Volver a Amar al Padre de Mi Bebé Capítulo 11
28%

Capítulo 11

LEAH

Pasaron los días, un correo me indicó cuál de mis propuestas prefería Cody y me sumergí en una agenda repleta de otros proyectos.

Aquel domingo, Ella y yo hicimos en casa un mosaico de un pavo, una actividad para reforzar el vínculo familiar de su programa de parvulario que consistía en rellenar la lámina para colorear de un pavo con pegamento y una variedad de legumbres secas y granos de palomitas.

Al cabo de una hora, Ella, que había aguantado con un esfuerzo titánico todo el tedioso proyecto, se rindió y empezó a lloriquear. La abracé y le dije que el pavo se quedaba castigado hasta la mañana siguiente, porque las dos necesitábamos un rato divertido juntas.

—Se supone que es divertido —gimió—. ¡Lo dijo la señorita Wren!

—Pues está claro que la señorita Wren no tiene hijos —solté con sorna—, o sabría que pegar legumbres en un papel más de una hora no es precisamente diversión. Plan nuevo. Esta noche te toca baño de luz, eliges un juego y luego a lo mejor un poco de Disney Plus, ¿vale?

—¡BIEN! —dijo, dando palmas—. ¡Lo siento, señor Pavo! —se rio y salió corriendo a por el pijama mientras yo le preparaba el baño.

El baño de luz era un capricho especial para ella, normalmente cuando había tenido una semana dura o un disgusto. En este caso, era solo un capricho. Dejé correr el agua caliente, eché un puñado de barritas luminosas de las del bazar y apagué las luces.

Montó una fiesta disco luminosa de sirenas Barbie para sus muñecas que implicó que yo repitiera una y otra vez las mismas tres o cuatro canciones que ella quería cantar.

Fue media hora de alegría pura de Ella, y no la cambiaría por nada del mundo.

Después del baño, se puso unos pantalones de pijama de elfos de la Navidad pasada que le quedaban cortos y su camiseta de Encanto.

Yo prefería que llevara pijamas a juego por lo monos que quedaban, pero no iba a montar un drama por una tontería así cuando estábamos intentando salvar la noche.

Eligió el Hi-Ho Cherry-O y estuvo un rato girando alegremente la ruleta y recogiendo cerezas de plástico conmigo.

Le mandamos a Lana un selfi con el pie: «Las cerezas molan, los pavos dan asco».

Luego nos preparé a las dos una taza de té caliente con miel y le puse un cubito de hielo al de Ella, porque odiaba cualquier cosa demasiado caliente que pudiera quemarle la lengua.

Nos acomodamos bajo su vieja manta de Cocomelon en el sofá y vimos parte de Alicia en el País de las Maravillas, que siempre nos dormía a las dos.

Como era de esperar, poco después de la canción de las flores, Ella dio una cabezada.

Apagué la película y la desperté con cuidado para que fuera al baño.

Habíamos aprendido por las malas que llevarla en brazos a la cama cuando se dormía solo acababa en pis en las sábanas y lágrimas, así que la ayudé en silencio a hacer pis y a lavarse los dientes, y después la arropé en la cama.

Recogí, guardé algo de colada y preparé unas gachas de avena para la mañana siguiente.

En cuanto me metí en la cama, cogí el móvil del cargador, lista para zambullirme en el nuevo ebook que me había regalado.

En vez de eso, leí algunos mensajes. Uno de Lana, diciendo que llegaría tarde y que nos veríamos por la mañana, y otro de Cody, pidiéndome que le mandara las nuevas muestras de pintura que había mencionado en mi correo.

Podían entregarse en su consulta a cualquier hora, decía, solo quería verlas con distinta iluminación para asegurarse de que no fueran demasiado verdes.

Apunté en mi agenda que me ocupara de ello y no le contesté.

Eran las diez y media. No era una hora adecuada para mensajes de trabajo.

Programé una respuesta para las 7:30 diciendo que me aseguraría de que se hiciera.

Después le mandé a Lana la mala noticia: «Se me olvidó trenzarle el pelo a Ella antes de que se durmiera.

Mañana va a ser un infierno de desenredos.

¡La llevas tú!». Respondió con un emoji rojo soltando tacos que me hizo reír mientras me quedaba dormida.

Al día siguiente en la oficina, terminé pronto las citas de la mañana y decidí dejar las muestras de pintura y un par de muestras de tela en la consulta de Cody antes de irme a comer. Mi plan para la comida era coger una ensalada y luego recoger a Ella, porque tenía media jornada en el colegio.

—¿Cita para comer? Me alegra verte salir del edificio a la luz del día para variar —me picó Trisha.

—Vuelvo enseguida.

Cuando llegué a la consulta de Cody, a duras penas encontré sitio en el abarrotado aparcamiento de su clínica privada.

La recepcionista de la ventanilla me abrió y me dijo que podía dejar las muestras sobre su escritorio, indicándome cuál era la puerta correcta mientras enfilaba el pasillo de colores vivos, decorado con un mural caprichoso de animales salvajes.

Entraban y salían enfermeras, pacientes y padres, y los sonidos de Disney Jr se colaban desde la sala de espera.

Por un momento todo aquel trajín me desorientó en el pasillo estrecho mientras contaba las puertas para averiguar dónde dejar las muestras.

Según avanzaba por el pasillo, vi a Cody.

Oí su voz y me volví por instinto. Estaba arrodillado junto a una niña pequeña, hablándole en voz baja al lado del puesto de enfermería.

Ella negaba con la cabeza, las mejillas y la nariz rojas de tanto llorar.

Me detuve en seco y observé lo dulce que era con ella, lo paciente.

Se subió la manga y se señaló el brazo, como para enseñarle dónde le pondrían la inyección.

La niña se miró el brazo y se dio un toquecito en el mismo punto, y él asintió.

Luego contó con los dedos, uno, dos, tres, y los chasqueó como diciendo que pasaría en un visto y no visto.

Aún vacilante, la niña asintió y le dio la mano.

«Qué valiente», le oí decir mientras se ponía de pie.

Me quedé clavada en el sitio, con la punzante certeza de que, si era tan bueno y tan amable con una paciente, qué maravilla de padre habría sido con su propia hija.

Solo de pensarlo se me erizó la piel entera.

El corazón se me encogió cuando la niña le sonrió con confianza y entró con él en la sala de exploración, con una enfermera detrás llevando una jeringuilla.

Titubeando, volví a la ventanilla de recepción e intenté dejarle las muestras a la recepcionista.

—Lo siento, aquí no tengo dónde dejarlas —dijo—. Pidió hablar con quien las trajera, así que, si pudiera esperar un momento, por favor.

«No soy ninguna mensajera», quise decirle, «y no pienso esperar a verlo cuando mi plan era evitarlo en cuanto lo vi con la niña asustada. De hecho, mi instinto de supervivencia me grita que salga pitando de aquí. ¡Coja las dichosas muestras de tela y ya está!».

Pero no monté una pataleta. Me limité a esperar en el mostrador con mi gran archivador de acordeón lleno de muestras de color. Cuando se acercó al mostrador, me vio.

—Leah, no esperaba que las trajeras tú misma. Yo las cojo, gracias —dijo, aceptando el sobre que le tendía—. Estoy deseando verlas.

—Te he puesto una muestra más grande para que te hagas una idea, y he marcado la que creo que tiene un tono base verde menos frío, por si es algo que prefieras evitar.

—Genial. He terminado por la mañana e iba a salir a comer algo. ¿Te apetece acompañarme? —preguntó.

Estaba guapísimo ahí plantado, con la bata blanca y «Dr. Johnson» bordado en cursiva azul marino en el bolsillo. Su sonrisa era radiante, y aquel magnetismo de siempre, la promesa de travesura y diversión justo bajo la superficie, me resultó dolorosamente familiar. Negué con la cabeza.

—Gracias de todas formas. Tengo una cita. Cuando hayas repasado las opciones, mándame un mensaje y me pondré en contacto con mi pintor para que te haga un hueco en su agenda.

—De acuerdo. Pues que tengas un buen día —dijo, mirándome con algo que habría llamado decepción de no saber que tenían que ser imaginaciones mías. Salí a toda prisa, como si tuviera una reunión de verdad a la que acudir.

Me comí la ensalada en el coche mientras esperaba en el carril de recogida a que Ella saliera del colegio.

—¡Mami! —chilló—. Creía que hoy me recogía la tía Lana.

—Quería robarte un rato de mami y Ella —dije—, así que ella se ha ido a la peluquería.

—Ooh, ¿se lo tiñe de morado? Yo lo quiero morado.

—No creo. Además, el pelo morado solo se lo hacen a los mayores.

—¿En serio? —dijo con cara larga. Eso sí que era decepción, me dije: una persona que había soñado con el pelo morado—. Y la señorita Wren dijo que el pavo hay que entregarlo mañana. Linden entregó el suyo hoy y es buenísimo. El mío está hecho un desastre.

—¿Qué te gustó del suyo? —pregunté con curiosidad, intentando no insinuar que la niñera de Linden seguramente le había hecho el proyecto entero.

—Tenía purpurina.

—Se supone que tenemos que usar lo que mandaron en el kit, ¿no?

—Sí, pero ella también puso purpurina.

—¿Y te habría gustado tener purpurina?

—Sí. Yo siempre quiero purpurina. Todo el rato —dijo.

—Seguro que tenemos algo de purpurina en la caja de manualidades —dije, animándola—, de cuando hiciste el cartel de cumpleaños de la tía Lana con pegamento y purpurina.

—¡El cartel de la sirena, sí! ¡Fue muy divertido!

Sonreí al ver cómo se le iluminaba la cara y conduje hasta casa.

Rebusqué entre el material de manualidades que guardaba en un estante alto de mi armario y encontré dos botes de purpurina, morada y turquesa.

Cuando se los ofrecí a Ella, mostró mucho más entusiasmo por el pavo que antes.

La instalé en la encimera con las legumbres y el maíz en un bol, la lámina del pavo y un poco de pegamento infantil.

Estampó alegremente un buen churro de pegamento en la mitad en blanco del pavo y vació puñados de legumbres encima.

Algunas rodaron al suelo con un repiqueteo y yo me agaché a recogerlas.

—¡Perdón, mami! —dijo—. Tendré cuidado.

Después de eso, fue poniendo las legumbres de unas pocas en unas pocas y rellenó el resto echándole purpurina morada.

—Ya está —dijo, satisfecha, y la hice posar para una foto con su pavo embadurnado, húmedo y reluciente, que luego le mandé a Lana.

«Ya voy de camino a casa para que puedas volver al trabajo. ¿Por qué el pavo parece Liberace?».

«Oye, la cría quería purpurina, la cría tiene purpurina», contesté. Luego le lavé las manos a Ella y guardé las cosas de manualidades. Terminé de limpiar el mueble y le pasé la escoba y el recogedor al suelo.

—Mami, hoy viene Brooke, ¿verdad?

—Sí, cariño, pero no me gusta dejarle un buen estropicio —dije. Tenía la suerte de poder permitirme una señora de la limpieza, pero no iba a dejar que entrara en una habitación con legumbres y maíz desperdigados por todas partes.

Cuando Lana entró, puso los ojos en blanco.

—No me digas que vas a pasar la aspiradora para que esté limpio cuando llegue la señora de la limpieza —dijo.

—No, solo estoy quitando lo peor. —Me levanté, vacié el contenido del recogedor en la basura y me sacudí el polvo de las rodillas—. Yo vuelta al trabajo. ¿Qué vais a hacer vosotras dos?

—Pues tenemos unos libros de la biblioteca para leer, y luego la pajarita me va a ayudar a cortar verdura para la cena.

A lo mejor nos hace una limonada para acompañar —dijo Lana, y Ella sonrió radiante.

Le di un beso a mi hija y volví al trabajo.

De vuelta en el coche, no pude evitar pensar en cómo había venido Ella parloteando en el asiento de atrás al recogerla del colegio, en todo lo que Cody se había perdido.

En lo tierno que había sido con una paciente asustada y en el buen corazón que tenía.

Me mordí el labio e intenté centrarme en las reuniones de esa tarde, pero era inútil distraerme una vez que lo había visto con una niña.