Capítulo 12
CODY
Después de entrenar y ducharme, repasé las muestras que Leah había llevado a mi consulta.
Todos los colores eran preciosos, y tan parecidos entre sí que me resultaba casi imposible distinguirlos.
No paraba de pensar en el momento en que la invité a comer y ella titubeó un instante, incómoda, antes de decir que estaba ocupada.
No podía evitar preguntarme si se habría inventado una reunión para no comer conmigo.
No me gustaba verla así de tensa. Me molestaba incluso después de tanto tiempo.
Justo entonces llamó Jack, y le dije que había llamado en buen momento.
—¿En serio o lo dices con sarcasmo? —preguntó.
—En serio esta vez. Me estás distrayendo de darle demasiadas vueltas a una muestra de pintura. ¿Cómo elegiste tú el concepto de diseño de tu casa?
—Eh, contraté a una decoradora. Le dije que me gusta el azul oscuro y que no quiero sillas incómodas ni chorradas que estén ahí solo para quedar pijo.
—¿Y ya está?
—Sí. A mí me fue de maravilla.
—Cierto. Quedó bien. Aunque me extrañó el velero de la repisa de la chimenea. No sabía que te gustara la navegación.
—Fui pirata en una vida pasada —dijo sin inmutarse—. Lo que pasa es que estás celoso porque solo tienes una muestra de pintura y no un barco enorme de pega.
—Cierto. O sea, yo tengo un barco de verdad, pero no viene al caso.
—Pero ese no lo puedes ver desde el salón. A lo mejor le pides a Leah que encargue una maqueta de tu barco para exponerla.
—Eso suena un poco pretencioso —dije—. Vale, muy pretencioso.
Mi padre mandó hacer una maqueta a escala de metro y medio de su yate cuando yo tenía unos catorce años y una gran vitrina de cristal para ella.
Era la pieza central de la «biblioteca», así que era como el puto Titanic atracado justo al lado del sofá.
—¿Sin iceberg en miniatura? ¿Sin una Barbie de Kate Winslet agarrada a una tabla de madera? —soltó.
—No. Ni siquiera con sentido del humor al respecto. Solo una maqueta enorme en una vitrina iluminada hecha a medida, con un generador de reserva por si se iba la luz.
—Tu familia es rara.
—Lo sé.
—Mientras tanto, esta es tu gran oportunidad de continuar con la tradición.
Pídele a la decoradora que dedique una habitación al, yo qué sé, Monopoly.
Puedes poner un mural del tablero en las paredes, fichas tamaño real, una vitrina con todas las versiones internacionales del juego y la de los Lakers solo para tocarle las narices a James.
—Yo era más de Hipopótamos Tragabolas de niño.
—Aún mejor. Un hipopótamo verde tamaño real saliendo de una pared. O uno rosa gigante encima del que puedas montarte, con mandos para usarlo y zamparte los obstáculos del suelo.
—A lo mejor deberías ser diseñador. O científico loco —reí—. Ya me veo diciéndole a Leah que quiero un hipopótamo gigante para montarme en la biblioteca.
—¿Qué tal va el trabajar con ella?
—Confuso. Sopla frío y caliente. O está hablando y riéndose como en los viejos tiempos, o se cierra en banda y busca una excusa para largarse. —Me pasé la mano por la cara.
—Deberías hablar con ella. Pregúntale qué pasa. Aclarad las cosas y ya está. Los dos habéis madurado desde que te dejó. No digo que le exijas una explicación completa ni nada, pero abre la conversación y a lo mejor ayuda —propuso Jack.
—No sé —dije, reacio a remover las aguas con ella. Ahora era tan impredecible que no quería arriesgarme a que saliera huyendo y no volviera, a que rescindiera el contrato de diseño y me apartara de nuevo.
No era posible que tuviera miedo de perderla. Ni siquiera la tenía. No tenía nada que perder. Simplemente sentía una enorme aversión a sacarle ese tema.
—Creo que me ceñiré a hablar de la casa. Terminamos el trabajo y la vida puede volver a la normalidad.
—La normalidad es aburrida —dijo Jack.
—¿Ah, sí?
—Sí. Estoy saliendo con alguien. No sé si irá a alguna parte, pero nos lo estamos pasando bien.
—Creo que deberías estamparlo en una camiseta. Si quisieras una relación seria, elegirías a otro tipo de personas para salir.
—¿Qué insinúas?
—Que la última mujer con la que saliste, si es que se le puede llamar así, tenía que venir a casa de Ford el verano pasado, cuando hicimos la barbacoa, pero cortaste con ella esa misma mañana.
Después de tres semanitas juntos. Estoy bastante seguro de que la dejaste solo para no tener que presentársela a todo el mundo.
—Era pesada.
—Tú también —repliqué.
—No habría encajado bien con las mujeres y los niños. Ni siquiera le gustaban los críos.
—Entonces, ¿qué cojones hacías con ella? —pregunté.
—Nada. Por eso la dejé.
—Sales con mujeres que no tienen ningún futuro a largo plazo en tu vida.
—Puede que tengas razón, pero seguramente sea cosa del destino y del carácter. Tú y yo estamos destinados a ser solteros para siempre, como ya te dije. Llevaremos la antorcha de la masculinidad de lobo solitario hasta la tumba.
—Creo que los lobos solitarios no deberían tener un grupo de amigos de la universidad raramente unido con el que hacen todo.
No cuentas como lobo solitario si estás todo el rato en casa de Zachary, o si pasamos las fiestas en casa de Ford y tenemos tradiciones de pretemporada con James para que los Clippers tengan buena suerte en la cancha.
Es familia extensa. No tiene nada de solitario —le dije.
—Ah, calla y encarga un hipopótamo gigante —se rio.
Cuando colgamos, seguí dándole vueltas a su propuesta: lo de abrir la conversación con Leah sobre la dinámica entre nosotros, lo intensos que fuimos una vez y lo incómodo que resultaba ahora.
Por si había algo que cualquiera de los dos necesitara decir para cerrar el capítulo y todo ese rollo.
Quería saberlo y, a la vez, no quería saberlo.
Porque la respuesta bien podía ser algo así como: «Me di cuenta de que nunca quise casarme contigo porque éramos demasiado distintos, eras demasiado estirado y rico y tu familia me odiaba».
O que había comprendido que, hiciera lo que hiciera, mis padres siempre la mirarían por encima del hombro y la considerarían poca cosa.
Y por aquel entonces yo no había sido lo bastante hombre como para ponerles ese límite y mantenerlo.
Me habían educado para aceptar solo lo mejor de lo mejor, y ella no tenía un linaje familiar que se remontara a la nobleza inglesa como el nuestro.
Nadie de su familia tenía la costumbre de comprar negocios que le gustaban cuando se iba de vacaciones.
Cuando yo tenía doce años, me dio vergüenza porque estábamos comiendo en un restaurante de marisco a orillas del lago Como y mi madre se empeñó en comprar el local entero porque el entrante era «exquisito», y para cuando terminamos los platos principales, mis padres ya eran los dueños del sitio.
Yo estaba allí sentado, hirviendo de rabia con mi camisa de diseño, pensando: «¿Por qué no podéis ser normales y ya está?
». Lo cual era un dramón patético para que un hombre de éxito lo tuviera con respecto a su inmensa fortuna heredada.
Me estaba volviendo loco trabajar codo con codo con Leah sin poder hablar con ella como quería.
Tenía demasiado cuidado de no aludir a nuestro pasado, demasiada disposición a aceptar lo que ella me ofreciera.
Me gustaba ver su cara, oler su perfume, saber que podía escribirle un correo y recibir respuesta.
Su mera cercanía, por todopoderosamente frustrante que fuera, se sentía mejor que no tenerla en mi vida en absoluto.
Poco a poco empezaba a llegar a la conclusión de que prefería no tener prácticamente nada con Leah antes que tenerlo todo con cualquier otra.
Y ni siquiera era una elección difícil. Si apareciera un genio y me ofreciera toda una vida de felicidad con Bella Hadid u Olivia Wilde, pero tuviera que despedir a Leah del diseño de mi casa y no volver a hablar con ella jamás, me negaría.
Ni siquiera me plantearía cortar el contacto con ella en ningún supuesto hipotético.
Eso era ridículo y aleccionador a la vez.
Tenía que salir de mi cabeza antes de volverme tarumba.