Volver a Amar al Padre de Mi Bebé Capítulo 10
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Capítulo 10

CODY

Después de cargar el lavavajillas, me serví un doble bien merecido del buen whisky que guardaba en el armario.

Era la botella que Zachary nos había regalado a todos sus padrinos para la boda, y la había ido saboreando.

Me quité los zapatos de una patada y me senté a ver los resúmenes del fútbol americano.

Por bueno que estuviera el trago, no conseguía concentrarme.

Era imposible seguir los marcadores o saber siquiera qué equipo estaba viendo.

Tenía la cabeza dispersa y el cuerpo inquieto.

Iba y venía por la habitación, hojeaba la carpeta y miraba las ideas de cómo podría quedar mi casa cuando Leah terminara con ella.

Cuando terminara conmigo, aunque ella había terminado conmigo hacía un porrón de tiempo.

Seguiría siendo una casa vacía. Una con mejor aspecto, conmigo dando tumbos por ella, desperdiciando todo ese espacio.

¿Para qué? ¿Por ego? ¿Por un futuro con una familia que nunca iba a materializarse?

No lo había intentado, esa era la verdad.

Si hubiera puesto algo de mi parte con cualquiera de la media docena de mujeres que había conocido, con las que había ligado, a lo mejor tendría la familia que quería.

Pero estaba escaldado o lo que fuera, después de que la única mujer a la que me molesté en querer me hiciera pedazos.

Si no era suficiente para ella, ¿por qué cojones iba a serlo para nadie más?

Este tipo de pensamientos no servían para nada.

Apagué la tele y fui a darme una ducha. Normalmente, cuando el agua caliente me caía encima, se me despejaba la mente y conseguía relajarme.

Esta noche no. No con la imagen reciente de Leah inclinándose sobre la mesa para señalar la piedra de la foto, los vaqueros ciñéndole cada curva de sus generosas caderas y de ese culo alto y prieto.

Me encantaba agarrarle el culo cuando nos liábamos, cómo me llenaba la mano y lo fácil que era deslizar los dedos entre sus piernas desde ahí, acariciarla por encima de las bragas, que ya estarían empapadas por mí.

Dejé de enjabonarme y me agarré la polla, me la apreté en el puño casi demasiado fuerte solo por aliviarme.

Dios, qué bien estaba esta noche. Esa coleta, ese jersey inocente de universitaria, igualito a algo que se habría puesto cuando estábamos juntos.

Esas piernas largas y esos ojos verdes que me miraban de frente y lo veían todo, como siempre.

Nunca hubo nadie más que ella, nadie me llegaba de esa manera, nadie más se acercaba siquiera.

Me daban ganas de bajarle los vaqueros de un tirón y comérmela, de sentir cómo le flaqueaban las piernas, agarrarla por los muslos.

Ya no había vuelta atrás. Me la sacudía cada vez más fuerte, con los ojos bien cerrados y la imagen de Leah inundándome por completo: su cuerpo, su cara, todo lo de ella que me resultaba tan familiar y a la vez tan inalcanzable.

«Por favor», quise decir, pero apretaba los dientes.

Intentaba mantener la compostura de algún modo, no soltarme y recordar de verdad cómo era tenerla debajo de mí entonces.

Cómo siempre parecía más menuda, más delicada de lo que sentían mis manos cuando le recorría el cuerpo con los dedos, con las palmas, con la lengua.

Si hubiera hecho algo más que leer por encima de su hombro esta noche.

Si le hubiera puesto la boca en el cuello desnudo.

Ella habría echado la mano hacia atrás para sujetarme la cabeza y mantenerme ahí.

Y al estirar el brazo, habría arqueado un poco la espalda, sacando los pechos.

Yo le rodearía el cuerpo y le rozaría el pezón con el pulgar, le llenaría el pecho con la palma.

En unos segundos, al notar que se le acaloraba la piel y se le endurecía el pezón, tendría que volverla hacia mí.

Mi boca encontraría la suya y la besaría como si la hubiera echado de menos durante años.

No con suavidad ni titubeos, sino como si hubiera estado hambriento de su sabor todo este tiempo.

Ella me devolvería el beso, los brazos alrededor de mi cuello, y yo la levantaría del suelo con la fuerza de mi abrazo cuando por fin la estrechara, pegándola a mí para que supiera que no la dejaría marchar nunca más.

Nos agarraríamos el uno al otro, acercándonos tanto, aprendiéndonos de nuevo.

Tendría que dejar de besarla para mirarle la cara, esa cara preciosa que conozco tan bien.

Y luego tendría que volver a besarla porque no soportaría no hacerlo.

Ella diría mi nombre y empezaría a tirarme de la camisa.

Enseguida me la quitaría y le sacaría el jersey por la cabeza.

Cuando nos tocáramos, piel contra piel por primera vez en años, la sacudida casi me haría tambalear.

La sensación aguda y ardiente de un contacto tan íntimo con ella, mi mano en la curva de su espalda, mi beso cayendo hacia su clavícula y la curva de su pecho.

Su boca dulce me rozaría la barba incipiente de la mandíbula antes de pegar los labios a ese punto bajo mi oreja que siempre me volvía loco, un puño de placer tensándoseme en el vientre cuando lo hacía.

Entonces tendría que cogerla en brazos y tumbarla justo encima de la mesa.

Ella se apresuraría a apartar la carpeta de nuestro camino mientras yo me subía a la mesa con ella.

Le colocaría las piernas largas y pálidas para que acunaran mi cuerpo y le arrancaría las bragas de un tirón.

Cuando jadeara de sorpresa, le besaría la boca, mi lengua entrando y haciéndola derretirse, rendirse, abrazarme más fuerte.

Entonces ella forcejearía con mis vaqueros y liberaría mi erección palpitante entre sus manos.

Yo la levantaría por la curva del culo, inclinándola para embestir de una sola y larga estocada.

Llegaría hasta el fondo, lo más hondo que pudiera, abriéndome paso en su estrechez dulce.

Cuando empezara a temblar, cuando sintiera esos pequeños espasmos en sus piernas, me mecería contra ella, mantendría ese ritmo firme y le daría la presión que necesitaba: el barrido de mi pulgar sobre el clítoris, el lametón caliente en el pezón, el roce de mis dientes en su garganta.

Lo que hiciera falta hasta sentirla contraerse a mi alrededor, el aleteo de sus músculos internos, la sacudida de su melena y los labios enrojecidos entreabiertos en un grito al correrse.

Esa convulsión sería la que me arrastraría a mí, la sensación de su placer apretándome la polla y exprimiéndome hasta la última gota.

Diría su nombre una y otra vez, besándole el pómulo, la frente, los labios.

Me corrí en la mano con un gruñido. Me lavé antes de que el agua se enfriara y me sequé a lo bruto, aliviado por la descarga pero hecho un lío por cómo la había conseguido.

Los pensamientos sobre ella me perseguían, como si Leah se me hubiera grabado en el cuerpo además de en la memoria. Al final caí en un sueño intermitente.