RESPIRO
Cuando regresaron al hospital, ya había anochecido. Los pasillos parecían más tranquilos. Los pasos resonaban más. Como si el propio hospital fuera ralentizándose a medida que desaparecían los visitantes.
Volvieron a la habitación treinta y cinco. Sébastien no se había movido. El mismo rostro inmóvil. La misma respiración regular. El mismo pitido.
Bip. Bip. Bip…
Nelly se acercó inmediatamente y le cogió la mano, como siempre.
Jérôme se quedó un poco apartado. Miraba a su amigo. Después las pantallas. Después a su amigo otra vez. Sin saber qué esperaba ver.
Unos minutos más tarde, entró Chloé. Sola esta vez. Sin residentes. Sin expediente. Comprobó rápidamente las constantes. Después levantó la mirada hacia ellos.
—Las pruebas son tranquilizadoras.
Nelly sintió que sus hombros se relajaban.
—¿De verdad?
—Sí.
Chloé dudó.
—No puedo prometer nada.
Su mirada se deslizó hacia Sébastien.
—Pero su estado es estable. Es una buena noticia. Ahora queda por saber si el edema seguirá disminuyendo por sí solo o si habrá que volver a intervenir.
Nelly cerró los ojos un segundo.
Estable. No era gran cosa, pero ya era mucho.
—Gracias —murmuró.
Chloé se limitó a asentir.
—Estoy terminando mi guardia. Dejaré todas las indicaciones.
Después salió de la habitación.
Volvió el silencio.
Y Nelly volvió a coger la mano de Sébastien.
Jérôme miró su reloj.
—¿Piensas quedarte aquí toda la noche?
—No lo sé.
—Estás agotada.
—Lo sé.
—Entonces ven a dormir a mi casa.
Ella levantó la mirada.
—¿A tu casa?
—Sí.
Sonrió.
—Tengo una habitación de invitados que ha sido probada y aprobada.
Por primera vez en todo el día, ella se rio.
Una risa breve, aunque algo cansada.
—¿Estás seguro?
—Absolutamente.
Miró una última vez a Sébastien.
Después asintió.
—De acuerdo.
Antes de marcharse, se inclinó hacia él.
—Volveré mañana por la mañana.
Su mano apretó suavemente la de él. Como si pudiera oírla. Como si pudiera entenderla.
Después la soltó.
Y salieron de la habitación en silencio.
El apartamento de Jérôme estaba en silencio. La ciudad brillaba tras las ventanas. Apenas unas luces y algunos coches. El resto parecía dormido.
Nelly se instaló en la habitación de invitados. Sencilla. Cómoda. Dejó el bolso sobre una silla. Después se sentó en el borde de la cama.
Jérôme apareció en el umbral de la puerta. Dos tazas humeantes entre las manos.
—Verbena.
—Gracias.
Cogió la taza. El calor le sentó bien.
Permanecieron unos instantes en silencio.
—¿Crees que va a volver? —preguntó finalmente.
Jérôme miró su taza.
—No lo sé.
Después levantó la mirada.
—Pero creo que Chloé hará todo lo posible para que vuelva.
—Yo también.
Volvió el silencio. Tranquilo esta vez.
—Si vuelves a soñar con él…
Nelly levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Intenta acordarte.
—Fácil de decir.
—Lo sé.
Reflexionó unos segundos.
Después señaló la mesita de noche.
—Toma, quédate con mi cuaderno.
—¿Por qué?
—Los sueños desaparecen rápido.
Hizo un gesto con la mano.
—Si recuerdas algo durante la noche o al despertarte, apúntalo inmediatamente. Aunque solo sea una imagen. Una palabra. Un detalle. Aunque parezca insignificante o absurdo.
Nelly miró el cuaderno.
—¿De verdad crees que puede servir de algo?
—No lo sé.
Sonrió.
—Pero desde ayer, desconfío de las cosas absurdas.
Ella también sonrió. Después cogió el cuaderno, lo abrió maquinalmente por una página en blanco y lo dejó abierto sobre la cómoda, junto a la cama.
—Con un bolígrafo, mejor.
—¿Tú crees? Sería una pena que se te ocurriera algo y no tuvieras con qué escribirlo.
—Tranquilo, tengo muchos más.
Jérôme retrocedió hacia la puerta.
—Buenas noches, Nelly. Que sueñes bonito.
Y si te lo encuentras, saluda a ese viejo bribón de mi parte.
Y… dile que lo echo de menos.
—Buenas noches, Jérôme.
Dudó.
—Y procura dormir de verdad esta vez.
—Lo intentaré.
La puerta se cerró suavemente, dejando sola a Nelly.
Miró el cuaderno. El bolígrafo. Después la luna tras la ventana.
Pensó en Sébastien. En la Tour-Sans-Venin.
En todo lo que no comprendía.
Después apagó la luz y dejó que llegara el sueño.