INJUSTICIA
«Ave María, gratia plena…»
La voz murmuraba en la oscuridad.
Sébastien abrió los ojos. Estaba en la habitación de Margot. El paso había sido instantáneo. Durante un segundo, permaneció inmóvil. Después apoyó la mano sobre la cama. Sus dedos atravesaron la madera. Solo quería comprobarlo.
La habitación estaba sumida en la penumbra. Las brasas moribundas del hogar proyectaban de vez en cuando un resplandor rojizo sobre los muros de piedra. La cama estaba vacía.
«Sancta Maria, Mater Dei…»
El murmullo procedía del fondo de la habitación.
Sébastien se volvió.
Margot estaba allí. De rodillas. En camisón. Las manos juntas ante una pequeña estatuilla de la Virgen encajada en la pared. Rezaba sin descanso. Ave tras Ave.
Siempre las mismas palabras.
Siempre la misma súplica.
Le temblaba la voz.
—Perdonadme…
Inspiró con dificultad.
—Perdonadme por haber faltado…
Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Perdonadme por no haber respetado mi voto…
Por haber posado mis labios sobre… vuestro mensajero.
Sébastien lo comprendió enseguida.
Debía de haberle prometido algo a la Virgen. Una de esas promesas que solo el miedo puede inspirar. Su pureza a cambio de la protección de su padre. Una promesa ofrecida a la Virgen a cambio de la vida del caballero.
Recordaba el sueño, su encuentro, su beso.
Para ella, fuera un sueño o no, no había diferencia.
Había pecado. Una falta cuyo precio podía acabar pagando su padre.
—Perdón…
Se le quebró la voz.
—No lo castiguéis por mi culpa…
Sébastien sintió que se le encogía el corazón.
El miedo debía de haberla arrancado del sueño. ¿Cuánto tiempo llevaba rezando así? ¿Una hora… dos horas… toda la noche?
Margot seguía murmurando sus Ave Marías. Como si toda su energía estuviera ahora dedicada a negociar con la Santísima Virgen. Esperando apaciguar la ira divina.
Junto a la estatuilla, Sébastien observó su rostro.
Los ojos cerrados. El cuerpo anormalmente rígido.
Por eso recuerda el sueño.
No se ha despertado.
Entonces, si es así…
Es posible que pueda verme.
Dudó. Después apoyó la mano sobre la cabeza de la joven.
Inmediatamente, se vio rodeado por una nube negra.
Densa. Compacta.
Una masa de pura angustia.
Vaciló.
El miedo de Margot era casi físico.
Cerró los ojos y resistió.
Cálmate.
Piensa en ella.
Tranquilízala.
Protégela.
Dale seguridad.
Poco a poco, la nube se disipó.
Margot levantó ligeramente la cabeza sin abrir los ojos.
—Sancto Sébastian…
El murmullo era apenas audible.
Sébastien contuvo la respiración.
Lo percibía.
O, al menos, percibía algo de él.
La nube se transformó en una luz blanca.
Una luz que parecía emanar de ella.
A sus ojos, ya no era un hombre, sino una aparición.
Un santo.
Sébastien quiso protestar. Decirle que se equivocaba.
Pero comprendió enseguida que no serviría de nada.
El miedo de Margot era demasiado profundo. Y su fe estaba demasiado arraigada. Así que, resignado, asintió. Y apoyó la mano sobre su hombro.
Margot rompió a llorar.
Lágrimas de alivio. Toda la tensión acumulada durante la noche acababa de abandonar de repente su cuerpo. La nube de luz blanca se volvió aún más brillante.
La señal estaba clara.
Su padre estaba a salvo.
—Me habéis perdonado…
Tranquilizada, no dudó en pedir:
—¿Puedo pediros otro favor?
Volvió a asentir.
—Ayudadme a convencer a maese Arsénius…
Dadme una prueba.
Sébastien sonrió.
Apenas le concedo un favor y ya me pide otro.
Desde luego, sabe lo que quiere.
Se puso a reflexionar.
¿Podía intervenir?
¿Qué consecuencias podía tener?
La prueba tendría que ser mínima, sin ninguna consecuencia.
Pensó en el catalejo. En la óptica. En algo que, para Arsénius, sería una revelación divina. Además, no estaba muy lejos de conseguirlo. Revelarle algunos principios de óptica no sería demasiado peligroso.
Asintió.
Como no se había despertado, seguramente podía influir en ella o, al menos, guiarla. Mentalmente, la imaginó escribiendo.
Margot se levantó, extendió los brazos delante de ella y caminó hasta el escritorio. Sacó un pergamino, cogió una pluma y la mojó en la tinta.
Después esperó pacientemente.
Proyectó imágenes mentales.
Las lentes. Los focos. Los trayectos de la luz.
Ella dibujó con gran precisión y fue llenando poco a poco todo el pergamino.
Contempló el resultado. En principio, Arsénius debería comprender y ver dónde se había equivocado.
Margot seguía sosteniendo la pluma, preparada para escribir lo que siguiera.
En ese momento, dudó.
¿Tenía derecho a advertirla?
Lo más razonable habría sido no decir nada, dejar que el destino siguiera su curso. Pero su deseo de protegerla fue más fuerte.
Proyectó mentalmente nuevas imágenes:
El escudo del Delfín.
Dieciséis amaneceres.
—Dentro de dieciséis días… —murmuró Margot, maravillada.
Él lo confirmó.
Después pensó en la enfermedad.
La imagen de un cuerpo cubierto de bubones le vino a la mente.
—La pestilencia…
Asintió.
Volvió a dudar.
Pero consideró que debía saberlo.
Para que dejara de esperar. Para que pudiera prepararse para la epidemia. Entonces imaginó una isla, un cuerpo gris, cubierto de bubones. Un cuerpo que llevaba el escudo de su padre.
Margot empezó a escribir:
«En una isla, la pestilencia se ha llevado la vida del caballero Jean de la Tour.»
De pronto, su mano empezó a temblar. Abrió los ojos y una lágrima cayó sobre la tinta fresca. Se mezcló con ella. Se oscureció.
Miró fijamente a Sancto Sébastian.
—¿Por qué? ¿Por qué esta injusticia? ¿Por qué lo habéis matado?
Se desplomó.
La pluma, los pergaminos y la tinta cayeron con ella. Su cabeza golpeó un mueble. Y un hilo de sangre se mezcló con la tinta negra sobre las losas.
No había ira divina. Ningún castigo. Solo un mundo injusto, inhumano e incomprensible.
Sébastien se quedó paralizado. Impotente.
Presa del pánico.
Repitiéndose una y otra vez:
No debería haberlo hecho. No debería haberlo hecho…