Capítulo 2
CODY
Me quité de una patada las zapatillas de correr, hechas polvo.
Los cinco kilómetros no me habían despejado la cabeza, pero tenía que ducharme antes de ir a trabajar.
Al cruzar el salón, todo suelo de madera, paredes blancas desnudas y techo altísimo con claraboyas, habría jurado que oía el eco de mis pasos en el vacío.
Me preguntaba qué demonios me había hecho pensar que comprar un sitio tan grande era buena idea viviendo solo.
Mi casa era un espacio enorme, casi cavernoso, y no había hecho nada para darle un toque personal en el año y medio que llevaba viviendo allí.
Lo único que había colgado en la pared era el gancho de las llaves, y era un gancho extraíble con adhesivo en la parte de atrás, de los provisionales.
Tenía que dejar de vivir como si estuviera en la universidad.
Como si fuera a largarme de un momento a otro.
Por alguna razón, cuando había tomado grandes decisiones sobre mi vida y mi futuro, nunca había llegado a comprometerme a la hora de arreglar mi casa.
Había conseguido un buen precio por la casa y la había pagado al contado.
Estaba lejos del tráfico del centro, pero a un trayecto corto en coche de mi consulta.
Tenía espacio exterior, espacio que había pensado usar para, no sé, ¿una familia imaginaria?
Me habían gustado la chimenea de exterior empotrada y la idea de tener invitados.
De momento solo me había comprado una silla Adirondack que aguardaba junto a la chimenea sin usar con un aire bastante desolado.
Salí ahí unas cuantas veces, vi ponerse el sol, me tomé una cerveza.
Como el resto de la casa, esperaba a que yo moviera el culo y la hiciera mía.
No pasaba mucho tiempo en casa, porque tenía una consulta de pediatría próspera e iba al gimnasio casi todas las tardes después del trabajo.
Por otro lado, si la arreglaba, seguramente pasaría más tiempo en ella.
Si no fuera tan deprimente entrar en una habitación vacía, en una casa con muchísimo más espacio del que un solo hombre puede llenar.
Cuando compré la casa, supongo que tenía delirios de grandeza.
Quizá fue el último resquicio de optimismo que me quedaba dentro.
Casi me había imaginado con una familia, llenando las habitaciones de una esposa e hijos, tal vez un perro escandaloso y peludo que de vez en cuando dejara huellas de barro en los suelos de madera.
Me había quedado de pie en el enorme baño principal imaginándome perseguir con una toalla a un crío travieso que reía e intentaba escapar para que no lo secara después del baño.
Lo que no imaginé fue que sería dueño de una bañera grande, encastrada y con chorros de hidromasaje que jamás había usado.
La ducha era más rápida, y yo siempre andaba liado.
Con la suerte de tener un espacio grande en Los Ángeles, donde tanto el interior como el exterior valían oro, sabía que tenía que afrontar el hecho de que necesitaba aprovechar lo que tenía.
Contrataría a un diseñador y, o bien convertirían la casa en un hogar acorde a mi estilo de vida y mi gusto, o la dejarían como algo que pudiera vender con beneficio si tenía las agallas de reconocer que me había rendido.
Lo de la familia… ese tren ya había pasado para mí.
Le metí algo más de espirulina al batido con la batidora y me tragué el maldito brebaje lo más rápido que pude.
Bebía mucha agua. Hacía yoga. Corría y me tomaba un batido cargado de proteína, verduras de hoja y toda clase de mierdas nutritivas que sabían a engrudo de empapelar.
Mi consulta médica iba viento en popa. Tenía buenos amigos, seguridad económica.
Me daba rabia conmigo mismo por no ser más feliz teniendo en cuenta todo lo que debía agradecerle a la vida.
Para cuando llegué a mi consulta, situada a las afueras del frenético centro, estaba listo para afrontar el día.
La aplicación de mi agenda mostraba una jornada llena de pacientes uno detrás de otro, algunos casos agudos y bastantes revisiones de niño sano y citas de seguimiento.
Una vez aparcado, me tomé unos minutos para estar quieto y respirar hondo.
Puede que ahora viviera la gran vida, tratando los mocos y los rasguños de la clase privilegiada.
Pero mi cuerpo recordaba mi paso por Libia.
Hacían falta una respiración profunda y deliberada y una relajación consciente para soltar la tensión.
Veía el paisajismo exquisito, los amplios y elegantes ventanales de mi consulta, pero el pulso me latía al ritmo de mi pasado, una tienda de campaña a miles de kilómetros, demasiado vívida en el recuerdo.
No había sido una zona de guerra. Eso me habían asegurado.
Nadie les dijo a las bandas que atacaban a los migrantes con sus subfusiles que aquello debía ser un campamento humanitario y pacífico.
Lo de más riesgo a lo que me enfrentaba ahora no era más que la prepotencia desmedida de los padres ricos que sobreprotegían a mis pacientes.
Los niños, en su mayoría, eran geniales; los padres iban más bien al cincuenta por ciento, o completamente ensimismados o exigentes y maleducados.
Cuanto más tiempo pasaba tratando a niños, menos me gustaba estar rodeado de otros adultos, a decir verdad.
Pero, criado como me crie, sabía lidiar con esa gente mejor que la mayoría.
Me criaron personas así, más pendientes de su estatus social y del menor amago de subida del impuesto sobre plusvalías que de sus propios hijos.
Uno por uno, fui tratando a mis pacientes.
Primero, el niño de cinco años con el dedo dislocado cuya niñera insistió en grabar toda la cita para que los padres pudieran verla luego por si tenían alguna pregunta.
Levi se portó como un campeón, pero la niñera estaba nerviosa, lo cual me indicaba que los padres la culparían a ella de que el crío se pillara el dedo en un cajón.
Le di una bolsa de hielo reutilizable con forma de creeper de Minecraft y le dije que se la pusiera quince minutos en la parte de la mano que le dolía.
La niñera lo ayudó a poner un temporizador en el móvil, para que supiera cuándo quitársela, y a continuación lo dirigió a la aplicación de aprendizaje de idiomas donde tenía que practicar la pronunciación del chino mandarín.
Mi siguiente cita eran unas gemelas de nueve años que parecían haber pillado el impétigo de «los hijos del jardinero».
—¿Estabais jugando fuera? —les pregunté.
—Fuimos a la fiesta de cumpleaños de Lupita en el parque. ¡Había un montón de chuches y de cupcakes! —dijo Alexis, radiante.
—Creen que nos salió un sarpullido porque eran niños pobres —dijo Allison muy seria.
—Bueno, no podemos saber con certeza dónde os habéis contagiado, solo que es muy común y se transmite por contacto con personas infectadas o con objetos que hayan tocado, como los juguetes. ¿Alguien de la fiesta tenía sarpullido? —pregunté.
—No —respondieron al unísono. La madre intentaba fruncir el ceño, pero el Botox no le permitía más que un ligero gesto.
—Que sepamos. Desde luego, no les habría permitido ir a la fiesta de haber sabido que pasaría esto.
—Es una bacteria del tipo estreptococo. Les daré antibióticos y una crema para ponerse en las ampollas. Eso debería despejarlo en un par de días. De verdad que no es nada de lo que preocuparse.
—¿Nada de lo que preocuparse? Doctor, ¡es un sarpullido asqueroso alrededor de la boca!
—exclamó, horrorizada—. Voy a tener que mantenerlas en casa hasta que se les quite.
Si no, su entrenador de natación, que compartimos con los Rochester, verá lo que ha pasado y enseguida lo sabrán todos los vecinos.
—Seguramente los hijos de los vecinos se ponen enfermos de vez en cuando —dije, tratando de tranquilizarla—. Esto es normal y no habrá complicaciones duraderas. Chicas, nada de hurgaros ni rascaros la cara. No queremos que queden cicatrices —las advertí. La madre soltó un grito ahogado audible.
—¿Cicatrices?
—Las he avisado para que sepan que no deben tocarse las ampollas. Si las mantiene cubiertas con la crema, debería ir bien.
—Pediré cita con el cirujano plástico para la semana que viene por si acaso. No quiero que vayan por la vida desfiguradas —dijo—. ¿Hace falta que contratemos a una enfermera para estos próximos días?
—Estoy seguro de que podrá apañárselas. Le pediré a mi enfermera que se lo explique y se asegure de que conoce el protocolo.
—Si está usted seguro —dijo a regañadientes. ¿Llamar a una enfermera a domicilio por un impétigo? Conseguí no negar con la cabeza, incrédulo.
Para cuando llegué a mi quinta cita, me alegré de ver a Blaze. Era uno de mis pacientes favoritos, y me encantaba que viniera a sus revisiones de niño sano para ver lo grande que estaba y qué le interesaba ahora.
—¿Cómo está mi grandullón? —dije al entrar en la consulta.
Sus grandes ojos oscuros se iluminaron al sonreír. El crío tenía una sonrisa de las que quitan el hipo, y se la devolví.
—Ha estado expuesto a la gripe de tipo A. Necesita una prueba con bastoncillo y una receta de Tamiflu, además de dosis preventivas para toda la familia. La señora Holloway fue muy específica en que solicitara el tratamiento profiláctico —dijo su niñera, tajante.
—De acuerdo —dije afablemente—, ¿hace cuánto que estuvo expuesto? ¿Algún síntoma?
—Ayer otro niño se fue enfermo del colegio, y nos informaron por mensaje de que había dado positivo en gripe de tipo A. Obviamente, Blaze tenía puesta la vacuna de la gripe, pero ahora ha estado expuesto al virus.
—Según mis notas, hace unas ocho semanas de su vacuna de la gripe, así que debería estar cubierto. Puede que le dé una versión leve, pero es poco probable que sea grave o de larga duración. ¿Cómo te encuentras?
—Estoy bien. Me estoy perdiendo Educación Física, y es el día de balón prisionero.
—¿Te gusta el balón prisionero? Yo siempre fui muy rápido corriendo, pero no chutaba muy lejos.
—Sí, yo soy rápido —dijo con una sonrisa.
—Veo que has perdido uno de esos dientes de delante. Seguro que sales genial en la foto del cole.
—Vamos a repetir las fotos cuando me salgan los dientes. Papá dice que con el diente que me falta parezco un paleto —dijo riéndose.
La niñera lo miró de reojo, severa, pero yo me reí.
—Bueno, dicho así… —dije con una risita.
—El ratoncito Pérez me dejó cinco dólares enteros. Los metí en mi cajón. Uy, no debía contar eso. Es un secreto —dijo.
—No pasa nada, no se lo diré a nadie.
—¿Y no me los vas a robar? —preguntó, lanzándome una mirada suspicaz. Negué con la cabeza.
—Tampoco te los voy a robar —prometí.
—Blaze, sé respetuoso. Uno no acusa de ladrón a su médico.
Te aseguro que gana más de cinco dólares atendiendo pacientes —la niñera parecía espantada.
No me gustaba su nueva niñera, la verdad.
La anterior era cariñosa y divertida, pero, a los setenta, se jubiló.
La actual era demasiado severa con él, por lo que había visto.
Sería una pena convertirlo en un caballerito estirado demasiado pronto.
—Era una broma —le dije con aire entendido—, y no hay razón para hacerle la prueba de la gripe a estas alturas.
La exposición es demasiado reciente para que dé en un test. Si desarrolla síntomas, avíseme y lo atendemos enseguida.
Incluso le dejaré una receta de Tamiflu reservada en la farmacia por si acaso.
—Muy bien —dijo, con cara de disgusto, y se llevó al niño—. Se lo comunicaré a la señora Holloway.
La señora Holloway era la madre de Blaze y, como muchos de los padres con los que trataba, era difícil.
Mientras recordara que hacía esto por niños como él, no fantasearía con actualizarme las vacunas y desempolvar el pasaporte para reincorporarme a Médicos Sin Fronteras.
En las selvas y los desiertos, en los pueblos pequeños, todo había parecido más claro, más centrado en lo importante y no en las exigencias mezquinas de gente acostumbrada a salirse con la suya.
Gente que esperaba poder ordenarle a un pediatra que recetara Tamiflu innecesario para toda la familia con tal de ahorrarse la pequeña molestia de tener que dar primero positivo en gripe, como el resto de la población. Puse los ojos en blanco.
Linda asomó la cabeza por la consulta. Mi enfermera claramente se preguntaba por qué me entretenía en la sala vacía.
—¿Qué pasa?
—Solo me tomo un segundo para respirar —dije.
—Oye, al menos era la niñera y no la madre —dijo—. Esa mujer…
Me reí.
—Vale, ¿quién es el siguiente? —pregunté.
—Un niño con una astilla. Adivino que del clavicordio antiguo de la abuela que perteneció a Napoleón —bromeó.
—¿Napoleón? ¿Ese advenedizo? Jamás —bromeé—. Tiene que ser el clavicordio de Da Vinci, que llevaba en la familia al menos un siglo antes de su nacimiento. Si no, es de mal gusto.
—Intentaré recordarlo cuando vaya a comprar antigüedades —dijo Linda—. ¿Ya has llamado a la decoradora de la que te hablé?
—No me digas que te liaron para comprar un clavicordio —la piqué.
—Hablo en serio. Es buenísima. Está muy ocupada, así que igual tienes que esperar un tiempo para conseguir cita.
—Le dejé un mensaje esta mañana. Me llamarán para concertar una.