Capítulo 14
CODY
Leah me perseguía en sueños. No conseguía descansar sin despertarme hecho un nudo por ella.
Volver a verla, intentar comportarme con educación como dos viejos conocidos, me había trastornado la cabeza.
No sabía qué esperar de ella, si me tocaría un escueto «vale, gracias» a un correo o una llamada sobre sus ideas, cosas que sabía que me iban a gustar, cosas que hablaban de una familiaridad cálida.
Llamadas que me dejaban con la sensación de estar en otra época.
Como si estuviera empezando, pagando el peaje en una rotación hospitalaria con horarios de locos y renunciando al sueño para no perder a mi novia.
Recordaba cómo era aquello, cómo me faltaban sueño y paciencia, cómo mis padres me acosaban sin parar para que les dejara mover hilos con la junta y conseguirme un puesto mejor con un horario normal, y cómo insinuaban que no sería lo peor del mundo deshacerme de Leah y pasar a alguien más «adecuado».
Entonces no lo veía, lo que tenía que afectarle a ella saber lo que pensaban y lo implacables que eran.
Yo me lo tomaba como un insulto hacia mí, hacia mi independencia y mis decisiones, y no era capaz de mirar más allá de mis propios sentimientos para preocuparme por los suyos.
Eso tenía que ser parte del motivo por el que se rindió con lo nuestro.
Era hora de hablar con ella, de sacarlo a la luz.
En el peor de los casos, al menos despejaríamos el ambiente, podríamos terminar el proceso de decoración y seguir adelante.
Conmigo se mostraba reservada y huidiza, y eso me volvía loco.
Aunque me odiara, prefería oírlo y acabar con esto que vivir así.
Iba a venir a tomar unas medidas en el salón para las cortinas.
Entonces podría empezar a moverlo, preguntarle si había algo que necesitara decirme.
Ese era mi plan: ser directo con ella y ver adónde nos llevaba.
Leah llegó a la puerta y pasó por delante de mí, directa hacia las puertas francesas con su cinta métrica de acero en la mano.
Elegante con sus vaqueros oscuros y su blazer, hizo ondear la coleta al pasar.
—Estás preciosa —dije. No parecía capaz de evitarlo.
—Eh, gracias —dijo, cortante y quizá un pelín molesta. Centró la atención en el trabajo, se agachó y tomó medidas, las anotó con unos toques en la tablet. Le tendí la mano para que me diera la cinta y ayudarla a medir la altura, ya que yo era mucho más alto. Ella se limitó a mirarme y suspirar.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada, es que estoy cansada. Necesito tomar estas medidas y no salirme de los plazos de este encargo.
—No solo hoy. Cada vez que nos vemos.
Dudó un instante antes de responder.
—Es raro trabajar para ti, ¿vale? Solo necesito terminar este encargo y largarme de aquí —dijo, exasperada.
—Ah, ¿así que vuelves a huir? —solté antes de poder contenerme. Los ojos le echaron chispas.
Leah pareció pasmada al principio. Luego apretó la mandíbula, alzó la barbilla con terquedad y cuadró los hombros. Cogió la cinta métrica y la dejó caer en su bolso.
—He terminado aquí. Mandaré a otra diseñadora a acabar el proyecto.
Oí el chasquido seco de sus tacones sobre el suelo de madera mientras salía a paso firme de mi casa y daba un portazo al marcharse.
Había esperado un enfrentamiento. Gritos, quizá alguna lágrima, acusaciones.
Luego esperaba que ambos dijéramos que lo sentíamos y que tal vez intentáramos seguir siendo amigos sin la incómoda historia colgando entre nosotros.
En cambio, me había cerrado la puerta y se había ido, anunciando que ya no trabajaba conmigo.
«Perfecto», pensé con amargura. Jack y su puta sabiduría.