Capítulo 7
LEAH
Le limpié la boca a Ella para quitarle la mota de pasta de dientes azul brillante de la comisura de los labios.
Se removió para escaparse de mí, y le hice cosquillas.
Luego la cogí en brazos y le di un buen achuchón.
Adoraba las mañanas con mi Ella, los días en que la llevaba yo misma al cole.
Me aseguraba de hacerlo al menos dos veces por semana, y le daba un ritmo especial a nuestro día.
Los mimos en su cama antes de que se levantara, el poder sentarme a tomarme el café y saborear sus travesuras y su bigote de leche durante el desayuno sin salir corriendo al trabajo.
—Cuando tengas los zapatos puestos, podemos echar una ronda de tres en raya si quieres —le dije. Bajó de un salto al instante y corrió al estante a por los zapatos. En segundos volvió dando brincos hacia mí, con las zapatillas moradas en las manos como si fueran patas. Me miró con picardía.
—¿Quién es este cachorrito travieso que tiene los zapatos de mi hija?
¡Tienes que devolvérmelos ahora mismo! —bromeé.
Soltó una risita y echó a correr. La perseguí dos veces alrededor de la mesa.
Cuando la atrapé, me dio zarpazos con las zapatillas moradas mientras yo fingía estar aterrada y apartaba la cabeza—.
¡No! ¡No me manches el vestido de barro!
—No soy un cachorrito de verdad. Soy yo —dijo, muy seria, y tuve que esforzarme por no reírme. Cuando se ponía tan solemne y literal y enunciaba lo obvio, era adorable, pero sabía que se ofendería si me reía de gusto. Asentí con la mayor seriedad que pude y me dejé caer en una silla de la cocina.
—Menos mal. No quería ir a una reunión luego con huellas de barro en la camiseta —le dije—. ¿Necesitas ayuda con esos zapatos?
Negó con la cabeza, la señorita Independencia.
Sonreí con cierta tristeza. Por más complicado que hubiera sido cuando era una cría dependiente que quería que mamá la cogiera, la llevara en brazos, le hiciera todo, una parte de mí también lo echaba de menos.
Se sentó en el suelo y se puso los zapatos, abrochó las tiras de velcro y se levantó con los brazos abiertos, como diciendo «¡tachán!
». Le choqué los cinco y le metí la comida en la mochila.
Cuando llegamos al cole, le tendí la mano y entramos al edificio cogidas de la mano.
En la puerta de su clase, Ella me sonrió y señaló.
Su maestra, la señorita Wren, estaba agachada junto a un niño que sorbía por la nariz, intentando dejar de llorar.
Sentí una oleada de alivio al pensar que Ella no era de llorar por el cole. No sé qué habría hecho yo.
Ella colgó la mochila en su casillero y movió el imán con su nombre al círculo marcado «Fiambrera» en la pizarra.
Luego vino corriendo hacia mí y me llevó a ver su proyecto de arte.
Colgado en el tablón de anuncios con los demás estaba su árbol otoñal de cartulina con hojas de colores pegadas a las ramas torcidas.
Se notaba que los niños habían intentado recortar por las líneas, pero las hojas eran un desastre.
La de Ella estaba en un punto intermedio entre los extremos, con una de las hojas de papel pareciendo una hoja de verdad y las demás irregulares y cuadradotas donde se había dado prisa por terminar.
—Es precioso. Cuéntame.
—Esta, esta roja es la mejor, pero la amarilla es mi favorita porque es amarilla.
La estuvimos haciendo el viernes minutos y minutos.
¡Tardamos un montonazo! Teníamos recreo pero antes había que entregarla, así que yo terminé zas-pum, rapidísimo —dijo, confirmando mi sospecha de que se había dado prisa como cualquier niño al que le dicen que termine antes de salir a jugar.
—Este fin de semana, ¿qué te parece si vamos al sitio de arte? —sugerí.
Se le iluminaron los ojos. Le encantaba el estudio de arte que había descubierto por internet. Tenían clases los sábados para niños donde podían pintar sobre lienzos y mancharse. Asintió con energía.
—Pues hacemos eso. ¿Igual montamos un Día de Mamá y Ella con ello? —propuse.
—¡Podemos pintarnos las uñas, y yo puedo ser la señora de los pintalabios y arreglarte los pintalabios!
Sonreí de oreja a oreja. Iba a maquillarme. Muchísimo. Sería un desastre que requeriría medio paquete de toallitas húmedas y una ducha para quitármelo.
—Vale, pero solo si montamos una fiesta de baile mientras hacemos galletas —contesté.
—Trato hecho —dijo, dándome la mano para demostrar su sinceridad. La estreché entre mis brazos y le besé la cabeza.
—Que tengas un buen día, cariño. La tía Lana vendrá a recogerte. Hoy salgo tarde.
—Lo sé, mami —dijo, alegre—. ¡Buena suerte!
—Gracias —dije, sonriéndole al marcharme.
Durante un descanso antes de mi siguiente cita, decidí dejarle un mensaje a Cody. Eché un vistazo a mi lista de puntos bien ordenada para calmarme el corazón desbocado.
• Concepto prelim.
• Reenv. tablero de Pinterest
• 3 paletas para elegir
• Mensajero a la oficina para aprobación
Segura del contenido de mi mensaje, marqué el número. En lugar de su buzón de voz, me encontré con un «hola» de verdad. Me dio un vuelco el corazón, un instante sin aliento en que su voz grave, tan familiar, me recorrió el cuerpo con la fuerza de un terremoto.
—Hola —dije—, soy Leah. Llamaba para dejarte un mensaje con las ideas preliminares para tu proyecto.
—Hola —dijo. Noté que una sonrisa boba se me extendía por la boca y me llevé los dedos a los labios, avergonzada aunque no pudiera verme.
—He trabajado en unos conceptos para una primera ronda. Puedo reenviarte el tablero de Pinterest y mandar las paletas de colores a tu oficina con un mensajero si quieres, o podemos concertar una reunión si lo prefieres.
—Vente esta tarde a casa sin más. Pillo algo para llevar y repasamos las ideas, vemos cómo quedaría en la casa —dijo.
El pánico y la emoción se peleaban a puñetazos en mi pecho.
No tenía nada de raro comer con un cliente y comentar posibilidades, sobre todo en las primeras fases de toma de decisiones.
¿Por qué tenía entonces la sensación de que iba a tambalearme en la silla y acabar en el suelo?
—Vale —dije, tras un titubeo que se alargó demasiado.
—Solo es una reunión de trabajo, Leah —dijo para tranquilizarme.
Como si oírle decir mi nombre hiciera algo más que desatarme un frenesí de chispas por dentro.
No tenía ningún derecho a pronunciar mi nombre así, como si me perteneciera, pensé de forma irracional.
Yo era dueña de mí misma, me había hecho sola y era una maldita buena interiorista.
No había razón para sentirme intimidada por una cena de trabajo para hablar de un diseño.
Era de lo más normal. Corriente. Nada de qué preocuparse, me dije, igual que tranquilizaría a Ella si tuviera miedo de tirarse a la piscina o de soltarse del borde en una pista de hielo.
Lástima que mis angustias no fueran tan simples ni tan fáciles de calmar como las de una niña.
El resto del día pasó zumbando entre una serie de reuniones, llamadas y una visita para volver a medir una propiedad porque el proveedor de las cortinas se había equivocado.
Para cuando entré en mi camino de entrada, tenía los nervios crispados.
Todo el día había tenido en el fondo de la mente que iba a ver a Cody, a comer con él, a hablar con él.
A oírle decir mi nombre con su voz, quizá reírse de la forma que tanto me gustaba.
No. Nada de risas. Profesional, me dije, una reunión informal con comida para llevar.
Una vez quedé con Catherine Wurlitzer en una pizzería para cerrar la paleta de colores de sus oficinas, y había estado en un montón de sitios de sushi para reunirme con clientes, pero lo más habitual era que nos viéramos en el espacio que estaba rediseñando, porque tenía todo el sentido. Igual que esto. Iba bien, me dije.
Después de revisar la carpeta de Ella y de poner en la nevera el calendario de meriendas de su clase para el mes, fui a ducharme y a cambiarme para la reunión.
Me recogí el pelo en una coleta y me puse los vaqueros y las botas.
Me quedé en el vestidor mirando mis tops.
Una blusa planchada: demasiado rígida. Una camiseta: demasiado informal.
Mi top azul con nudo delantero enseñaba demasiado escote a mi parecer, ese parecer según el cual cualquier asomo de escote es demasiado.
¿Una camiseta de tirantes y mi rebeca rosa palo?
No. Las rebecas me recuerdan a las bibliotecarias, no a gente creativa como las interioristas.
Me puse un jersey ligero, una mezcla de algodón y lino color lavanda que me había comprado hacía un par de años.
Listo. Iba vestida de forma apropiada, nada sugerente, ni demasiado de nada.
Le di un beso a Ella, que estaba sentada a la mesa pinchando con recelo sus judías verdes.
—Bébete la leche —dije. Asintió y me miró.
—Te estoy haciendo los pintalabios. Soy tu señora de los pintalabios —dijo, y saltó de la silla. Estuve a punto de detenerla, pero lo dejé estar y me encogí de hombros mirando a Lana.
—No va a comerse esas judías ni de coña. Lo he intentado, te lo juro por Dios —dijo, derrotada.
—No tienes que hacer cosas que odias solo porque crees que son sanas para ella. Come verduras de sobra, aunque no vuelva a ver una judía verde en su vida. Te lo prometo.
—Gracias —dijo—. ¿Reunión?
—Sí. Vamos a repasar la estética preliminar y a mirar las posibilidades de la paleta de colores. Esta es la que me gusta —dije, enseñándosela en el móvil—. En una pantalla no se ve tan bien el color, pero en persona es más azul que verde.
—Tiene buena pinta —dijo. Por su sonrisa, esa tan pícara, supe que sabía lo que no estaba diciendo, que era quién era el cliente—. Nos vemos por la mañana.
—No lo digas así. Vuelvo a casa esta noche —protesté—, es por trabajo.
—Ve a impresionarlo —dijo.
Ella volvió con dos de mis pintalabios en las manos y me hizo elegir uno.
Opté por el de aspecto más natural y dejé que me pusiera un poquito en el labio de abajo.
Lo extendí con el dedo, limpié el borde con un pañuelo y ella sonrió satisfecha.
Le di las gracias, le besé la cabeza y le apreté los hombros.
No me podía creer que fuera a cenar en casa de su padre.
Ella no tenía ni idea. Ninguno de los dos la tenía, el uno del otro.
El peso de esa responsabilidad, de ese secreto, me oprimía mientras le daba un abrazo de más antes de salir.
En el ocaso que se cerraba, su casa seguía siendo preciosa. El paisajismo con su iluminación de acento, su sutileza atrayendo la mirada hacia la línea amplia y elegante del porche, la anchura mediterránea de la estructura, cálida y acogedora. Subí deprisa hasta la puerta y llamé al timbre.