Volver a Amar al Padre de Mi Bebé Capítulo 13
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Capítulo 13

LEAH

—Este año supongo que no hemos sido tan listas —le comenté a mi hermana mientras embutíamos el carro por el pasillo del súper.

—Antes, madrugar marcaba la diferencia con las aglomeraciones. Supongo que el viernes antes de Acción de Gracias ya no cuenta como madrugar. Igual que sacan los dulces de Navidad a las estanterías al día siguiente de Halloween.

—Vale, abuela —la piqué—. Hablas como una vieja.

—Tus comentarios me dan dolores en la cadera mala, calla —me devolvió la pulla.

Ella se agarraba al asa del carro, su manita entre las dos mías. Era un acuerdo: ya se sentía «demasiado mayor» para ir montada en el carro, pero tampoco quería ir de la mano de nadie. Así que ayudaba a empujar y a encontrar las cosas que necesitábamos en las estanterías.

—¿Vamos a hacer tarta de cerezas? —preguntó esperanzada.

—Pensaba hacer una tarta de nabo y coles de Bruselas este año.

—Mami —gimió, riéndose—. Nadie quiere comerse eso, es asqueroso. ¡Hagamos de cerezas, porfa porfa!

—¿Y si nos saltamos la tarta y de postre nos comemos un buen bol de maíz? Seguro que es lo que hacían los Peregrinos —propuso Lana.

—Puaj, no. —Ella arrugó la naricita con asco, y Lana y yo nos partimos de risa.

—Queda decidido. Tarta de cerezas para Acción de Gracias, y la de coles de Bruselas la guardamos para Navidad —dije con rotundidad, cogiendo una lata de cerezas y dejándola caer en el carro.

El montón de comida para nuestro banquete de Acción de Gracias ya era enorme aunque solo fuéramos las tres.

El año que nació Ella, me dio un ataque de pánico al pensar que mi bebé se quedaba sin grandes reuniones familiares de abuelos y primos durante las fiestas.

Empezamos la tradición de cocinar juntas una cena copiosa y asegurarnos de que fuera de verdad una ocasión especial.

Una ocasión con sobras para los diez días siguientes, más o menos.

—¿Quieres volver a hacer las manzanas al horno? —preguntó Lana, con un evidente temor en la voz.

—Quedaron muy bonitas —dije a la defensiva. Se refería al elaboradísimo postre en el que invertí horas el año pasado, envolviendo tiras de masa de tarta casera alrededor de una manzana entera descorazonada que había rellenado de clavo, mantequilla, azúcar y una rama de canela.

—Ella, échame un cable. ¿Te gustaron las manzanas?

—Me gustan las manzanas —dijo, diplomática.

—Cariño, se refiere a las que tenían las especias en el centro y la masa por fuera que hizo mami el año pasado.

—La verdad es que no —dijo, torciendo un poco la cara al recordarlo—. Estaban duras, y el palito era asqueroso.

—Te dije que no te comieras la rama de canela —señaló Lana.

—Nada de manzanas este año, entendido —dije, alicaída—. ¿Qué hacemos en su lugar?

—¿Smores? —dijo Ella, esperanzada.

—Eh, no —dije—. Algo con fruta, algo con especias de otoño.

—Un día de estos te vas a convertir en un latte de calabaza con especias —soltó Lana con sorna.

—¿Strudel de arándanos y manzana? —sugerí—. ¿O las galletas de arándanos y nueces con pepitas de chocolate blanco?

—Oooh, galletas —canturreó Ella.

—Venga —dijo Lana—, ¿conduces tú, pajarito?

—Y Ella arrancó, dirigiendo el carro un poco demasiado rápido, lanzándose hacia la gente y girando justo a tiempo.

A ese ritmo le iba a dar un infarto a algún pobre comprador, pensé negando con la cabeza, mientras Lana le ponía una mano en el hombro para frenarla.

Retrocedí un pasillo para coger los frutos secos del crocante de azúcar moreno que iba por encima del gratinado de boniato y nubes.

Y de pronto choqué con alguien que no miraba por dónde iba.

Trastabillé hacia atrás por el golpe, como si me hubiera estampado contra una pared de ladrillo con forma humana.

Sacudí la cabeza para despejarme, me disculpé y alcé la vista hacia la persona con la que había chocado.

De golpe, los sentimientos libraron una guerra dentro de mí.

Me había topado de lleno con Cody. Me eché atrás de un respingo, intentando no pensar en sus músculos duros ni en el calor de su piel.

El alboroto de sensaciones que desató el choque se cortó en seco al darme cuenta de que Ella estaba dos pasillos más allá en ese preciso instante.

—Hola —dijo, sonriente y agradable, ajeno al drama—. ¿Haciendo la compra de Acción de Gracias con antelación?

—Me gusta adelantarme a las prisas, pero este año parece que llego tarde para eso.

—Voy a casa de Ford, pero estoy cogiendo unas patatas y vino.

Mi aportación a la cena. Y esto… —Me tendió una bolsa de nubes gigantes que decían estar rellenas de fudge por dentro—.

Ya puedes imaginarte lo popular que soy con la mujer de Ford, que les traigo a los críos cosas así para arruinarles la cena. Es parte de ser el tío divertido.

Veía que intentaba ser amable, darme conversación, bromear. Pero no me quedaba paciencia para eso con mi hija, nuestra hija, tan cerca.

—Bueno, tengo que terminar, la semana que viene repaso las muestras contigo.

Mándame un correo —dije mientras salía disparada del pasillo sin las nueces.

Localicé a Lana y a Ella, cogí a Lana del codo y le dije—: Vámonos.

Ya. —Mi sonrisa era tensa, y hablaba en un susurro.

Me miró pero no hizo preguntas—. ¿Y si te cargo, cariño? —dije, subiendo a Ella a mi cadera.

—Mami, que tengo cinco años. Quiero andar —se quejó.

—Mira, vosotras dos id al coche. Yo termino de pagar.

—Todavía nos quedan tres cosas de la lista, y no has cogido las nueces —señaló Lana.

—Yo me encargo. Esas las puedo coger mañana. Id a esperar al coche, que enseguida salgo —insistí, llevando el carro a una caja con impaciencia.

Lana me miró por encima del hombro y luego condujo a Ella hacia la puerta. Solté el aire aliviada en cuanto cruzaron la entrada. Pagué a toda prisa y empujé el carro hasta el coche como si quisiera ganar una carrera.

Cuando llegamos a casa y estábamos descargando la compra, le dije a Ella que podía ir a jugar a su cuarto. Luego metí las verduras en el cajón de la nevera y esperé a que Lana me exigiera una explicación.

—¿Qué narices pasaba en el súper? —preguntó, con voz tranquila pero la cara preocupada.

—Estaba Cody. Choqué con él y tuve que sacaros del edificio.

Siento haber actuado raro, pero no podía arriesgarme a que se topara cara a cara con Ella.

Se parece muchísimo a él. Supongo que sabía que había un parecido, pero al volver a verlo fue como una bofetada en toda la cara.

O sea, mi hija va por ahí con sus ojos y sus pómulos, y hasta tiene esa seguridad que siempre pensé que le venía de haberse criado con dinero y todo eso.

Pero por lo visto es genética, no del ambiente.

Ni siquiera sé lo que digo, Lan. Es que me dio un ataque de pánico de cojones, ¿vale?

Me abrazó.

—Lo entiendo. Pero no sé, ¿quizá es hora de contárselo?

Ya no eres una cría asustada que está empezando y le da miedo perder a su hija frente al dinero de él.

Ahora tienes tu propio éxito y tu propio dinero.

Eres mayor, más sabia, más fuerte, y no tienes por qué andar corriendo por el supermercado como si te hubiera mordido una serpiente solo porque te lo has encontrado.

—Siempre la voz de la razón —gemí.

—Por todo lo que has contado desde que volviste a verlo, igual sí que es un buen tío y no el capullo que siempre pensé que era. Venga, si yo estoy dispuesta a admitir que lo juzgué demasiado duro, lo mínimo que puedes hacer tú es admitir que se merece saber lo de Ella.

Dejé caer la cabeza entre las manos.

—Vas a magullar los espárragos haciendo de reina del drama. Trae aquí si vas a llorar encima de la verdura —dijo Lana. Solté una risa llorosa y tosí—. Suénate la nariz y enderézate. No podemos tener a la cría preocupada porque vas toda roja y con manchas de llorar.

—Sé que en el súper me comporté como una idiota. Fue como si el pánico se apoderara de mi cuerpo y de repente estuviera en una comedia de situación o algo así. Lo siento.

—No pasa nada. Te conozco. Eres sensata y tienes el control el 98 por ciento del tiempo. Pero el otro dos por ciento eres un puto desastre.

—Vale, tienes razón. Fui un desastre —dije con un resoplido—, eso es aún más vergonzoso de lo que imaginaba.

En el fondo sabía que Lana tenía razón, y lo sabía antes de que me lo dijera tan a las claras.

Por supuesto que Cody merecía saber que tenía una hija.

Siempre lo había merecido. Esa era la parte con la que lidiaba, la vergüenza de no habérselo contado al principio, de no haber confiado en él entonces.

Lo aparté como pude y jugué con Ella: tres partidas de Candyland, dos de las cuales perdí.

Durante el baño, me senté a escuchar su parloteo incesante sobre los juguetes que estaba curando.

La Barbie sirena, el pulpo lanzaagua y todo el reparto de plástico de Encanto estaban enfermos y necesitaban a la doctora Ella para ponerse buenos.

Los puso en fila y los fue tratando uno a uno, atendiendo a la mayoría con una manopla mojada o una bolsa de hielo imaginaria.

—Sirena, necesitas medicina. Te rompiste la aleta cuando te quedaste atrapada en la red.

Sé que es asqueroso, pero tienes que tomártela porque te va a poner buena —le dijo con paciencia a la muñeca que no quería tomarse su medicina—.

¿Ves?, Bruno se tomó la suya y ya está curado.

¡Mira! —Y a continuación hizo que Bruno diera una voltereta sobre la superficie del agua de la bañera.

—Vaya, menuda medicina —dije, intentando no reírme. Ella me miró.

—Él sabe hacer volteretas. La medicina no le hizo hacer volteretas —dijo, ceñuda.

—Ah. Yo iba por lo que hacía en la peli. Supongo que entonces no había sitio detrás de la pared para hacer muchas volteretas.

—Sí —dijo—, ahora está curado. Barbie solo tiene que tomarse su medicina, y él le está enseñando que no pasa nada.

—Buen trabajo, Bruno. Oye, ¿has probado a darle zumo después de la medicina para quitarle el sabor asqueroso de la boca? —pregunté.