Capítulo 25
LEAH
En las últimas dos semanas habíamos pasado mucho tiempo con Cody.
El mundo de Ella se ensanchaba para dar cabida a más gente.
Después del desayuno con él, invitamos a Mark a cenar y trajo tres sabores de helado de postre, con lo que se ganó el corazón de mi hija sin remedio.
La paciencia de Cody me había impresionado muchísimo.
Quería conocer a Ella, hacer cosas que a ella le interesaran.
Se había apuntado a la hora del cuento en la biblioteca, nos había acompañado a comprar los regalos de Navidad para el niño cuyo nombre habíamos sacado del árbol solidario para apadrinar durante las fiestas, e incluso había ayudado a Ella a llenar de purpurina la tarjeta que hizo para la familia necesitada.
Se contenía para no malcriarla, aunque yo sabía que se moría de ganas.
Habíamos pasado parte de casi todos los días con él, y el día que no lo vimos siquiera, Ella pidió llamarlo para darle las buenas noches.
Sé que se emocionó cuando ella le hizo una videollamada desde mi móvil.
Verlos juntos era un sueño, y lo fácil que resultaba, lo bien que nos llevábamos, lo dulce y divertido que era me llenaba el corazón.
Tras un sábado en el parque, fuimos a por hamburguesas y a jugar al skee-ball a uno de esos insufribles restaurantes con salón recreativo para niños.
Ella se lo pasó en grande y, con la ayuda de Cody, ganó el oso de peluche morado más grande que he visto en mi vida.
Aunque puse los ojos en blanco por la extravagancia, me encantó cómo la ayudó a ganarlo ella misma.
Cayó rendida en el coche de camino a casa, abrazada a una pata del oso gigante.
Cuando entramos, hice que se cepillara los dientes y le lavé la cara y las manos con una toallita templada.
—Mañana te das un baño, dormilona —le dije con suavidad, y le besé el pelo.
Me abrazó.
—Mami, ¿puede leerme Cody?
Asentí, conteniendo lágrimas de felicidad, y la saqué del baño con su pijama de la Patrulla Canina.
La oí pedirle que le leyera el cuento de antes de dormir y vi lo mucho que aquello significaba para él.
Me quedé en el umbral mientras ella le presentaba a Pantalón Morado, el hipopótamo, y él le estrechó la pezuña al peluche con toda solemnidad.
Le leyó un cuento y yo entré a arroparla.
Le di un beso de buenas noches y ella nos abrazó a los dos.
Cody me agarró la mano y la sostuvo como si necesitara anclarse a mí. Se notaba desbordado por la emoción.
De vuelta en el salón, lo rodeé con los brazos y lo abracé. Me estrechó contra él, hundió la cara en mi pelo un momento mientras se recomponía.
—Está loquita por ti —dije, soltándolo.
—Es una niña estupenda.
—Gracias. De verdad que lo es. No puedo llevarme el mérito.
Ha salido a los dos, y Lana ha ayudado a criarla en cada paso del camino.
Además, Ella es ella misma. Tiene esta personalidad tan arrolladora desde que tenía como seis o siete meses: graciosa y dulce, pero terca y empeñada en hacer las cosas a su manera.
—Ya lo veo. ¿De quién lo habrá sacado? —bromeó, arqueando una ceja.
Negué con la cabeza.
—Ni idea. Será de tu parte de la familia. En la familia Thomas nadie ha mostrado jamás ni una pizca de testarudez —dije con inocencia.
Lana se rio desde la otra habitación.
—¡Ja! Esa es buena, Leah. Totalmente creíble.
Sonreí, y él me rodeó con un brazo, me apretó contra él y me besó la cabeza. El cariño de Cody, esa calidez y cercanía tan naturales, eran una emoción que esperaba no llegar a dar nunca del todo por sentada. Era la mejor sensación del mundo.
Nos sentamos en el sofá y se giró hacia mí, serio.
—¿Cuándo podemos contarle a Ella que soy su padre?
Quiero hacerlo bien y centrarme en su bienestar.
Incluso me he documentado sobre esto y sobre cómo encajan los niños a nivel psicológico tras un reencuentro inesperado o tras conocer a un progenitor biológico desconocido hasta entonces.
Por lo que he leído en los artículos de revistas especializadas, parece que la forma en que nos comportemos es un factor determinante en cómo procesará la información.
Si lo tratamos como algo bueno, como algo positivo, y nos preocupamos por preguntarle cómo se siente y qué dudas tiene, entonces debería ir bien. —Hizo una pausa y esperó mi respuesta.
—Me encanta que te hayas informado. Yo también, y hay un par de artículos que me gustaría que leyeras para que me des tu opinión sobre el enfoque que plantean.
Lo que saqué de mis lecturas, que no eran de revistas médicas, por cierto, fue básicamente lo que dices tú.
Ser abiertos y positivos y darle margen para que haga preguntas.
Lo principal es que sepa que está a salvo y que es querida, y que los sentimientos de los adultos no van por delante.
—Exacto. Me alegra que estemos en la misma onda.
Encantado de leer los artículos si me pasas el enlace.
Tengo uno guardado que te mando ahora por AirDrop, para que le eches un vistazo.
Sé que es lo mejor hacerlo con intención, tener en cuenta no solo su reacción inicial sino cómo le va más adelante con un cambio tan grande.
Pero, como te decía, esperar es duro. —Su entusiasmo era adorable.
—Pronto —dije—, creo que muy pronto.
—Gracias. Por dejarme entrar en su vida y darme la oportunidad de demostrar que soy capaz de más de lo que te hice creer entonces.
Se inclinó y me besó. Un beso dulce, tierno, tan romántico que casi me mareé. Suspiré, feliz.
—Una pregunta más. ¿Y nosotros? Porque me hace muchísima ilusión ser el padre de Ella, pero no es lo único que quiero. Sabes que me presentaría en tu puerta pasara lo que pasara. Hubiera bebé secreto o no —bromeó. Me acurruqué entonces contra su hombro y dejé que me envolviera entre sus brazos.
—Me gustaría ver si podemos ser algo —admití, sintiéndome un poco tímida.
Quería decir más, pero dudaba. Habíamos vivido tantos cambios en tan poco tiempo: Cody de vuelta en mi vida, la forma en que nuestra conexión se reavivó al instante, y encima contarle que tenía una hija de la que no sabía nada.
Todavía no estaba del todo dispuesta a decirle exactamente lo que sentía.
—Siempre te guardaste las cartas bien pegadas al pecho —dijo con sorna—.
Tienes que saber que estoy leyendo entre líneas.
Que te conozco lo suficiente para ver que un «ver si podemos ser algo» viniendo de ti es prácticamente un compromiso y una pedida de mano viniendo de cualquier otra persona.
A lo mejor te da un poco de miedo arriesgar el corazón conmigo.
No tienes ningún motivo para andarte con cautela aquí, Lee —me tranquilizó.
La felicidad me burbujeaba tanto en el pecho que no pude evitar sonreírle y plantarle besitos en los labios.
Lana salió de la cocina y negó con la cabeza.
—Puaj —bromeó—. Iros a un hotel.
—Esa es mi señal para despedirme —rio Cody—. Hablamos mañana.
Después de que se fuera, me puse el pijama y me acurruqué en el sofá a ver un poco de 90 Day Fiancée con Lana. Me puso al día del dramón que me había perdido esta temporada mientras yo lidiaba con mi propio reality. Después de que yo hiciera demasiadas preguntas, lo puso en pausa y dijo:
—Bueno, ¿qué pasa exactamente entre tú y Cody?
—¿Me estás preguntando cuáles son mis intenciones? ¿Debería preocuparme que te vayas a poner de su parte? —pregunté.
—Bueno, si fuera a sacar una escopeta y obligarte a casarte con él, ya habría pasado hace mucho —bromeó—. ¿Cómo va la cosa? ¿Estáis fingiendo que solo sois buenos amigos y centrándoos en Ella o qué?
—No lo sé. Es que estoy muy feliz. Pasar todo este tiempo juntos, verlo con Ella y acostarme por la noche con ganas de verlo y de hacer cosas los tres… Creo que tenemos una oportunidad de verdad, Lana. Casi me da miedo decirlo en voz alta.
—Eso se llama manifestar, cariño. Dilo para que se haga realidad.
—Creo que tenemos la oportunidad de ser una familia —dije, apretando los labios, incapaz de contener una sonrisa, pero todavía supersticiosa por si la gafaba. Después de ser madre soltera, parecía más de lo que jamás habría podido soñar.
—Veo lo feliz que eres. Los tres. Te lo mereces.
No pienses nunca lo contrario. Se lo está tomando con calma, y le tengo más respeto del que puedo expresar por eso, por lo paciente que ha sido conociendo a Ella en vez de irrumpir sin más y anunciar que es su hija haciendo que todo gire en torno a él, a sus derechos y a sus sentimientos.
También ha frenado las cosas contigo, dándote tiempo para pensarlo en lugar de aprovecharse de lo sensiblera que te pones viéndolo con tu hija y dejarte sin sentido.
Por mucho que me hubiera costado admitirlo hace seis meses, es un tío de los buenos.
Si me pidieras la bendición, te diría que la tienes.
No podrías haber elegido mejor tío para que te dejara preñada hace todos esos años.
Negué con la cabeza y me reí.
—Gracias —dije—. Apuesto a que así es exactamente como da la familia real su bendición oficial.
—Lo aprendieron de mí —soltó, y volvió a darle al play.