Capítulo 13 #2
—Buena idea, mami. Barbie, ¿quieres zumo después? —Hizo una pausa—. No quiere zumo. Las sirenas no pueden tomar zumo. Les sienta mal.
—Pues vale —dije.
—Puede tomar chuches de pez.
—¿Chuches de pez?
—Como caramelos de pez.
—¿Caramelos hechos de pez?
—Los rojos, mami.
—¿Los peces de gominola? —pregunté. Asintió.
—Sí, le daré uno de esos después de la medicina. ¿Puedo comerme uno?
—No tenemos, Ella. Tomaste unos cuantos de Halloween, pero hace mucho que se acabaron.
—Ah. —Pareció decepcionada—. ¿Y M&M’s?
—Tampoco tenemos, lo siento —dije—. ¿Queréis tú y Barbie unas uvas?
—La fruta le sienta mal a ella —dijo Ella, muy seria.
—Pues no le des. Te cojo a ti unas cuantas para merendar después del baño.
—No, gracias, mami. No quiero —dijo educadamente.
—Muy bien dicho lo de «no, gracias» —dije, sonriendo—. ¡Lo has manejado como una profesional! —Fui a por su pijama y la ayudé a lavarse y a salir de la bañera.
Después de leerle un cuento y meterla en la cama, me preparé un baño para mí. Entre semana no solía tener tiempo, solo una ducha rápida y depilarme, pero los fines de semana a veces me daba un buen remojón largo. Parecía la noche perfecta para uno. Fui a la cocina y me serví una copa de vino.
Cuando me hundí en el baño, me recosté y me quedé mirando el techo.
—Barbie, a ti no te gustará el zumo, pero esta chica necesita algo —dije, brindando con la muñeca sirena y dando un buen trago.
Aquella bañera empotrada del baño principal de Cody, eso sí que era un lujo.
Un día de estos, cuando tuviera el tiempo y la paciencia para meterme en una reforma de mi propia casa, arrancaría esta combinación de bañera y ducha y pondría una bañera larga exenta.
Pondría una mesita en la esquina para una orquídea y un par de velas, convertiría el sitio en un verdadero refugio.
Cerré los ojos, respiré despacio y me permití imaginar cómo sería tener el baño principal de Cody, ese exacto, amplio y privado.
En cuanto me imaginé hundiéndome en un baño muy hondo y caliente, con el vapor rizándose sobre mis hombros al recostarme, sentí el cosquilleo de la excitación recorriéndome la piel.
Me pasé las manos mojadas por los pechos, provocando que los pezones se me endurecieran en puntas y haciendo que mi sexo se hinchara y palpitara.
Antes me encantaba cuando Cody y yo nos bañábamos juntos, pensé, mordiéndome el labio.
Cogía la manopla, la enjabonaba con mi gel y me seducía con ella sin más, deslizándola en círculos lentos por todo mi cuerpo, empezando por el cuello y la clavícula y bajando luego por el hombro y el brazo, enjabonándome las manos y los dedos.
Siempre se aseguraba de prestar atención a mis pechos, arremolinando la tela resbaladiza sobre mis pezones tiesos, arrastrándola por la cara inferior del pecho, y luego sustituía esa tela por sus manos desnudas y mojadas, acariciándome, jugando con mis pezones, vertiendo agua sobre ellos con las manos en cuenco y lamiéndolos después con la lengua.
A Cody le encantaban mis pechos. Entonces eran un poco más pequeños y firmes, los pezones de un rosa más pálido que ahora.
Tener un bebé había cambiado eso, había remodelado mi cuerpo: pechos más grandes, una curva en el bajo vientre de la que nunca llegué del todo a deshacerme, caderas más generosas.
Me pregunté, en mi estado adormilado y excitado, si a Cody le seguiría gustando mi cuerpo tal como era ahora.
Si devoraría mis pezones con la misma avidez, si hundiría esos dedos entre mis piernas, provocando y retorciéndolos hasta hacerme correr en una contracción tan fuerte que se los expulsara del coño.
Y entonces, mientras me corría, siempre me los volvía a meter, follándome de nuevo con los dedos entre los espasmos del orgasmo, alargándolo al curvar uno contra ese punto que yo nunca lograba alcanzar sola.
Le daba duro, follándome con los dedos hasta que le suplicaba y me corría otra vez, empapándole la mano, conteniendo un sollozo.
Las caderas me daban sacudidas, y él me agarraba el muslo, me lo subía al hombro y pegaba la boca a mi sexo, manteniéndome el coño justo por encima del agua mientras me comía.
Estaba tan sensible que intentaba que parara y le suplicaba que no dejara de hacerlo nunca, todo a la vez.
Me quedaba allí tendida, medio dentro y medio fuera del agua, pellizcándome yo misma los pezones mientras él me jugaba con el clítoris entre el pulgar y el índice y me comía con besos de boca abierta sobre el sexo.
El clímax empezaba como un nudo apretado que estallaba en mi vientre, y luego explotaba en una huida salvaje y convulsa, como si mi cuerpo intentara volverse del revés para él.
Me corrí entonces, frotándome entre las piernas hasta que un orgasmo corto y agudo recompensó el esfuerzo de mis dedos.
Nunca era tan bueno yo sola, y desde luego nunca como lo era con Cody cuando estábamos juntos.
La química entre nosotros había sido casi instantánea la primera vez que nos conocimos.
Lo hacíamos en todas partes: su habitación, su coche, a toda prisa sobre la mesa de la cocina del pisito que compartía con otras dos chicas.
Aquella noche ellas estaban en la habitación de al lado viendo una peli cuando me lo montó allí mismo, encima de la mesa.
La ferocidad de su deseo, su actitud sin límites hacia el placer, hacia llevarlo todo al extremo, me había embriagado.
Hasta que necesité que fuera estable, tranquilo, de fiar, cuando esas nunca habían sido las razones por las que lo había elegido a él.
Así que quizá el embarazo cambió lo que yo creía necesitar, o quizá fue la primera vez que de verdad me enfrenté a la responsabilidad.
Fuera como fuera, el médico joven, salvaje y sexy que tenía unos horarios de locos pero siempre sacaba tiempo para verme y no le daba miedo tomarme contra la pared del baño en mi descanso del restaurante, ya no era lo que tenía sentido en mi vida cuando supe que iba a tener un bebé.
O esa era la historia que me había contado a mí misma cuando estaba asustada.