Capítulo 19
LEAH
Bastante me costó apartar de la mente el recuerdo de aquel beso para sacar adelante la jornada. Cuando recogí a Ella, me tendió su carpeta.
—Nos han mandado un proyecto —anunció, abatida.
—¡Pero si acabamos de hacer el del pavo! —se me escapó, con el ligero fastidio de tener que preparar otro proyecto tonto de parvulario tan pronto. Forcé una sonrisa—. Perdona, es que me ha sorprendido, porque ya hicimos uno para Acción de Gracias.
—Este no iba a ser deberes, pero necesito que me ayudes.
—Claro —dije—. Si es sobre los peregrinos, tendremos que buscar algunas cosas en Google.
—No, no es sobre peregrinos. Es lo que me hace estar agradecida.
—¿Te quedaste sin tiempo, pajarito? —pregunté—. Ya sé que no te gusta darte prisa.
—¡Es difícil! ¡Lo hice y puse a mi mami y a la tía Lana!
Pero entonces Sophia me dijo que qué pasaba con mi papá.
¿Que no estaba agradecida por él? ¡Ella puso a su papá en la línea de arriba!
Y yo dije que no tengo, pero entonces Willow dijo que tengo que tener uno.
Y todos pusieron a su papá en el papel, hasta Avery.
—¿Avery es el que tiene dos mamás?
—Sí, pero su papá igual viene a verlo. Comen pavo juntos. —Se interrumpió, claramente disgustada.
—Lo terminaremos, no te preocupes. ¿Qué te parece si paramos a comprar tomates y feta y hacemos esa pasta que te gusta?
—Ah, ¿la que asamos hasta que los tomates revientan? ¡Sí!
Me alegré de que el cambio de tema la distrajera, pero sabía que no tardaría en volver a preguntar.
Esta noche tendríamos que tener una charla larga sobre sus dudas.
Podía ir preparando el terreno, darle algunas respuestas sencillas.
Dejar que lo pensara y se hiciera a la idea antes de contarle que yo sabía dónde estaba su padre y que podía conocerlo.
Daba igual con qué me sintiera cómoda yo.
Lo único que importaba era Ella, y lo que ella necesitaba.
Sabría que estaba a salvo y querida, y que podíamos dejar entrar a su padre en su vida en cuanto todos estuviéramos listos para eso.
Solo tenía que descubrir cómo decir esas cosas, cómo ser delicada, clara y compasiva.
Estaría atenta a sus señales, dejaría que ella marcara el ritmo de lo que quisiera saber, si quería saber qué aspecto tenía o su nombre o por qué no lo conocía.
Sería todo lo sincera que pudiera sin decir nada que pudiera hacerle daño; no culparía a sus padres ni hablaría mal de nadie implicado.
Ella merecía estar libre de dramas de adultos.
No iba a ser fácil, pero era necesario. Una parte de mí quería esconderse de aquello, la parte cobarde.
Pero me sobraba valentía cuando se trataba de defender a mi niña y darle lo que necesitaba.
Y ella me estaba diciendo bien claro que necesitaba un padre.
Una vez en casa, mandé a Ella a jugar a su habitación unos minutos con el encargo de preparar un espectáculo para que lo viéramos.
Llevaba parloteando desde ayer sobre un espectáculo que estaba «montando» con sus muñecas.
Yo le había prometido a Lana que seríamos un público entregado.
Hasta nos hizo entradas de papel. Se fue encantada a tenerlos a todos listos, lo que me dio ocasión de hablar con mi hermana en esa especie de susurro tenso que últimamente caracterizaba nuestras conversaciones.
Notaba cómo el tono de nuestras vidas, de nuestra rutina tan tranquila, había cambiado desde que volví a ver a Cody y empecé a trabajar para él.
El estrés, la preocupación, la emoción que me ponía las pilas y me quitaba el sueño, el cambio en cómo hablábamos Lana y yo: ya no sobre mi trabajo o el último cotilleo de la tele, sino sobre Ella y Cody y qué hacer.
Había abierto la puerta e invitado al drama a vivir con nosotras.
—Oye —dijo—, ¿cuál es el plan?
—¡No lo sé! —siseé—. ¡Quiere un padre! Tiene preguntas, y hoy metió el papel de los agradecimientos a presión en la carpeta porque estaba disgustada, porque todos los demás hablaban de su padre. Hasta el mocoso ese de las mamás lesbianas le dio la lata.
—Eh, vale. Me refería a qué quieres hacer para cenar. O sea, ¿tienes una reunión luego o estás en casa esta noche? —dijo Lana, frunciendo el ceño.
—Perdona. Te lo he soltado todo encima. Estoy en casa. Le he dicho a Ella que haríamos lo del tomate y el feta que le gusta. ¿Tenemos lo necesario?
—Sí, creo que sí. A lo mejor los tomates están un poco blandos, pero servirán.
—Gracias. Me encargo yo de la cena y ella me ayuda. Me he ofrecido para distraerla. ¿Qué voy a hacer, Lana? Se me está juntando todo de golpe. Pensaba que tenía hasta que cumpliera doce o algo así antes de que llegaran las preguntas serias.
—Estás flipando. Siéntate y te traigo algo de beber. ¿Qué quieres? ¿Agua?
—Coca-Cola. Con azúcar. Venga, Lana —dije, intentando hacerla reír. En vez de eso, abrió la nevera y hurgó en el fondo hasta sacar lo que debía de ser una lata de emergencia escondida.
—Aquí tienes. Cuando es demasiado serio para una copa de vino, tengo esto en reserva.
Hay quien guarda vodka de emergencia en el congelador.
Cuando te da el ataque, gana el jarabe de maíz de alta fructosa.
—La abrió, y el chasquido y el siseo de la lata me reconfortaron.
Bebí un trago, y toda aquella gloriosa efervescencia azucarada pareció recorrerme el cuerpo.
—Dios, qué bueno —dije—. Gracias. Bueno, ¿qué hago? ¿Y por qué bebes tú Coca-Cola light?
—Yo no estoy en plena crisis. Además, ya sabes lo que creo que deberías hacer.
Es hora de contárselo. Has pasado bastante tiempo con él últimamente como para saber que es un buen tío, y encima ya sabes seguro que ya no es un pelele de sus padres.
La única razón para no contarle lo de Ella es que te da vergüenza.
Por ella no, claro, nunca por ella —dijo—, sino por no habérselo contado de entrada.
No quieres que se enfade contigo ni que todo cambie.
Porque tú, querida hermana mía, eres una maniática del control.
—¿Yo? Ni de broma. Si yo fuera una maniática del control, estaría como escolarizando a Ella en casa y no dejaría nunca que otros diseñadores trabajaran en proyectos y…
—¿No confiarías nunca el cuidado de tu hija a nadie que no compartiera útero contigo?
¿No te buscarías un novio con el que ir en serio y dejar que la conociera?
¿No invitarías a nadie aquí jamás? Reina, acéptalo.
Tienes a esta niña encerrada como a Rapunzel en una torre, y las únicas personas que la ven somos tú y yo, salvo en el colegio.
Viene a la biblioteca conmigo, al supermercado a veces y al parque.
Si pudieras envolverla en algodón y meterla en una caja en una estantería segura y bonita, no estoy segura de que no lo hicieras.
Has sido tan cuidadosa, te has preocupado tanto.
Dejé la lata de Coca-Cola sobre la mesa y miré a mi gemela boquiabierta, horrorizada.
Noté el nudo en el pecho, la desagradable certeza de que me estaba diciendo una verdad sobre mí y sobre mi conducta.
Me comportaba como si tuviera miedo de todo, como si darle a Ella una vida más amplia con más gente dentro pudiera, de algún modo, hacer que me la quitaran.
Las lágrimas me escocían en los ojos, y sentí el ardor de la vergüenza como una marca en la piel.
—He sido muy egoísta, Lana. Lo siento. ¿Por qué no me dijiste nada?
—Te conozco. Sabía que necesitabas tenerlo todo limitado y bajo control para sentirte segura. Eso era muy nuestro de pequeñas: yo nunca te empujaba a salir de tu zona de confort.
—Me protegías. Siempre lo hiciste. Hasta cuando me quedé embarazada, dejaste toda tu vida para protegerme. ¡Y yo te dejé hacerlo! Te he pedido que pusieras toda tu vida personal y profesional en pausa durante cinco años. Lana, lo siento muchísimo.
—Te perdono. Quería estar aquí para ti y para Ella. Me ha encantado cuidarla y verla crecer. Pero es hora de que sea solo una tía, la tía divertida ahora. No la mamá número dos y el ama de casa para que tú puedas irte a conquistar el mundo.
—Tienes razón. Me he apoyado en ti, y has hecho tanto… ¿Cómo lo llaman en TikTok? Trabajo invisible o carga mental o como sea. Has hecho todo lo que habría hecho una pareja, para que yo pudiera trabajar y tener una familia a la vez.
—Todo no. Sin noches de cita, y yo no me acuesto contigo. Soy más bien como La niñera, la serie esa de los noventa, solo que sin el mayordomo ni la tensión sexual.
—Ni siquiera te he preguntado cómo iban las cosas con Mark. He estado tan ensimismada.
—Las cosas van… bien. Llevo queriendo traerlo, que venga a cenar y conozca a Ella. Pero no lo mencioné porque estabas de los nervios y pensé que te ibas a poner como una moto.
—Madre mía. Ibas pisando huevos y pensaste que ni siquiera podías preguntarme si podías traer a tu novio a cenar —dije con voz apagada—.
Lo siento muchísimo. He sido muy arrogante y muy egoísta todo este tiempo.
Sabía que tenía suerte de tenerte. Supongo que no me daba cuenta de la mierda que has tenido que aguantarme.
—Elegí aguantarla.
—Quiero que Mark venga a cenar. Esta noche no, porque estoy como una cabra y no puedo fingir que soy normal hasta que haya dormido bien una noche.
Y porque no le vamos a dar tomates blandengues.
Quiero hacer la cena para todos, Ella y yo.
Ella puede hacer su pudin de plátano. Y, si me dejas, como un pequeño agradecimiento por todo lo que has hecho por nosotras, quiero diseñarte un sitio.
Quiero comprar un piso y reformarlo para que sea perfecto para ti.
Tengo como un tablero de Pinterest en el que llevo dos años trabajando con cosas que creo que te van a encantar.
Lana se echó a llorar y me abrazó con todas sus fuerzas. Eructé, y nos echamos a reír.
—Es la Coca-Cola normal —dije entre risitas—, me hace eructar.
—Estamos juntas en esto, siempre —dijo mi hermana—. Pero creo que llevaba esperando a que me dieras permiso para volver a tener una vida. Para traer a Mark, para empezar a buscar un sitio para mí. Pero no tienes que comprarme un piso…
—Lo sé. Pero quiero. O sea, es tu dinero.
—¿Qué?
—Cuando convertí la empresa en una sociedad limitada, ¿no te acuerdas de firmar papeles?
—Sí, pensé que era avalando un préstamo, y dijiste que yo tenía derecho de supervivencia por si te caías de un yate y te ahogabas o algo así. Para que pudiera ocuparme de ello por Ella. Pensé que estabas siendo dramática.
—Siempre soy dramática, como has señalado —dije con sorna—, y tú eres la administradora del fideicomiso.
También eres copropietaria de la empresa.
Lo que significa que tienes participación en el negocio además de un buen colchón.
Ahora mismo tengo casi todos tus beneficios en depósitos de alta rentabilidad.
—¿Me estás vacilando?
—No. Claro que no. He intentado hablarlo contigo un par de veces.
—Pensaba que estabas rara haciéndome preguntas de dinero. Yo cuido a una cría y veo Real Housewives. Mi novio, y no le digas a Mark que lo he llamado mi novio, todavía no conoce a mi familia. No soy precisamente alguien con una cartera de inversiones.
—Pues sí lo eres. Podemos repasarlo, esta noche no. Estoy frita de la cabeza. Lo siento.
—Cualquier momento me va bien. A lo mejor en Acción de Gracias. Ahora tenemos cosas más gordas en que pensar. Como el espectáculo que está montando Ella, y si esos tomates aún sirven —dijo Lana con una sonrisa tranquilizadora.
—Eres la mejor. Si Mark no se da cuenta y no te trata como a una diosa, voy a tener que partirle la cara.
—No le partas la cara. Tenemos dinero. Contrata a alguien para que lo haga. Delega —se rio. La abracé.
Ella nos llamó para que fuéramos al salón y nos preparáramos para ver su espectáculo.
Corrimos hacia allá y nos sentamos en el sofá a mirar.
Lana grababa con el móvil. Durante los quince minutos siguientes, vimos a Ella sacar una muñeca tras otra, presentarlas y contarnos sus dramatiquísimos problemas de salud para poder curarlos.
A veces cantaba, a veces ponía caras serias y gruñía como si hiciera algo muy difícil.
Era adorable. No me dejé reír aunque quería reírme de puro deleite.
Era la cría más graciosa, más dulce y más lista del mundo, y nadie me convencería jamás de lo contrario.
Al cabo de unos diez minutos, Lana se inclinó y susurró:
—¿Va a hacer esto toda la noche? O sea, a estas alturas tiene que quedarse sin juguetes heridos.
—Dale otros diez minutos y luego le digo que es hora de hacer la cena —susurré yo—. Piénsalo como Anatomía de Grey sin los tíos buenos.
—Era la única razón por la que la veía.
—Chist —le advertí, y volví a centrar mi atención en la doctora Ella, que estaba salvando a su paciente.
—Uf, ahora se va a poner bien —dijo, cogiendo al muñeco JJ de Cocomelon, con esa pinta inquietante, y dejándolo en el montón desordenado de los demás pacientes «curados» antes de correr a su habitación a por la siguiente víctima.
—Tuvo un accidente —dijo Ella.
—¿De qué tipo? —pregunté, sin saber si se refería a accidente de coche o a accidente de pis encima.
—La pilló un autobús grande —dijo con toda naturalidad—. Podría morirse. Aquí hay mucha sangre. —Le dio la vuelta a la muñeca, una princesa de Disney con el pelo enredado—. La voy a coser. —Sus grandes ojos oscuros estaban serísimos.
Entonces Ella sacó una caja grande de tiritas con purpurina que debía de haber mangado del armario del baño y procedió a pegárselas en el pelo enredado a la muñeca.
Después de salvar a unas cuantas muñecas más y empezar con los peluches, lo dejé para hacer la pasta.
Lana fue a llamar a Mark, y yo me dejé absorber por el rato con mi niña, preparando juntas la cena.
Ya descubriría cómo contarle a Cody lo de ella y cómo contarle a ella lo de su padre.
Lo importante era estar presente para ella ahora y dar lo mejor de mí como madre.
Eso significaba decir la verdad, pero también dejar las cavilaciones y los planes serios para cuando estuviera dormida por la noche.
Ella merecía toda mi atención, y se la di encantada.
Aun cuando me preocupaba en el fondo de mi mente, sentí muy hondo la suerte que tenía.
Tenía una hija sana, un hogar seguro, una carrera de éxito, una hermana entregada que era mi mejor amiga.
Partía de un lugar de bendición y fuerza, y podía tener el valor de hacer aquello, de decir la verdad y afrontar las consecuencias.
Mientras recordara que lo importante no era yo ni mis sentimientos. Era Ella. Por siempre jamás.