Volver a Amar al Padre de Mi Bebé
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Capítulo 1
LEAH
—¡Hoy estás muy inquieta! —dije entre risas mientras Ella se removía en la silla y yo le terminaba la trenza.
—Lo sé, mami, ¡pero el caballo necesita su medicina! —dijo muy seria—. Tengo que dársela ya, y no para de girar la cabeza así… —giró la cabeza para demostrarlo mientras yo intentaba sujetarle la trenza, y negué con la mía.
—La que no para de girar la cabeza eres tú.
—Lo sé, mami, es por el caballo. Para ayudarlo.
—Vale, doctora Ella, ya está. Ya puedes pelearte con tu caballo y darle las vitaminas.
—No son vitaminas —dijo, adorablemente exasperada—, es medicina. Tiene mucha fiebre, y no quiere la medicina asquerosa, ¡pero yo se la haré tomar, no te preocupes!
—Estoy segura de que lo harás —dije con cariño—. ¿La veterinaria de caballos tan ocupada quiere mantequilla de cacahuete con mermelada hoy o un wrap de pavo?
—¡Wrap de pavo, por favor! Me gustan las uvas y unas patatas fritas, y si tenemos chuches, quiero chuches.
Sonreí para mis adentros y crucé la mirada con mi hermana.
Compartimos una sonrisa cómplice. Ella iba muy adelantada para su edad: cinco años y ya hablaba por los codos, entusiasta, lista y sin miedo a nada.
Su maestra de parvulario me había dicho durante el primer mes que era la única niña de la clase que ya sabía leer.
Me enorgullecía, pero a veces deseaba que siguiera siendo un bebé, dando sus primeros pasitos e inventando nombres tiernos para las cosas.
Hacía mucho que no llamaba «mu-mu» a una vaca, aunque todavía llamaba «chuches» a las gominolas, igual que cuando tenía tres años.
Me encantaba, y esperaba que conservara esa palabra dulce y aniñada el mayor tiempo posible.
—Me aseguraré de que tengas tus chuches, cariño —dije.
—Están en la despensa. Caja nueva —dijo mi hermana.
Lana estaba junto a los fogones, sirviendo los huevos revueltos de Ella en un plato. Le apreté los hombros al pasar a su lado para coger las gominolas de la despensa.
—Eres la mejor. No quiero ni imaginar qué haríamos si no te tuviéramos aquí con nosotras, tía Lanny.
Sonrió, seguramente halagada y pensando que exageraba.
No estaba segura de que llegara a darse cuenta jamás de que yo no habría podido criar a Ella y montar un negocio yo sola.
Sin ella, habría tenido que elegir entre mi carrera y mi hija, y, por supuesto, habría elegido a Ella cada vez.
Pero habría tenido que renunciar al trabajo que me encanta y abandonar mi sueño de montar mi propio estudio de diseño.
Lana hizo posible que yo lo tuviera todo, y por más veces que se lo agradeciera, no acababa de entender el papel tan crucial que tenía en nuestras vidas.
Aun así, se lo recordaba siempre que podía.
Serví el zumo, puse la mantequilla y la mermelada, tosté el pan y lo repartí en los platos.
Nos sentamos juntas a desayunar como Dios manda.
Era una tradición a la que dedicábamos tiempo al menos tres días a la semana y todos los fines de semana.
Sabíamos que la rutina era importante para Ella, y yo intentaba esperar y salir hacia el trabajo después de desayunar en familia.
—Tus huevos son los mejores, tía Lanny —dijo Ella.
—Gracias, cariño —respondió ella.
—Lo digo en serio —dije yo—. No me hagas ponerme sentimental, Lan. Tenemos muchísima suerte de tenerte aquí.
—¿Dónde iba a estar si no?
—¡Estuvieras donde estuvieras, iríamos a buscarte y te traeríamos a casa! —dije, y Ella se rio.
—¡Sí, yo te cargaría! —se rio Ella.
—Mejor me como una tostada de más. Así seré más difícil de secuestrar —bromeó Lana.
—¿Tú estás de broma? ¿No eras la cría a la que mamá siempre tenía que estrecharle los pantalones de la cintura? En mi vida he visto una cinturilla que no se te clavara, y no había manera de que se te aguantaran los vaqueros pitillo… —negué con la cabeza, divertida.
—Leggings. Los pantalones de los dioses —dijo Lana, señalando sus cómodos leggings negros.
—Ya me gustaría. Pero ese es el precio del éxito. Yo tengo que vestir con pantalones de verdad para ir a la oficina.
—Pero, mami, tú eres la jefa. ¿No puedes ponerte lo que quieras?
—Sí y no. Podría ponerme lo que quisiera, pero entonces la gente con la que tengo reuniones para que me dejen diseñar sus casas pensaría que no haría un buen trabajo. Aunque seguiría dándolo todo, la gente te juzga mucho por cómo te ves y por cómo vistes.
—Eso no es justo —dijo Ella muy seria.
—Tienes razón. No es justo. Pero es parte de la marca. Quiero que los clientes miren LT Designs y a todos los que trabajan ahí y piensen: «Vaya, esta es la persona que quiero que me arregle la casa para que quede más bonita».
—¿Y si te pones rojo y a ellos no les gusta el rojo?
—Buena pregunta. ¿Yo me pongo mucho rojo?
—No. ¡Pero yo sí! —dijo, contenta—. A mí me gusta el rojo y el amarillo.
Miré su camiseta roja con margaritas y los leggings amarillos a juego.
—Lo sé, cariño. Y a la tía Lanny le encanta el verde, y a mí el azul, y a tu abuelo le encantaba el naranja.
—Sí, llamábamos a su camioneta el Carro Calabaza porque se la pintó de naranja —añadió Lana.
—No me acordaba de eso desde hacía siglos —dije con una sonrisa triste—. Desde luego, no costaba nada encontrar esa camioneta en un aparcamiento. Era única.
—¿Y qué le gustaba a la abuela?
—A tu abuela le gustaba el blanco. Flores blancas, manteles blancos, pantalones blancos…
—¡Pero solo hasta principios de septiembre! —metió baza Lana. Asentí.
—A la abuela le iban los estilos muy clásicos, y llevaba mucho blanco y colores pastel.
—¿Como los huevos de Pascua?
—Exacto. Rosa y amarillo, azul claro, melocotón. El armario parecía la primavera por dentro —dije.
Lana me apretó la mano.
—Lo sé. Yo también los echo mucho de menos.
—Ojalá pudiera verlos —dijo Ella, frunciendo su frentecita.
—Habrían estado locos por ti —dije—. Sin ninguna duda. Estarías sentada en el regazo del abuelo tocando el claxon del Carro Calabaza, y la abuela te tendría vestida con dulces vestiditos de algodón, en rosa pálido y con un lazo en el pelo.
—Puaj —dijo, solemne—. No me gustan los vestidos ni los lazos. A mí me gusta jugar. No puedo jugar cuando voy de tiquismiquis.
—Te entiendo —dijo Lana—. Por eso me gustan a mí los leggings.
—No te falta razón —convine.
—Yo me la llevo al cole. Tú vete a la oficina —me dijo mi hermana.
—Gracias —dije, llevando los platos al fregadero y aclarándolos.
Le di un beso a Ella y salí.
Cuando llegué a mi oficina, LT Interiors, me invadió la misma oleada de orgullo y seguridad de siempre.
Todo aquello era mío. Lo había levantado desde cero, empezando con un presupuesto ínfimo y trabajando desde mi estudio con mi portátil destartalado y el wifi que le robaba a la cafetería de abajo.
Conseguí dar con mis primeros clientes a través de las redes sociales e hice un par de proyectos a precio de coste, apurando al máximo mi única tarjeta de crédito para vivir mientras me hacía un nombre.
Me fui abriendo paso a base de recomendaciones de boca en boca y convertí unos cuantos seguidores en Pinterest en un perfil de Instagram exitoso para mi negocio.
Al cabo de año y medio, logré alquilar un local y contratar a una asistente.
Mi golpe de suerte fue diseñar el apartamento posdivorcio de una influencer que había empezado en un reality de citas.
El apartamento terminado salió en una revista, y mi carrera despegó.
Ahora cada centímetro de este sitio me llenaba de orgullo.
Era lo que siempre había querido hacer, lo que se me daba bien, y lo mejor de todo era que me permitía darles una buena vida a mi hija y a mi hermana.
Tenía la energía por las nubes y mil ideas para la nueva cuenta que había conseguido.
El verde primaveral y nítido de la pared decorada de mi oficina me hizo sonreír.
Las otras tres paredes eran de un crema neutro y suave con molduras blancas y limpias, y los detalles en dorado mate transmitían determinación, luminosidad, optimismo.
El difusor esparcía una fragancia delicada de hierba limón y té blanco, despierta y de un cítrico marcado pero no demasiado femenina.
Mi hermana y yo habíamos restaurado nosotras mismas el suelo de madera maciza reciclada, y la madera clara lucía un tono cálido de miel frente a la ligereza caprichosa y mullida de mi alfombra de flokati.
Un cuadro que Ella había pintado en preescolar colgaba enmarcado en madera clara en la pared, un remolino vibrante de rojo y amarillo.
Preparé dos tazas de té verde, una para mí y otra para Trisha, mi secretaria. Mientras me sentaba a entrar en el correo, la oí llegar a la oficina.
—Buenos días —canturreó—. Gracias por el té.
—De nada. No tienes que darme las gracias cada mañana.
—Si dejo de darte las gracias, igual dejas de prepararme el té —bromeó—.
He mirado la web de camino, y tenemos varios mensajes del fin de semana y uno ya de esta mañana.
No me ha dado tiempo a programártelos para las nueve y media, después de tu Zoom con la pareja de Escocia, porque pensé que necesitarías más de la media hora que tienes entonces.
—Exacto. Quiero dedicarles toda mi atención. Veremos si nos queda algo libre para más adelante esta semana y entonces lo programas. Gracias —dije.
Lo organicé todo para mi jornada y saqué las muestras y el panel de inspiración de la reforma de la casa rural de vacaciones en Escocia.
Daba igual la cantidad de cuentas que tuviéramos, o que hubiera incorporado a otra diseñadora hacía dos años y a una becaria este año para ayudar con la carga de trabajo.
Seguía emocionándome cada vez que conseguíamos un cliente nuevo.