Volver a Amar al Padre de Mi Bebé Capítulo 8
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Capítulo 8

CODY

La oí meter el coche en la entrada justo cuando terminaba de emplatar la comida.

Había pasado a por italiano de camino del trabajo a casa, y le había pedido su plato favorito de forma automática, por puro instinto, en cuanto miré la carta.

Después de todo este tiempo. Repartí la ensalada en los platos, dejé la pasta en el cajón calientaplatos y coloqué el pan de ajo en una fuente.

Sonó el timbre y, aunque la estaba esperando, sentí una sacudida de algo.

¿Impaciencia? ¿Nervios? Lo que estaba claro es que esta vez llevaba zapatos, joder.

Bajo la luz amarillenta del porche, con el pelo recogido en una coleta y ropa cómoda, se parecía tanto a sí misma, a como era cuando la conocí, que me golpeó físicamente en el pecho.

Como si me hubiera dado de bruces contra mi pasado en pleno plexo solar.

Como si en lugar de un fantasma o un recuerdo me hubiera enfrentado a un camión de dieciocho ruedas que me dejó tambaleándome del impacto.

Estaba tan guapa que tuve que contenerme para no decírselo.

Esta era la mujer que me había dejado sin una explicación. La cena era estrictamente de trabajo.

Aunque no era tan idiota como para mentirme a mí mismo.

Llevaba pensando en ella desde que volvimos a vernos, claro.

Era como si hubiera dejado salir su recuerdo del rincón cerrado donde lo guardaba y los retazos volvieran en tropel.

Cómo nunca se sentaba bien en una silla, sino que subía una rodilla para abrazarla o doblaba las piernas debajo de ella.

Cómo siempre tenía frío, siempre acurrucándose bajo mi brazo, robándome la chaqueta o echándose mi sudadera por encima de la ropa.

Lo increíble que besaba, cómo era la única mujer a la que había querido besar sin parar, fuéramos más lejos o no.

Su boca sobre la mía había sido algo supremamente satisfactorio, los modos juguetones y sensuales en que nuestras lenguas se provocaban, cómo solía agarrarme los hombros y alzarse de rodillas como si no tuviera bastante de mí y necesitara estar más cerca.

—He cogido italiano —dije, como si el olor cálido del ajo y la salsa intensa no impregnara el aire a nuestro alrededor.

La llevé hasta la mesa del comedor, donde había dispuesto la ensalada y el pan.

Serví dos copas de vino y dejé una delante de ella.

Murmuró un gracias y dio un sorbo. La mano no le iba firme; le temblaba un poco al levantar la copa para beber.

Me gustó que ella también estuviera afectada.

Hacía que me sintiera menos miserable por tener el estómago hecho un nudo solo de volver a verla.

Se comió la ensalada con voracidad, dejó el plato limpio antes de que yo llevara tres bocados. Apuró también la copa de vino. Me levanté, le retiré el plato, le rellené la copa y le serví un vaso de agua.

—¿Tuviste ocasión de echarle un vistazo al tablero de Pinterest que te reenvié? —preguntó.

—La verdad es que no —confesé.

—Te agradezco la sinceridad. He visto que la mayoría de los clientes hombres son menos propensos a mirar las cosas de Pinterest que les mando.

He traído impresas las estéticas que creo que te van.

Esta mesa, por ejemplo. No tienes demasiados muebles en las zonas comunes de la casa, pero la mesa en sí, una de las pocas cosas que has comprado para este espacio, es grande y rústica, con tonos de madera cálidos, y encaja con la escala de la habitación.

Tienes un buen sentido de la proporción, y tu gusto parece tirar hacia piezas sólidas, bien construidas, de calidad.

O bien te gustó cómo quedaba la mesa, o bien quieres hacer cenas multitudinarias, grupos de gente reuniéndose para comer y pasar el rato, alargando la sobremesa, con sitio de sobra para repartirse.

No dudes en corregirme cuando me equivoque en mis suposiciones.

Necesito saber cómo quieres usar el espacio.

—Tienes razón. Me gustaría ver aquí a mis amigos, pasándose los platos, hablando y riendo.

No hablo de cenas de etiqueta ni gilipolleces.

Podría ser cerveza y pizza o lo que sea.

Es como la zona de fuego del jardín. Nunca terminé del todo lo que empecé, lo que quería hacer con ella.

Supongo que perdí el impulso o me lié con el trabajo.

—Para eso me tienes a mí. Voy a llevar a cabo tu visión —dijo, animada.

—Suena a que vas a sacar mi idea al patio para pegarle un tiro —dije con sorna.

Se rio, una risa corta y seca que era tan suya.

No una risa nueva, sofisticada, de tengo-un-negocio.

Era su risa de estudiante a tiempo parcial y camarera a jornada completa, la que había echado de menos.

Sin afectación y cálida. Sentí como si hubiera ganado un puto trofeo solo porque se había reído de algo que dije.

Saqué los platos principales del cajón calientaplatos y le puse el suyo delante.

—¿Berenjena? —dijo, con las mejillas encendidas—. Siempre ha sido mi favorita. No me puedo creer que tú… —se detuvo, pareció morderse lo que iba a decir. Le sorprendía que recordara su plato favorito y no había querido terminar la frase. Estaba a la defensiva.

—Me alegro de que todavía te guste —dije, ocupando mi sitio y enrollando carbonara en el tenedor.

Dio un bocado pequeño, como si fuera reacia incluso a aceptarlo, no digamos a disfrutarlo. Pero su cara lo delató: las líneas tensas reemplazadas por una laxitud y una calidez, el placer que la inundó al cerrar los ojos y comerse el primer bocado.

—Dios, está increíble —dijo, casi sin querer. Cuando abrió los ojos, pareció azorada, se limpió los labios con la servilleta, se irguió más en la silla y dio otro bocado pequeño aunque saltaba a la vista que se moría por lanzarse a la comida y devorarla.

—Cuéntame cómo montaste tu estudio —dije.

—Terminé las clases. Había estado trabajando a tiempo parcial para Whitney Ballard —hizo una pausa porque esa parte ya la sabía, trabajaba allí cuando estábamos juntos—.

Fue una gran mentora para mí, y cuando estuve lista para arrancar por mi cuenta, así, literalmente trabajando desde mi piso, desde mi ordenador, Whitney me mandó un par de clientes, gente que sabía que apreciaría mi estilo.

—Así que fue ella quien te ayudó a empezar.

—Tuve suerte porque Whitney me ayudó y porque uno de mis primeros clientes, de los que ella me mandó, me contrató para otro trabajo más grande.

Eso me trajo recomendaciones, y al cabo de cosa de un año haciéndolo todo yo sola, cada llamada a proveedores, reservando cada cita, midiendo cada suelo, cada ventana y cada vano de puerta, pude alquilar un local.

Ni de lejos tan bonito como el que tengo ahora, y durante meses solo conté con una asistente a tiempo parcial de una agencia de empleo temporal.

Muchas noches sin dormir y meterle horas, básicamente.

Pero lo conseguí y es mío —dijo con satisfacción.

Luego le pegó un bocado enorme a su berenjena a la parmesana, tan grande que pensé que tendría que desencajarse la mandíbula para comérselo.

Se comió aquel bocado descomunal con una sonrisa—. ¿Y tú? ¿Sigues en pediatría?

—Sí. Ahora tengo consulta privada, pero pasé varios años en África y el Sudeste Asiático con Médicos Sin Fronteras.

—Vaya —dijo—. Eso es increíble. Cuéntame.

—Necesitaba cambiar de aires —dije, escogiendo las palabras con cuidado para que no se diera cuenta de que tenía que ver con la ruptura, con haberla perdido—.

Era completamente distinto a todo lo que había vivido.

La mejor decisión que tomé en mi vida, de verdad.

Había un pueblo en Sudán del Sur. Era el segundo sitio al que me destinaron, y para entonces ya me sentía menos pez fuera del agua.

Trabajaba en iniciativas de prevención de la malaria, y era de locos ver el impacto de esa enfermedad.

O sea, lo lees, te memorizas las estadísticas y los tratamientos, y conoces los obstáculos para implementar medidas de prevención.

Pero hasta que no lo ves con tus propios ojos… —dejé la frase en el aire.

—Tuvo que ser muy impactante —dijo—. Sé que las mosquiteras, esas cosas que se ponen sobre las camas, se supone que ayudan.

—Sí, las mosquiteras tratadas con insecticida son eficaces, porque los mosquitos están más activos desde el atardecer hasta el amanecer.

Pero eso si consigues que la gente se quede bajo la mosquitera cuando está acostumbrada a hacer mucha vida fuera, y no solo las tareas del día, sino que la vida social tiene lugar al aire libre por la tarde-noche.

Imagínate que alguien te dice: Leah, tienes que volver a casa antes de que se ponga el sol y sentarte en la cama hasta las siete de la mañana.

Pero no tienes aparatos ni siquiera electricidad. Quédate ahí sentada por tu salud.

—No lo haría. A lo mejor lo intentaba un par de veces, pero si no pudiera trabajar con el portátil, ni leer en el móvil, ni siquiera encender una luz, olvídate.

—Exacto. Para la mayoría de la gente el riesgo merece la pena, y es tristísimo, pero se da por hecho sin más que la gente, sobre todo los críos, va a morir de malaria continuamente.

No me lo podía creer mi primera semana allí, la cantidad pura y dura de niños enfermos que ni siquiera podíamos tratar.

Estaba demasiado avanzada, o no teníamos todavía un suministro de sangre seguro para las transfusiones.

—Pero marcaste la diferencia. Salvaste a gente, salvaste a niños.

—Hicieron falta meses para sacar adelante un programa de prevención decente.

Conseguimos insecticidas que podíamos pulverizar dentro de las viviendas.

No eran casas como las que nos imaginamos nosotros, más bien un refugio improvisado, una sola habitación, suelo de tierra, todos duermen en una esterilla si la tienen o directamente en el suelo.

Pusimos en marcha un sistema de fármaco preventivo para las embarazadas y los niños pequeños durante los peores meses de infección, y nos las apañamos para amañar nuestro único generador para alimentar una neverita lo bastante buena para almacenar vacunas y la poca sangre que teníamos.

—¿Por qué tuvisteis que amañarlo?

—Porque no teníamos autorización para electrodomésticos.

El generador era solo para las luces y para hacer funcionar un portátil en la tienda médica.

O sea, ni agua caliente, ni cargar el móvil.

Un par de críos de aquel pueblo sabían cómo sacarle más potencia al generador, lo justo para una cosa más.

En este caso, la neverita que yo había traído del campamento base donde estuve destinado al principio.

Esos adolescentes habían trasteado con material de desguace, cosas que los grupos de ayuda o lo que fuera habían dejado abandonadas, y habían descubierto cómo funcionaban.

Cableado eléctrico, placas de circuitos, había una chica allí, de unos catorce o quince años, que podía arreglar cualquier cosa, incluida la transmisión de nuestro todoterreno.

—Eso es increíble, y muy triste, porque no puede tener una buena educación en su situación, solo por el azar de dónde nació. —Leah tenía el ceño fruncido.

—Está en Northwestern estudiando ingeniería biomédica.

Va por segundo año. Junto a otros cuantos críos de aquel sitio.

Sus padres le dieron permiso para seguir estudiando, y yo la patrociné.

Tuve que crear un fondo fiduciario, y mi prima Hannah lleva el programa.

Era mejor tener a una mujer al frente, porque, en la superficie, si no parecía que estaba comprando adolescentes sudaneses.

—¿Qué? ¿Como tráfico de personas? Nadie sospecharía eso de ti. Estabas allí con una organización médica intentando salvar a la gente —dijo, acalorada—. Quien pensara otra cosa tendría una mente enferma. Eso no tiene nada que ver contigo. Es repugnante que la gente siquiera lo piense.

—Sí, lo es, pero también hay normativas según las cuales los cooperantes no pueden fraternizar con los pacientes ni darles regalos ni dinero.

Es una cuestión de responsabilidad legal y, francamente, hay gente que abusaría de ello.

No la gente sudanesa nativa, sino los de fuera con dinero y poder que harían movidas turbias.

Esas normas existen por una buena razón.

Hizo falta mucho enredo legal para sacarlo adelante.

Por eso metí a Hannah, que es de derecho internacional.

—Eso es fenomenal —dijo—, que encontraras una manera de ayudar a esa chica y a algunos otros, y que tuvieras los recursos para hacerlo realidad.

—Sé la suerte que tengo, y estaba en mi mano hacer una pequeña cosa del lado del bien. No cambia nada en el cuadro general, ese abismo que hay entre las naciones más ricas y las más pobres. Pero a esos críos les ayuda.

Dio un trago de vino y me miró, largo y serio.

—Me encantaba trabajar allí. Me sentía útil y marcaba una diferencia que podía ver.

—¿Por qué volviste a California?

—Me encantó mi etapa allí, pero supongo que decidí que era hora de dejar de huir.

En cuanto me salieron las palabras de la boca, me di cuenta de lo que había dicho. Que había enseñado mis cartas, había aludido al motivo por el que me fui del continente entero para empezar. Cerró los ojos un instante cuando lo asimiló y luego apartó la mirada.