Capítulo 26
CODY
Era la primera vez en mi vida que disfrutaba haciendo las compras de Navidad.
Normalmente, hacía que mi asistente encargara cestas gourmet para los regalos de la oficina, y yo pedía juguetes estrambóticos en Amazon para los hijos de mis amigos.
A los colegas les conseguía un alcohol excelente a través de un proveedor que conocía en Londres.
Evitaba a toda costa las multitudes y los villancicos a todo trapo.
Pero ahí estaba, en un centro comercial enorme en pleno diciembre, con un Mariah Carey cursi atronando por los altavoces del techo, y disfrutando de cada minuto.
La principal razón de mi inusual dosis de espíritu navideño era la niña de cinco años que me daba la mano.
—Si no me das la mano, me puedo perder. La gente me roba —me dijo.
—Eso es. Te tendré bien cogida.
—Antes tenía una correa. La tía Lana se ’sistió porque me gusta salir corriendo si veo perritos monos y juguetes y cosas. Pero ya soy demasiado mayor para salir corriendo a mirar cosas monas. Ahora te tiro de la mano si quiero ir para allá.
—Buen plan —convine. Como si no estuviera pendiente de cada una de sus reacciones ante los adornos, los escaparates, las muestras de pretzel en la zona de restauración.
Lo absorbía todo, cada vez que esos ojazos marrones se le abrían de emoción al ver algo que le gustaba.
El verdadero reto era contenerme para no comprarle todo lo que mirara dos veces.
De hecho, lo único que me frenaba era que Leah estaba con nosotros y soltaría algo sobre que iban a necesitar un trastero gigante para guardar todo lo que estaba comprando.
Leah salió a toda prisa de la tienda de baño en la que se había metido, dejándome con Ella, porque al parecer a nuestra angelical y precoz niña le gustaba pulverizarse por todo el cuerpo todas las lociones de distintos olores de esa tienda hasta provocarle arcadas a cualquiera que tuviera que viajar luego con ella en el coche.
Estaba orgulloso de que lo único que le había comprado a Ella mientras su madre estuvo de compras durante cinco o diez minutos fuera un granizado de cereza.
Leah le echó un vistazo, le robó un sorbo y nos sonrió a los dos con indulgencia.
—He pillado una oferta buenísima en una vela y un gel de ducha y una crema corporal para uno de los regalos de Lana.
—¿Pillaste olor a vino? A la tía Lanny le gustan los olores a vino.
—Sí. Pillé aroma a rosado —se rio—, pero por favor no se lo cuentes a la gente. No quiero que tu profe piense que somos unas alcohólicas ni nada.
—A mi profe también le gusta el vino. El viernes aprendimos las palabras con «arr», ¡y dijo que «garrafa» era como una garrafa grande de vino blanco porque era lo que iba a cenar! —dijo entre risitas.
—A lo mejor le compro un buen Riesling para ir con su tarjeta regalo de Target estas Navidades.
—Yo puedo encargarme. Tengo un proveedor en Londres… —ofrecí.
—Gracias, pero no voy a financiar vino que viene de un proveedor del otro lado del charco. Estoy pensando en el del supermercado, como el que Lana y yo bebemos en casa a veces.
—¿Así que a ti y a Lana os gusta el Riesling?
—Sí, somos de Riesling o de Pinot Grigio cuando tenemos ocasión de relajarnos con un programa de telerrealidad y una copita o dos.
Levanté a Ella para que se mirara en el espejo cuando le dejé probarse unas gafas de sol enormes.
Leah nos hizo una foto. El carrete de mi móvil ya estaba a reventar de fotos de Ella, y no lo querría de otra manera.
Fuimos a unas cuantas tiendas más y elegimos regalos para la gente de la lista de Leah.
Ella se probó algunos vestidos de Navidad.
Cada vez que ella y Leah salían del probador con la pequeña vestida con un traje distinto y elegante (terciopelo verde, tafetán rojo, un diseño en blanco y dorado con un manguito blanco de pelo para las manos, hasta un disfraz de elfo a rayas de caramelo) yo aplaudía y montaba un espectáculo enorme sobre lo guapa que estaba.
Ella giraba y posaba y le encantaba. Un par de veces se acercó una dependienta para ver a qué venía tanto alboroto y preguntar si habíamos encontrado lo que buscábamos, una indirecta apenas disimulada para que nos largáramos.
Me removí en el asiento junto al espejo de tres caras, intentando contener las ganas de sacar mi tarjeta American Express negra y decirle a la mujer que nos llevábamos todos los vestidos que Ella se había probado.
Al ver mi reacción, Leah se inclinó y me susurró:
—Ni se te ocurra comprar la tienda entera. Sé que esta mujer te está cabreando, pero no compres la tienda ni la despidas.
Casi me río en alto, porque era prácticamente lo que había estado pensando.
—Vale, pero pienso comprar todos los vestidos que quiera. Y la capa de pelo y el manguito.
—Solo necesita un vestido. Aquí no hace tanto frío como para que necesite una capa de pelo y un manguito —protestó.
—Le encanta. Quiero comprárselo —insistí, terco. La vi asentir.
—Vale. Si quieres comprarle la capa de pelo, adelante. He comprado cosas más tontas porque a ella le volvían loca o le quedaban monísimas —sonrió con vergüenza.
Me sentí tan cerca de ella, y supe que nos entendíamos por completo.
Conocía el pozo profundo de amor por nuestra pequeña y la vulnerabilidad de querer simplemente hacerla sonreír costara lo que costara.
Quería besar a Leah, pero no quería sobresaltar a Ella, porque todavía no habíamos hablado de mi papel en su vida ni en la de su madre.
Me conformé con apretarle la mano a Leah y luego comprar tres vestidos, la capa, el manguito y unos zapatos dorados con brillos.
Después, las llevé a patinar sobre hielo a la pista cubierta.
Leah iba inestable sobre los patines y se agarraba a la barandilla mientras yo le enseñaba a Ella a manejarse poco a poco con los suyos.
Me sonrió de oreja a oreja cuando consiguió impulsarse unos cuantos metros sin agarrarse ni a mi mano ni a la barandilla.
Tardamos una eternidad en dar una vuelta a la pista, porque Ella estaba decidida a aprender a patinar sola, sin agarrarse a nadie ni a nada.
Así que avanzamos despacio, con varias caídas y algunas lágrimas.
Cuando la levanté del hielo por novena vez, la cogí en brazos, patiné hasta la salida y le dije que era hora del chocolate caliente.
—Estoy muy orgulloso de ti y de lo valiente que eres, de lo decidida que estás a seguir intentándolo hasta conseguirlo. Y lo conseguirás. Solo hace falta más práctica que un solo día.
—¿Podemos volver? —dijo sorbiéndose la nariz. Le prometí que sí. Luego devolví los patines y esperamos a que una temblorosa Leah llegara hasta nosotros.
—¿Te lo has pasado bien? —le preguntó a Ella, que asintió con entusiasmo y le habló del chocolate caliente que le habían prometido.
Enseguida tuvimos unas tazas humeantes de chocolate caliente coronadas de nata montada. Ella le dio un buen trago y acabó con nata en la nariz y en el labio de arriba.
—Pareces Papá Noel —se rio Leah, alargando la mano para limpiarle la cara.
—Espera —dije con una inspiración repentina—. Nosotros también necesitamos bigote.
Le guiñé un ojo a Leah y los dos bebimos de nuestro chocolate. Luego me hice un selfi de los tres, sonriendo con las caras pringadas de nata.
—Eso debería ir en una felicitación de Navidad —dijo, contemplando la foto en mi móvil.
—¡Abrazo de grupo! —cantó Ella mientras la achuchábamos.
La llevamos a ver a Papá Noel, haciendo cola en el decorado de la Villa del Polo Norte. Cuando se sentó en el regazo de San Nicolás, Leah se inclinó hacia mí.
—Este es probablemente el mejor día de su vida. En serio, está creando un montón de recuerdos hoy. Gracias.
—Gracias a ti. Estas son, sin duda, mis Navidades favoritas, y ni siquiera han llegado todavía —le dije—. Lo digo en serio, sé lo que le faltaba a mi vida. Mi familia. Mis chicas, tú y Ella.
Leah me miró, con los ojos brillantes, y luego le hizo una foto a Ella en el regazo de Papá Noel.
—Espero de verdad que no cambie lo que quiere para Navidad. Ya tengo todo lo que me dijo que le iba a pedir —dijo Leah.
—Entonces cruzaremos los dedos para que no se ponga creativa en el último momento, aunque no me extrañaría nada de ella.
Por suerte, le dijo a Papá Noel que quería exactamente lo que yo había comprado. Ella anunció que estaba muerta de hambre. Mientras yo me devanaba los sesos buscando dónde llevarla, vio el letrero de un sitio de ramen y suplicó que fuéramos allí. Le levanté las cejas a Leah.
—¿Qué? Le encanta el ramen vegetariano, el de las setas.
—¿Porfa, porfa? Casi me puedo comer un bol entero —rogó Ella.
—Vale —dije. Pasamos la hora siguiente en el restaurante de ramen viendo a los cocineros actuar, haciendo trucos y personalizando los pedidos de todos los de la larga mesa.
Fiel a su palabra, Ella se zampó una cantidad enorme de fideos, setas, espinacas y lo que parecían patatas ralladas, todo en un caldo aromático.
El mío estaba buenísimo, pero yo no era el entusiasta del ramen que era nuestra hija.
Para cuando llegamos al coche, la cría estaba medio dormida.
En su casa, llevé a Ella en brazos, calentita y pesada de cansancio, con la mejilla apoyada en mi hombro.
Entre los dos le quitamos los zapatos y la arropamos en la cama.
Rodeé a Leah con los brazos y robé un instante de paz y dicha perfectas, ahí de pie junto a la cama de nuestra pequeña, viéndola dormir.
Cerramos su puerta con suavidad y Leah me llevó a su propio dormitorio.
No había forma de expresar con palabras la plenitud que sentí cuando le apreté la mano mientras ella miraba por encima del hombro y atrapaba mi mirada.
La profundidad del entendimiento, la emoción vertiginosa de saber que íbamos a pasar la noche juntos, escapaban a toda descripción.