Capítulo 16 #2
—¿Sin procesar? ¿Estás yendo a terapia? —pregunté, apurando la copa.
—No, sigo a una terapeuta de trauma en TikTok.
—¿Tú tienes traumas?
—Que yo sepa no, pero la terapeuta está buenísima.
—¿Sigues a médicos buenorros de TikTok?
—Hay cosas peores que ver —dijo, gruñón—. Si no recuerdo mal, tú te dejaste abierto en el portátil un porno cutre de MILFs cuando estábamos en la universidad.
—¿Qué quieres que te diga? Siempre he querido una familia.
—¿Una familia o una imitación barata de Angelina Jolie con el chico de la piscina? —preguntó con escepticismo.
—Bromas aparte, sí quería una familia propia. Solo que nunca con las mujeres que mis padres intentaban endosarme.
—Venga ya, eran de muy buena cuna. Apuesto a que ganarían un concurso canino sin despeinarse.
—Porque son de raza pura, obviamente. Pero a mí no me interesaba el buen ganado de cría, que era lo que parecían querer mis padres.
Una unión con la familia adecuada cuyos contactos abrieran las puertas adecuadas en la Costa Este para sus futuros nietos.
La Costa Oeste ya la teníamos cubierta, igual que el Reino Unido e Italia.
Idealmente, la hija menor de los Trelawney.
Su madre está en la junta de Vassar, y el padre dirige una fundación para niños con necesidades especiales.
Después de que dijera que no saldría con ella, la pescó un francés que conoció de vacaciones.
Las otras opciones básicamente iban detrás del dinero de mi familia.
—Tú tienes dinero propio. A lo mejor iban detrás de eso.
—No, era la pasta gorda, el dinero de toda la vida, lo que atraía a esos jet-setters de tercera.
Por suerte, mi madre no intentó endosarme a ninguna de esas.
La última vez que fui a su casa por Acción de Gracias me organizó una cita con una actriz de una de esas series de época de la BBC.
Dijo: «Ay, la pobre Gemma no tenía adónde ir porque su gente no celebra Acción de Gracias».
Como si su gente fueran extraterrestres y no la familia con título que posee la finca colindante con la mansión de mi tatarabuelo en Sussex.
—¿Tu madre quiere que te cases con alguien por sus propiedades y sus buenos contactos en la Costa Este? La mayoría de las madres a estas alturas solo quieren nietos.
—La mayoría de las madres no son unas esnobs estiradas.
Hasta llegué a planteármelo en su momento, después de volver de Médicos Sin Fronteras.
Quería sentar la cabeza, empezar mi vida de verdad.
Tenía sentido pensar en formar una familia entonces.
Salí con tres mujeres distintas que me presentó mi madre.
Y ya está. Lo mejor que tenía para llenar la plaza de esposa en la vida para la que me habían criado.
Las tres eran personas perfectamente aceptables.
Bien educadas, bien vestidas, con buenos modales.
—Entonces, ¿cuál era el problema? Aparte de que te jodía hacer cualquier cosa que tu madre quisiera que hicieras —inquirió Jack.
—No me interesaban lo más mínimo. La única mujer con la que salí que no iba detrás de la fortuna familiar fue Leah.
Pensé que era diferente, pero resultó que ella no sentía lo mismo por mí.
Y mira por dónde, fue la única con la que llegué a imaginarme un futuro.
No me veía a ninguna de esas otras mujeres a mi lado en el sofá viendo una película, ni de vacaciones, ni limpiando vómito del suelo del baño si un niño se ponía malo.
—Para ser justos, ¿cuánta gente se presenta de verdad en una primera cita como alguien que se daría buena maña limpiando vómitos?
—Soy médico. No puedo estar con alguien aprensivo. No podría hablar de nada en absoluto.
—Pues a lo mejor lo tuyo son las habilidades sociales —dijo—. Un curso sobre el arte de la conversación para tu regalo de Navidad. Iba a regalarte una licorera, pero creo que esto lo aprovecharás más.
—Tal y como van las cosas, me vendría bien la licorera de tamaño industrial —dije.
—Tienes sitio de sobra. Que te ponga una barra de Hipopótamos Tragones.
—Se acabaron las bromas con eso. Creo que por fin puedo darle la razón en una cosa: querer terminar con esto de una vez. Y luego ya puedo dar vueltas yo solo por un casoplón para el resto de mi vida.
—Cómprate un perro. Los perros son geniales —dijo.
—¿A ti te gustan los perros?
—Solo a los psicópatas no les gustan los perros —dijo—, acuérdate de lo que te digo.
—Vale, Dumbledore —dije—, ¿cuántos martinis llevas?
—Uno y medio. No estoy borracho; es que soy muy sabio.
—Si soy capaz de confundir tu sabiduría con ir como una cuba, no es una sabiduría muy allá —señalé.
—¿Vienes a casa de Ford por Acción de Gracias?
—Claro que sí. Ya sabes que ahora lo llaman Friendsgiving.
—Eso es demasiado cursi. No puedo decirlo. Perdería mi carné de macho alfa. Tal y como están las cosas, debería cambiar el vino que iba a llevar por algo de alcohol del fuerte. Solo para subir la testosterona en lo que ahora suena a evento muy de Pinterest.
—«Muy de Pinterest» no suena más viril que «Friendsgiving». Siento ser yo quien te lo diga.
—Joder. Supongo que tendré que inventarme otra cosa para virilizar la fiesta. Tengo nubes de azúcar para los niños. Necesito whisky, y a lo mejor algún tipo de patatas picantes.
—¿Sigues en una fraternidad o qué? ¡Unas patatas que le provoquen reflujo a todo el mundo no son un buen regalo de anfitrión! —dijo.
Me reí, agradecido de que Jack siempre supiera animarme.