Capítulo 24
CODY
Ella. Cinco años. Unos ojos oscuros y grandes que lo registraban todo a su alrededor, curiosos, observadores y a veces traviesos.
Esos ojos eran clavados a los de mis fotos de bebé.
Pero su barbillita testaruda, la cháchara alegre y sin freno con la que narraba todo lo que pasaba…
eso era Leah pura y dura. Quería reírme de pura dicha ante el regalo que era esta niña.
Decir que me enamoré de ella nada más verla era quedarse cortísimo.
La miré una vez y ya era suyo. Esta cría me tenía en el bolsillo sin proponérselo siquiera.
Le pregunté qué estaba coloreando, y dijo:
—Este canguro. No sé por qué ponen un canguro en el menú de un restaurante si no tienen canguros, solo hay tortitas y esas cosas. Puaj… ¿y si las hamburguesas de salchicha son de canguro? —dijo, y resopló de asco.
—No es salchicha de canguro, qué tontería —le dijo Leah.
—Entonces, ¿por qué está aquí este canguro, mami?
—Para que lo colorees —dijo con paciencia—. Y si vamos a lo realista, ¿por qué el canguro es morado con rayas?
—Me gusta el morado. Las rayas son para ir elegante. Es un canguro elegante.
—¿Así que te gusta colorear las cosas con estilo?
—Me gusta colorear. Algunos animales son elegantes y ya está. Otros no son elegantes.
—El canguro sí —dije yo—. ¿Cómo se llama?
—No tiene nombre —dijo—. Pero mi hipopótamo se llama Pantalón Morado.
—¿Por qué se llama Pantalón Morado? —pregunté, desconcertado por aquel nombre tan tierno como raro para lo que a todas luces era un peluche muy querido.
—Porque lleva el pantalón morado —dijo como si fuera obvio.
—Ella, Cody no conoce a Pantalón Morado, así que no sabe que algunos hipopótamos llevan peto.
—Pantalón —dijo con paciencia—. Y tiene una tirita en una rodilla porque se rompió la pierna. Yo lo curé. Usé mi martillo y mi termómetro y tiritas —dijo, sabihonda.
—No sabía que los médicos usaran a la vez martillo y termómetro. ¿Eres veterinaria?
—No. Soy médica. De todo. De personas, animales y juguetes. A veces de coches, si quiero arreglar coches. Fui a la universidad, así que puedo arreglarlo todo.
Le sonreí de oreja a oreja. Esta niña de ojos marrones y listísima quería ser médica de mayor. Igual que yo.
—Yo soy médico, pero no de todo. Solo de niños. Soy pediatra.
—Yo voy a un médico de verdad que ve a personas de todos los tamaños. No solo un pedi-nutricionista —dijo como si me tuviera lástima—. La doctora Patel es maja, y tiene pegatinas. Las grandes con purpurina para cuando te ponen una inyección.
—La doctora Patel también es pediatra —corrigió Leah—. Cody sí es un médico de verdad. Eso no ha sido muy educado —la reprendió.
—Perdón —se disculpó—. ¿Te he herido los sentimientos?
—No, hasta me ha hecho gracia —dije.
—Gracias por no reírte, igualmente. Si te ríes cuando no estoy siendo graciosa a propósito, me duele el corazón —me advirtió.
—Gracias. Lo tendré en cuenta. No querría hacerte daño en el corazón —dije con sinceridad.
—Esta vez me dieron dos pegatinas cuando me pusieron la de la gripe. Lloré muchísimo. Probé la canción de Daniel Tigre, y sé que se acaba muy rápido, pero tenía miedo. Mami tuvo que sujetarme, y lloré muchas veces. Me dieron dos pegatinas.
—¿Te dan más pegatinas si lloras o si no lloras? —pregunté por curiosidad, preguntándome un poco si habría llorado solo para sacar una pegatina extra.
—Siempre te dan una o dos cuando te ponen una inyección. Si sales corriendo y gritando no te dan pegatinas —dijo. Asentí y crucé la mirada con Leah. Esta cría, madre mía, era un encanto.
—Creo que eso vale para la vida, no solo para la consulta del médico. Si gritas y sales corriendo, nadie te va a dar una pegatina por ello —dije.
—Eso dice mami. Si no actúas con valentía, nadie sabrá lo valiente que eres por dentro. Por eso te dan la pegatina. Puedes llorar si tienes sentimientos grandes y ser valiente igualmente —explicó.
—Tu mamá es muy lista —dije, regalándole a Leah una sonrisa tierna.
Quería decir tantas cosas. El trabajo tremendo que había hecho criando ella sola a esta niña lista, considerada y valiente. Cuánto sentía no haber estado allí. Lo impresionado que estaba y las ganas que tenía de pasar más tiempo con Ella.
Quería llevarla a todas partes. Al zoo. A mi consulta para enseñársela y conseguirle su propia bata blanca con su nombre bordado.
A conocer a mis amigos y a sus hijos. A las atracciones del muelle de Santa Mónica y a Disneyland.
A una excursión en barco frente a Baja California para ver las ballenas jorobadas que juegan tan cerca del casco que casi puedes tocarlas.
Sentía el pecho a punto de estallar con todo lo que tenía por delante.
Todo lo que iba a poder enseñarle y compartir con ella, las experiencias, las vacaciones y una de esas jirafas de peluche descomunales de tres metros como la que le regalaron a Mia en su baby shower y que le hizo tanta ilusión y la fastidió a partes iguales.
Me embargaban la emoción, la esperanza y la expectativa de toda la diversión y la felicidad que nos aguardaban.
Vino un camarero y todos pedimos. Ella se bebió su zumo de naranja y se tomó una vitamina que Leah sacó del bolso.
Arrugó la cara con disgusto, luego la aceptó y la masticó.
Hizo una mueca y se bebió más zumo de un trago.
Pronto llegó la comida. Leah se metió entre pecho y espalda unas gachas de avena con canela y nuez moscada y dio sorbos a su café.
Yo casi ni toqué mi tortilla de claras porque no podía apartar los ojos de Ella.
Comió algo de sus huevos revueltos, una tostada con mermelada de fresa y medio plátano.
Quería decirle que se terminara los huevos porque las proteínas le venían bien, pero me contuve.
No era nadie para ella, todavía no. Era el amigo de su mamá que las acompañaba a desayunar.
Leah le limpió la mermelada de la cara a Ella y le preguntó si necesitaba ir al baño. Discutieron un poco sobre si debía intentar hacer pis ahora aunque no creyera que lo necesitaba. «Ahora volvemos», dijo Leah, y se llevó a Ella al baño.
Pagué la cuenta y las esperé. Sabía que Ella tenía que ir al cole y que Leah tenía trabajo.
Joder, yo también. Pero estaba tan embelesado con lo que acababa de desplegarse en mi vida…
Parecía imposible que apenas una hora antes no conociera a esta niña.
Esta personita que acababa de meterse en mi vida y la había llenado de tal manera que casi todos mis pensamientos giraban en torno a ella.
Qué necesitaba, qué le interesaba o le daba miedo, qué podía hacer yo para hacerla más feliz.
Cuando volvieron, Ella dijo educadamente que había sido un placer conocerme y volvió a disculparse por haber dicho que no era un médico de verdad. Sonreí, pero tuve cuidado de no reírme.
—Puedo decirte con sinceridad que jamás en toda mi vida he estado más contento de conocer a alguien, Ella Thomas. Espero volver a verte pronto.
—Vale. Mami te avisará. Ella y la tía Lana toman las decisiones de mayores. Por lo visto, yo solo creo que ya soy mayor —dijo con un brillo en los ojos. Tuve que disimular la risa con una tos. Leah sonreía de oreja a oreja.
—Me alegro de que hayas podido acompañarnos hoy, Cody —dijo—. Ya hablamos luego.
—Que tengáis un buen día —dije, y las vi marcharse.
Tenía un rato antes de ir a la consulta, así que decidí volver a casa.
Le había escrito un correo a mi abogado cuando me enteré de lo de Ella para crear un fideicomiso a su nombre.
Según mi buzón de voz, el papeleo estaba listo para mi firma.
También había un mensaje de mi madre. Di la vuelta con el coche y conduje hasta su casa sin avisar.
Crucé la verja y aparqué, subí las escaleras de golpe y tecleé el código de seguridad para entrar.
—Buenos días, hijo —dijo mi padre, doblando el periódico en papel y dejándolo a un lado como si se tratara de una visita de cortesía.
—Quiero hablar con los dos ahora mismo. Vamos a zanjar esto. Madre me ha dejado un mensaje en el buzón esta mañana como si no hubiera dejado las cosas claras la última vez que hablamos.
—A ver, cálmate, Cody —dijo ella mientras entraba con prisas, envuelta en una nube de perfume caro.
—Cuando os llamé el sábado os dije que no volvierais a contactar conmigo nunca más.
Me lavo las manos. Me robasteis a mi única hija por vuestro esnobismo.
Degradasteis a toda la familia al intentar sobornar a la madre de mi hija.
Y luego hoy tienes la desfachatez de llamarme y decir que querías hablar.
Aquí estoy. Yo hablo y vosotros vais a escuchar.
La mano de mi madre, cargada de anillos de diamantes, aleteó cerca de su garganta como si estuviera atónita y profundamente ofendida. Se dejó caer en una sillita delicada, sin habla.
—No te hagas la delicada. Te metiste a la fuerza en mi vida privada como una mafiosa hace seis años, y, con Dios por testigo, te habría borrado del mapa en ese mismo instante de haber sabido de lo que eras capaz.
Me das asco. No me llames ni me contactes nunca.
Como intentes acercarte a mi hija, te veré entre rejas.
Mi abogado tiene en este momento redactada una orden de alejamiento para mantenerte a ti y a cualquiera que esté a tu servicio a más de cuarenta y cinco metros de mi hija y de su madre en todo momento, bajo pena de arresto.
Una palabra más por tu parte y haré que el documento se presente hoy mismo ante un juez comprensivo.
Todos tus amigos del club de campo y todas las señoras del consejo benéfico podrán ver por escrito que se ha resuelto judicialmente que la señora Ellen Savington Johnson debe mantenerse a una distancia prescrita del domicilio, la escuela y la persona de la hija de su hijo.
Me aseguraré de que salga en los periódicos, en internet y, si hace falta, en una valla publicitaria delante del japonés donde quedas con el club de jardinería los miércoles a comer.
—Eso ya pasa de castaño oscuro, hijo —metió baza mi padre—. No voy a consentir que le hables a tu madre en ese tono.
—Usted no tiene ni voz ni voto en cómo le hablo a nadie.
Lleva décadas dejando que se salga con la suya con todo.
Yo me distancié hace años por lo ridículos que sois los dos, pero sus rastreras y altivas gilipolleces son las que han pasado de la puta raya, papá.
Si alguna vez ibas a plantarte por algo en tu vida adulta, podría haber estado bien hacerlo por una buena causa, y no como simple protesta de boquilla cuando le canto las cuarenta a tu mujer por su agenda cruel y sus tácticas despiadadas.
Me avergüenza que seáis mis padres, y espero no volver a veros nunca.
Dicho lo mío, salí hecho una furia, dando un portazo tan fuerte que el cristal de ambos lados tembló.