Capítulo 17 #2
—Con esa habitación, o te reías o te echabas a llorar y empezabas a gritar «¿por qué, Dios, por qué?». No me gusta ir por ahí llamando abominación a las habitaciones favoritas de mis clientes, pero en este caso, si el zapatito de cristal a medida te sienta bien, póntelo.
—¿Zapatitos de cristal a medida para una muñeca?
—Los ricos tienen unos gustos rarísimos.
—¿Como el yate de mi padre? —preguntó.
Se rio.
—Sí, como eso. Tío, lo que odiaba aquella gorra de capitán que le regalé por Navidad ese año, ¿verdad?
Asintió con la cabeza varias veces.
—Sí, pero, para ser justos, lo odia todo, así que yo no me lo tomaría como algo personal.
Se levantó y se sirvió otro whisky.
—Antes, cuando estábamos juntos, nunca bebías mucho —observé.
—Después de que te fueras, confieso que durante una temporada bebí mucho más.
Se pasó una mano por el pelo, como si estuviera incómodo con la confesión, con la vulnerabilidad que dejaba ver.
—Lo siento, Cody. Creo que nunca te lo dije, y debería habértelo dicho cien veces ya.
Siento haberte dejado de esa manera. Merecías algo mejor de mí.
Las cosas se… complicaron, de golpe, y no creí que tuviera otra opción.
—Negué con la cabeza, llena de arrepentimiento.
No dejé que se me saltaran las lágrimas.
No iba a lloriquear sobre lo mal que me sentía por haberlo tratado como lo hice.
De ninguna manera lo pondría en la situación de tener que consolarme cuando era yo quien lo había herido.
Suspiró. Vi cómo su pecho subía y bajaba.
—Me hiciste el vacío, Lee. No me cogías las llamadas, y cuando fui a casa de tu hermana a buscarte, ya ni siquiera vivía allí.
No tenía forma de ponerme en contacto contigo para ver si al menos estabas bien.
Sé que se supone que debo decir que es agua pasada.
Y lo es, todo está en el pasado. Pero no te imaginas cómo fue aquello para mí, como si te hubieran borrado de la faz de la tierra.
Te diste de baja de tus clases. Llamé a la escuela de diseño para intentar encontrarte, conseguir una dirección de reenvío o algo.
—Existen leyes de privacidad —dije con ironía—. Lo sabes, ¿no?
—Lo sé. Pero tenía que intentarlo.
—No me escondí del mundo ni nada de eso. Ni siquiera me fui de la ciudad. Simplemente empecé de cero. Debería haberme portado mejor contigo, haber sido más amable y considerada. Haber pensado menos en mí misma —dije.
—Nunca has sido una persona egoísta, Leah. No creas que te estoy acusando de eso.
—Eres generoso al decirlo, pero está bastante claro que hui de ti por lo que yo creía que eran buenas razones, pero no intenté darte un cierre ni explicarme. Quería empezar de cero y limpio. Lo siento.
—Yo también lo siento. Por lo que fuera que te hizo pensar que no podías confiar lo suficiente en mí como para explicármelo.
Te conozco lo bastante, o te conocía entonces, para saber que no tomabas decisiones precipitadas.
Le dabas vueltas a las cosas. Y seguramente te angustiaste durante días antes de tirar de la cuerda, porque no creías que tuvieras otra opción.
Aunque me muero por preguntarte por qué, no lo haré.
Esta noche no. Quiero que sepas que te creo.
Que no querías hacerme daño, y que lo lamentas.
Gracias por eso. La mayoría de la gente ni se disculparía por algo de hace tanto tiempo.
Ignorarían el elefante en la habitación.
Pero tú siempre fuiste mejor que eso. Sin miedo a la hora de decir lo que había que decir.
Me retiró detrás de la oreja un mechón de pelo que se había soltado.
Me incliné hacia su mano, mi mejilla encajando en su palma, los ojos cerrándose.
Dios, qué bien sentaba dejar que me tocara.
Sentía como si llevara siglos aletargada, una parte de mí en hibernación, esperando a que sus manos me devolvieran a la vida.
Así, sin más, el deseo me atravesó como una ráfaga ardiente de viento en el desierto.
Mi cuerpo se arqueó hacia él y noté la tentación deslizándose por mi piel.
Me lamí los labios y abrí los ojos. Estaba tan cerca.
Su mirada ardía sobre la mía, y yo no pensaba romper el contacto visual.
«Que lo vea», pensé, temeraria, «que vea lo que me provoca».
Que viera que retirarme el pelo, un roce amistoso, nada sexual, del más breve, me encendía las mejillas, me aceleraba la respiración y hacía que se me marcaran los pezones de forma indecente contra la tela de la camiseta.
Si pudiera sentir cómo se me caldeaba la piel, cómo mi sexo solitario se hinchaba y se humedecía por él, seguramente lo dejaría en coma.
Darse cuenta de que podía ponerme tan cachonda con tan poco esfuerzo.
Cody me deslizó el pulgar por la curva del labio inferior.
Separé los labios, atrapé la punta entre ellos y lo chupé una vez, dos veces, rozándolo con la lengua.
Lo oí jadear, quizá conmocionado de que estuviera tan caliente como para chuparle el dedo como una chica de porno que se pasea sin nada más que un liguero negro intentando que los repartidores y los fontaneros se la follen sobre la encimera.
Volví a girar la lengua sobre su pulgar, encantada con el sabor salado de su piel.
Arrastró la yema húmeda por mi barbilla y bajó por mi cuello.