Volver a Amar al Padre de Mi Bebé Capítulo 17
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Capítulo 17

LEAH

Lo llamé. Habría preferido una endodoncia sin anestesia, pero llamé a Cody para disculparme.

Cogió la llamada. Eso ya era buena señal. Al menos no me había desterrado al purgatorio del buzón de voz.

—¿Sí? —contestó.

—Hola, ¿Cody? —dije, sin saber muy bien por qué sentía la necesidad de convertirlo en pregunta cuando había llamado a su móvil.

—Sí. —No me daba ni un respiro, ni el más mínimo gesto amable para ponérmelo más fácil. Tomé aire despacio.

—Vale, este es el motivo de mi llamada. El otro día reaccioné de forma exagerada. Quiero disculparme por cómo me comporté. Me gustaría seguir trabajando en el diseño de tu casa, pero lo entiendo si te sentirías más cómodo con otra decoradora después de cómo actué.

—No pasa nada. Te molestaste. Si quieres continuar con el trabajo, por mí perfecto. Pensé que aclarar las cosas entre nosotros ayudaría. Juzgué mal la situación —dijo, lo cual fue bastante generoso por su parte teniendo en cuenta cómo había acabado todo.

—Gracias —dije—. Me alegro. Ha llegado la tela que elegiste, y quiero hacer una última tanda de mediciones antes de pasarle el material al tapicero a medida. No terminé de tomar las medidas cuando estuve en la casa el otro día, lo cual es culpa mía.

—No te preocupes por eso. Puedes pasarte después del trabajo. A no ser que prefieras medir cuando yo no esté en casa.

Me obligué a decir que después del trabajo me venía bien, que no habría ningún problema.

No quería que pensara que pretendía evitarlo, aunque una parte de mí sabía que sería más sensato hacerlo.

Le escribí a Lana para avisarla de que no llegaría a tiempo para una cena temprana antes de la clase de gimnasia de Ella, y de que podía llevarla perfectamente al chino que tanto le gustaba si querían cenar fuera.

Luego hice una lista de lo que tenía pendiente en la casa: cosas concretas que debía volver a medir y dos preguntas que necesitaba aclarar con él sobre la pintura antes de pasar a elegir las molduras.

No pensaba salirme del guion, y mantendría la compostura.

Era un trabajo. No había razón para hacer el ridículo solo porque fuera la casa de Cody.

Lista en mano, llamé al timbre y entré justo antes de la puesta de sol. Me detuve nada más cruzar el umbral y miré, a través de las amplias puertas francesas, los colores preciosos y vivos del cielo.

—Estas vistas… —empecé.

—Sí. Son bastante increíbles —convino, saliendo de la cocina—. Me alegro de que decidieras volver. Para terminar el proyecto, quiero decir.

—Gracias por dejarme volver. Quería disculparme en persona. Siento haber actuado así. Fue poco profesional, grosero y, siendo sincera, infantil.

—Deja de disculparte. Sabía que era un tema espinoso, y lo saqué de forma torpe. De hecho, Jack me dijo que había hecho el imbécil.

—Viniendo de él eso es un insulto, o una ironía, no sé decidirme —dije—. Porque creo que la última vez que lo vi le estaba anunciando a medio bar que Las vacaciones de una chiflada familia americana era una película de mierda y un refrito.

—¿Quién tiene una opinión tan firme sobre esa película? —preguntó—. Creo que me acuerdo de esa noche, y o estaba borracho o se estaba luciendo para alguna chica.

—O las dos cosas —dije, asintiendo.

Terminé las mediciones y pasé a mis preguntas.

—Quiero poner cortinas decorativas en las hojas laterales que enmarcan las puertas francesas.

No taparán nada de las vistas, pero anclarán el espacio.

¿Qué te parece esta tela? Es de la misma línea que el material de los estores romanos, y he pedido que me reserven el mismo lote de tinte por si das el visto bueno.

Crucé la habitación, sostuve una muestra de tela contra la hoja lateral y esperé su reacción.

—Tiene buena pinta. Me fío de tu criterio.

—Quiero recuperar este estampado en los cojines decorativos del mobiliario tapizado y, posiblemente, en un faldón para el comedor también.

—¿Eso que cuelga encima de una ventana? Vale. No tengo que hacerles nada, ¿no?

—¿Como qué? —pregunté.

—Subirlas y bajarlas o algo así.

—Los faldones no hacen eso. No. Tranquilo. No te estoy proponiendo cortinajes terroríficos y de mucho mantenimiento —dije con una leve sonrisa.

—Vale —dijo—. Quiero que este sitio se sienta más como un hogar y más como yo. No como algo sacado de un hotel o de un escaparate de tienda de muebles.

—La mayoría de la gente quiere que su casa parezca personalizada y adaptada a sus necesidades.

Siempre hay unos cuantos que la prefieren idéntica a una página del catálogo de West Elm o algo así.

Pero recuerdo que la casa de tus padres estaba decorada con muchísimo gusto.

Me sorprende que no contrataras a su diseñador —dije, intentando colar a sus padres en la conversación con disimulo.

—No querría que mi casa se pareciera en nada a la suya. La verdad es que en los últimos años no he tenido mucho contacto con ellos —dijo, carraspeando.

—¿En serio? —dije, desesperada por preguntar por qué, pero sabiendo que era un asunto personal y que no debía meterme.

—No tengo el menor interés en vivir mi vida para cumplir sus expectativas.

—Cody lo dejó ahí. Me dieron ganas de soltar un chillido.

Estaba encantadísima de que hubiera puesto distancia entre él y sus padres tan críticos.

Nunca pensaron que nada de lo que hacía estuviera a la altura, y él merecía algo mejor que eso.

Me ofreció una copa de su carrito bar, y acepté.

—¿Qué bebes ahora? —preguntó.

—Casi nada que no sea vino blanco, la verdad —dije—. Creo que la última vez que pedí otra cosa fue en la despedida de soltera de Maddie, la de mi oficina. Una margarita de granada. Muy ácida.

—No tengo granada. ¿Qué tal naranja sanguina?

—¿Tienes naranjas sanguinas?

—Tengo tequila infusionado con naranja sanguina. Tengo naranjas normales, de proximidad.

—¿De proximidad? —dije con una risita.

—Es lo que dicen para cobrar más por las copas, ¿no? Que la fruta o los licores son de proximidad.

—Cierto —dije—. Suena bien.

Dejé que mis ojos recorrieran su cuerpo mientras se concentraba en prepararme la copa.

Escarchó con sal el borde del vaso, mezcló los ingredientes, cortó una naranja y la espolvoreó con azúcar antes de hacerla flotar en la copa.

Mirarlo era todo un placer. Pude admirar esos brazos musculosos, las manos hábiles de movimientos escuetos y eficientes.

El fino vello de sus antebrazos fuertes, visible donde se había remangado.

Me di cuenta de que estaba jugueteando con mi collar y me obligué a parar.

Una cadenita de oro con la piedra de nacimiento de Ella, un diminuto rubí de julio.

Cody me trajo la copa. Di un sorbo e hice un ruidito de aprobación.

—Está buenísima.

—Soy un hombre de muchos talentos, qué quieres que te diga —bromeó, volviendo al carrito para servirse un whisky solo, su viejo favorito.

—Gracias por la copa —dije, dando otro sorbo y dejándola en la encimera—. Quiero echarle un vistazo a las puertas del armario del segundo dormitorio más grande antes de irme. No anoté en mi recorrido si eran plegables.

—No… creo que no —dijo, dudoso. Se terminó la copa y dejó el vaso de cristal tallado junto al mío, casi lleno.

Lo seguí escaleras arriba hasta la habitación. Encendió la luz y entorné los ojos con disgusto.

—Hay que poner aquí alguna luz decorativa. Esa del techo es asesina —dije, resistiendo la tentación de protegerme los ojos con la mano.

—Antes nunca encendías las luces hasta que era noche cerrada. Pensaba que en secreto eras un topo.

—Los topos son feos. Algún otro bicho de madriguera, uno más mono —dije—. ¿Un conejito?

—No, los conejos son demasiado indefensos.

—Me lo tomaré como un cumplido, aunque me hayas comparado con un topo —dije, arrugando la nariz.

Fui hasta el armario, lo abrí, anoté el tipo de puerta en mi tablet y asentí.

—Gracias —dije—. Creo que esas puertas están bien. Si hubieran sido plegables, que son de gama básica de constructora, habríamos tenido que cambiarlas.

—Vale —dijo—. ¿También estamos pensando en gris para estas habitaciones?

—Depende de para qué quieras usarlas. A mí me gusta un color más cálido para una biblioteca, algo más claro, más alegre para la habitación de un niño —dije.

—Lo dejaré como cuarto de invitados —dijo, un poco descolocado con la pregunta—. Es el segundo dormitorio más grande, y sería una pena convertirlo en otra cosa. Algún día podría tener invitados. La casa de Zachary podría inundarse o algo, y tendrían que instalarse aquí temporalmente.

—¿Es un alojamiento de emergencia por si hay una inundación? ¿En California? —dije con escepticismo.

—Algo tenía que decir. Me preguntaste para qué lo voy a usar. O decía que quería conservarlo como cuarto de invitados o me inventaba algo sobre climatización independiente para poder instalar terrarios para la colección de lagartos que siempre he soñado tener —dijo.

—¿Colección de lagartos?

—Como te he dicho, estaba improvisando. No sabía qué decir.

Cody se sentó en la banqueta acolchada a los pies de la cama y yo me dejé caer a su lado. No estábamos sentados exactamente en la cama. Solo era una banqueta. Una banqueta pequeña pegada a los pies de la cama. Pasé al carrete de fotos de mi iPad y le enseñé una imagen.

—Mira esto. Hice una habitación para casas de muñecas con vitrinas de cristal empotradas en lo alto para exponer las muñecas de porcelana demasiado grandes para las dos enormes casas de muñecas de estilo victoriano que la dueña había encargado.

—Joder. Es como la guarida de Chucky. ¿Esto son como ataúdes de cristal para las muñecas? ¿Estilo Blancanieves?

—Más siniestro de cerca. No encontrarás ninguna foto de esa habitación en mi web —dije.

—Bien. No creo que provocarles pesadillas a los posibles clientes sea una buena estrategia de marketing.

—Cuando le enseñé a mi hermana una foto de la habitación terminada, casi se hace pis de la risa.

—Eso pega —dijo con una sonrisa torcida—. Tenía un sentido del humor de locos.