Capítulo 3
LEAH
Trabajé sin parar durante la comida puliendo los últimos detalles de una reforma.
Hacía varias semanas que había conseguido un cliente de altísimo nivel y quería entregarle hoy la maqueta y la presentación para que las aprobara.
Nos habíamos reunido un par de veces e intercambiado correos, y yo había repasado a fondo sus tableros de Pinterest, además de las fotos que me había mandado de sus vacaciones, de su decoración navideña tradicional e incluso de su invitación de boda.
Tenía una idea clara de su estética y sabía que estarían encantados con mis planes.
Todo debía quedar perfecto antes de enviarlo, y lo estaba revisando otra vez cuando Trisha me llamó por el interfono.
—Voy a llamar al cliente nuevo para concertar una hora. ¿El viernes a las diez te va bien?
—Intenta cerrarlo para hoy. Voy a entregar esta reforma antes de plazo, así que me queda un rato libre al final del día. ¿Puedes mirar si pueden recibirme en su casa sobre las cinco?
—Por supuesto —dijo.
Minutos después, sonó por el interfono y me dio la dirección.
—¿A las cuatro y media en punto te va bien?
—Perfecto, gracias —dije.
Justo antes de irme, marqué el número de Lana.
—Oye, hoy voy a llegar tarde. Cliente nuevo, y he quedado a las cuatro y media. Le hago un FaceTime a la pajarita cuando vaya de camino a casa.
—No hay problema. Entonces nos pasamos por la biblioteca a la hora del cuento. Seguro que te lo representa entero cuando llegues a casa.
—Cuento con ello —dije—. Gracias.
Me detuve a mirar la foto de mi dulce pajarita, que era como la llamaba de bebé, cuando se emocionaba y abría la boca de par en par como un pajarito pidiendo el biberón.
En la imagen que usaba de fondo de pantalla, intentaba enseñarme que se le movía un diente —cosa que no era cierta— y se reía con ese brillo en los ojos.
Sentí el familiar apretón en el pecho de un amor avasallador.
Estaba más agradecida de ser su mamá de lo que ella podría llegar a imaginar.
En el coche tecleé la dirección de C. Johnson y, al meterla en el GPS, vi que correspondía a una exclusiva urbanización cerrada de Hollywood Hills. El señor o la señora Johnson tenía dinero de sobra para respaldar mi buen gusto, pensé con una sonrisa.
Cuando logré sortear el tráfico hasta llegar a las calles más anchas, con sus exuberantes floraciones flanqueando las verjas, busqué con atención la que me interesaba.
A las 16:28 aparqué frente a una casa preciosa, grande y de proporciones magníficas.
Tomé unas notas mentales sobre el estilo y las posibles paletas de color que realzaran la simetría y la arquitectura italianizante, todo en cremas dorados y cálidos y terracota, con una cascada de buganvilla color frambuesa cayendo de las jardineras que flanqueaban la escalinata.
Cogí mis paneles de tejidos y, de forma automática, compartí mi ubicación con Trisha y con Lana, el gesto instintivo de seguridad de una emprendedora que va a casa de clientes, aprendido a lo largo de años de experiencia.
Mientras subía los anchos y bajos peldaños, admiré cada detalle del lugar. Esto iba a ser divertidísimo para mí.
Llamé al timbre, puntual y entusiasmada. En cuestión de segundos, la preciosa puerta de madera tallada se abrió.
Mierda.
Johnson era un apellido muy corriente. No había manera, joder, de que el mundo fuera tan pequeño. Tuve que sostenerme; todo se me balanceaba y se movía bajo los pies. Dejé caer los paneles de tejido con estrépito y me agarré al marco de la puerta para no caerme del maldito porche.
Se me secó la boca por completo y se me cerró la garganta. No sabía qué pensar, ni qué hacer, ni qué decir. Toda la seguridad y la confianza que había construido durante años se hicieron añicos en el porche, junto con mis cosas de diseño. Tenía los ojos clavados en él.
Devoraba su imagen con avidez, y de pronto todo me ardía: los ojos, la piel, abrasados, en carne viva, con unas ganas terribles de salir corriendo. Pero se impuso el impulso de aguantar el tipo, de fingirme indiferente, como quien saluda a un viejo conocido y sigue a lo suyo.
Era un poco tarde para hacerme la despreocupada, la verdad: se me habían caído las cosas, me había aferrado al marco de la puerta y seguramente tenía la boca abierta de la impresión.
Respiré despacio, a conciencia, solté el marco, enderecé los hombros y le tendí la mano.
—Señor Johnson —dije, demasiado formal. Demasiado formal para saludar a un hombre cuya cara había cabalgado en su día. Demasiado formal para un hombre más sexy que nunca, si eso era posible, y mucho menos afectado que yo por aquel encuentro repentino—. No tenía ni idea de que eras tú.
Él sí parecía atónito, pero no andaba dando tumbos como un idiota fulminado por un rayo, y no pude evitar guardarle rencor por ello. Me bullía tal confusión de sentimientos que no sabía por dónde empezar. Me agaché a recoger el panel de inspiración y los de tejidos, y me incorporé sin tambalearme.
—Yo tampoco tenía ni idea de que eras tú. Pero ya estás aquí, y a esta hora el tráfico de vuelta al centro va a ser un infierno. Más vale que pases.
Cody abrió más la puerta y se hizo a un lado para dejarme entrar.
Asentí, dando mi conformidad, sin saber cómo reaccionar ante las primeras palabras que me dirigía después de seis años.
Decidí no reaccionar en absoluto, comportarme como si todo aquello fuera perfectamente normal.
No era raro entrar en casa de un cliente y hablar del espacio y de lo que quería hacer con él.
No era raro sentir rabia, nostalgia, sorpresa y calentón a la vez durante una consulta de decoración, ¿verdad?
No tenía nada de extraño notar un aleteo en el pecho y en la garganta, el martilleo del pulso acelerándose por su cercanía y una confusa conciencia de las yemas de mis dedos, mis labios, mis pezones endurecidos en puntas, tirantes e incómodos bajo la blusa.
Al cruzar el umbral del porche hasta el reluciente suelo de madera color miel del vestíbulo vacío, fue como atravesar un portal hacia otro mundo, hacia otra posibilidad: la de que nada hubiera salido espantosamente mal.
Me envolvió una sensación irreal, como de caminar dentro de un sueño.
Era demasiado tarde para intentar comportarme con normalidad.