tiempo. Me encantaría acompañaros a las dos, o podrías llevarte a Lana…
—¡Como si fuera a llevarme a otra persona que no fuerais tú y Ella! —solté.
Ella me miró, un poco confundida.
—Perdona, cariño. Me he adelantado. Es que me ha sorprendido mucho el regalo de Cody. Ven aquí —dije, abriendo los brazos. Se subió a mi regazo, con su bata de médico. La acurruqué contra mí y le besé el pelo—. ¿Te acuerdas de que me preguntaste por tu papá? —le dije.
Ella asintió y se puso un poco triste.
—Sí. Quería saber por qué no tengo uno.
Se me habría partido el corazón en ese mismo instante de no haber estado a punto de compartir la noticia que llevaba guardando cinco años.
—Pues sí tienes papá, Ella.
Se irguió y me miró.
—¿Sí? ¿Dónde está?
Le sonreí a Cody.
—Está aquí, cariño. Cody es tu papá.
Ella giró la cabeza para mirarlo, los ojos oscuros abriéndose como platos.
—¿En serio? ¡Qué guay! —dijo, con la voz subiendo hasta convertirse en un chillido mientras saltaba de mi regazo y se lanzaba a sus brazos como un cohete—. ¿De verdad eres mi papá?
Cody asintió, con lágrimas asomándole a los ojos.
—De verdad lo soy, tesoro.
Ella sonrió de oreja a oreja.
—¿Entonces puedo llamarte papá?
—Ay, ojalá lo hicieras, Ella —dijo él, abrazándola con fuerza—. Sé que es muy emocionante, pero seguro que también tienes un montón de preguntas, y queremos que puedas preguntarnos lo que sea cuando quieras, ¿vale?
—Vale —dijo Ella, dándole otro abrazo a Cody.
—Siento haberme perdido tantas cosas de tu vida, pero ahora estoy aquí y no me voy a ir nunca más, ¿de acuerdo?
Ella asintió.
—Vale, papá.
A Cody le costó un momento recomponerse tras oír a nuestra hija llamarlo «papá» por primera vez. Por fin se aclaró la garganta y dijo:
—Más tarde, cuando hayas jugado un rato con tus regalos y te hayas lavado esos dientes sucios, Dra. Ella, quiero enseñarte mi casa, que mamá ha reformado. La acaban de terminar esta semana, pero hay una habitación más con la que quiero que me ayudes.
Cody me miró, y supe que quería dejar que Ella me ayudara a diseñar su dormitorio.
—Quiero ir, pero ¿podemos ver primero al Grinch?
—preguntó. Aceptamos, y al poco estábamos acurrucados en el sofá viendo juntos su dibujo navideño favorito.
Antes de que terminara, ya se había quedado dormida en el regazo de Cody, con la bata de médico y el estetoscopio puestos y un caballo de plástico bien agarrado en la mano.
Me arrimé a ellos y sentí una felicidad inmensa.
Mi vida era exactamente como debía ser. Tenía todo lo que siempre había querido y más.