Volver a Amar al Padre de Mi Bebé Capítulo 23
75%

Capítulo 23

LEAH

En los días que siguieron a contarle la verdad a Cody, esperé tener noticias suyas a cada minuto.

Miré el móvil una cantidad ridícula de veces, preguntándome si lo habría puesto sin querer en «no molestar» y me habría perdido su llamada.

Pura ilusión. Me había dicho que necesitaba tiempo, una forma educada de echarme de su casa.

En vez de llevarme él, pidió un coche para que lo hiciera.

Me dejó allí sola y se marchó quién sabe a dónde, solo para alejarse de mí.

Esperaba que me gritara, que me acusara de débil, de cobarde, de egoísta.

Que me dijera que tendría que haber sabido que no debía desconfiar de él.

No esperaba aquel silencio pétreo ni un rechazo gélido.

Me caló hasta los huesos. Pensaba en su cara, en lo poco que había conseguido obligarse a hablarme después de la confesión.

Me pasaba las noches en vela repasando cada detalle.

Me había concentrado en otros proyectos y en asegurarme de que Ella fuera a la revisión del dentista y tuviera unos zapatos de vestir nuevos para Navidad, porque ya se le habían quedado pequeños los de septiembre.

En vez de quedarme hasta tarde en la oficina haciendo horas extra, volvía a casa e iba con Lana y Ella al parque.

Mientras Ella trepaba, se tiraba por el tobogán y chillaba jugando en la gran estructura amarilla, Lana y yo nos sentábamos en un banco cercano.

—¿Sin noticias del papi? —preguntó Lana.

—Sabes que odio que lo llames así —dije.

—Solo intento animarte. Andas mustia por ahí. Hiciste lo correcto al contárselo. Va a necesitar procesarlo y averiguar cómo gestionarlo. Yo no sería tan dura con él de momento.

—Mira quién habla, la que hace unos meses quería, no sé, mandarlo matar.

—Por aquel entonces pensaba que él sabía lo que sus padres te habían hecho. En cuanto aclaraste eso, él también era una víctima.

—Entonces, ¿te arrepientes de tu rabia asesina hacia él?

—Nunca. Para mí era culpable hasta que tú demostraras lo contrario. Esas son las reglas del código de hermanas. Sin arrepentimientos.

—Lo tendré en cuenta si Mark te saca de quicio —dije con sorna.

—Si me la juega, todo vale —dijo Lana, pero tenía esa sonrisa boba que me decía que estaba loca por él.

—Viene el jueves por la noche, ¿no? —pregunté.

Antes de que pudiera responder, me sonó el móvil. En la pantalla parpadeó «C Johnson». Pulsé el botón de aceptar la llamada.

—¿Diga? —dije un poco sin aliento.

—Leah. Soy Cody.

—¿Cómo estás? —dije con cautela.

—Hecho un desastre, justo lo que te imaginas —dijo con un suspiro pesado—.

Oye, siento haber perdido la cabeza el otro día.

Sé que me cerré en banda contigo, pero estaba tan aturdido y tan increíblemente cabreado que no quería que estuvieras delante cuando estallara.

No fui nada considerado contigo, y por eso te pido perdón. Podría haberlo llevado mejor.

—No hay razón para que me pidas perdón —dije, atragantándome un poco. Fue un alivio enorme oír su voz, saber que se había apartado por protegerme cuando estaba alterado, que no le había dado asco.

—Deberías haber confiado en mí. Deberías haberme contado la verdad en aquel momento. No sé por qué pensaste alguna vez que yo me pondría de parte de mis padres o que intentaría quitarte a nuestra hija, Leah.

—Acababas de volver de una semana esquiando en Vail con ellos.

Solo habías regresado la noche anterior.

Después de decir que estabas harto de sus mierdas y todo eso, te fuiste de viaje con ellos y solo me contestaste un par de veces a los mensajes.

Pensé que eso significaba algo, no sé, sobre dónde estaba tu lealtad.

No estaba pensando con claridad para nada, y tienes razón.

Debería haber confiado en ti. Lo siento —dije con toda la entereza que pude.

—Ojalá me hubieras dicho que estabas embarazada, pero entiendo por qué no lo hiciste.

Estabas asustada. Me va a llevar tiempo hacerme a la idea, asumir que tengo una hija desde hace todos estos años, a la que no conozco y que no ha tenido un padre en su vida.

Eso arrastra mucha culpa, y estoy intentando digerirla.

Me da vergüenza no haberme asegurado de que supieras que estaba contigo, que te apoyaría pasara lo que pasara; fallé como hombre al dejarte en esa situación creyendo que no podías contar conmigo en una crisis.

Quiero ser la clase de hombre y la clase de padre que ella se merece. Quiero conocerla, Leah. Lo necesito.

Parpadeé para contener las lágrimas. Quería ser su padre, ser el mejor padre posible para ella, y estaba dispuesto a esforzarse para aprender a serlo. El pecho se me encogió con una mezcla de remordimiento y gratitud.

—Sí, lo haremos. ¿Qué te parece desayunar mañana? Podemos quedar en un diner monísimo que le encanta. Te mando la ubicación si crees que puedes venir.

—¿Que si creo que puedo venir? No hay nada capaz de mantenerme alejado. ¿Me… me mandarías una foto de ella? Por favor. Es que me está matando no saber cómo es, haberme perdido tanto.

—Por supuesto. Es mágica. Nunca supe que era posible querer a alguien tanto como la quise desde el segundo en que la vi. Es de otro nivel —dije.

—Estoy deseando conocerla —dijo en voz baja.

Colgué, le envié los datos del diner y repasé mi álbum de favoritas para elegir un par de fotos que mandarle. Le conté el plan a Lana y sentí una oleada efervescente de ilusión y nervios tan grande que no sabía cómo iba a poder dormir.

No pegué ojo. Caminé de un lado a otro, planeé, ensayé, cambié de opinión seis veces sobre qué debía ponerse Ella.

No quería que se sintiera incómoda ni como si tuviera que actuar o quedara en evidencia.

Como la parlanchina de bolsillo que era, se volvía tímida si sabía que se suponía que debía impresionar a alguien que no conocía.

La desperté temprano, le lavé la cara y le deshice los enredos del pelo mientras ella bostezaba y se removía en el taburete.

La vestí especialmente mona, con un conjunto que le había comprado en una boutique por impulso para las fiestas.

El verde oscuro e intenso de la parte de arriba llevaba flores delicadas bordadas en el cuello en dorado suave y granate.

Los leggings granates eran de punto acanalado y suave con grandes volantes abajo.

Le puse sérum de brillo en las puntas del pelo y usé la plancha rizadora.

—¡Mami! No es el día del programa de canciones. ¿Qué haces? —preguntó.

—Ya te lo dije, vamos al diner a desayunar para conocer a un amigo mío. Me gusta ponerte guapa a veces, ya lo sabes.

—No me gusta el palo caliente —refunfuñó. Sonreí de medio lado.

—Es que no estás acostumbrada a que te dé el lote con el pelo. Mira —dije, señalando el espejo. Observó cómo un mechón brillante se desenrollaba del tubo en un rizo suave y perfecto.

—Oh. Eso me gusta. Pero esto me da calor.

—Termino en un minuto y te tomas un poco de agua con hielo —prometí.

Cuando acabé, le puse un lazo a juego en el pelo y contemplé el resultado.

—Estás guapísima. Y eso ni siquiera es lo mejor de ti —le dije. Me abrazó.

—Gracias, mami.

Cuando llegamos al diner, tuve que decirle que dejara de dar patadas contra el reservado porque hacía mucho ruido, aunque yo también estaba inquieta y nerviosa.

Coloreó el mantelito individual con las ceras que le trajo la camarera mientras esperábamos.

Cuando Cody entró, se me hizo un nudo en la garganta.

Sus ojos se encontraron con los míos y se dirigió con paso decidido a nuestra mesa.

En cuanto posó la mirada en su hija, se le transformó la cara. Asombro y amor absolutos, y una vulnerabilidad total. Se me derritió el corazón y supe que debería haber confiado en él desde el primer momento.