SOLEDADES
Estaba a punto de bajar hacia su casa cuando un leve ruido a su espalda hizo que se volviera. Nelly subía por el sendero.
—Buenas noches, Sébastien. ¿Le molesto?
Él le sonrió de inmediato.
—En absoluto. ¿Lleva mucho rato aquí?
Ella dudó una fracción de segundo.
—Lo vi volver de Lyon… y no pasó por el café como de costumbre. Pensé que quizá no había comido.
Levantó la pequeña bolsa que llevaba en la mano.
—Me habían quedado algunas cosas.
Había cierta preocupación en su voz.
A Sébastien le conmovió el gesto.
—Es muy amable. Venga, siéntese. Todavía hay una vista preciosa.
Nelly se sentó a su lado en el banco de piedra.
El valle se iba oscureciendo lentamente. Las montañas empezaban a recortarse como sombras azuladas.
—Aquí —dijo ella—, parece que el tiempo se ha detenido.
Sébastien volvió la cabeza hacia ella, sorprendido.
—No sabe hasta qué punto. Esta torre… casi no tiene historia. O, mejor dicho, nadie la ha contado. He buscado. Nada. Como si este lugar se negara a dejarse comprender. Como si la torre quisiera conservar su misterio.
—Quizá esté protegiendo algo —respondió ella en voz baja.
Él sonrió. Sin saber por qué, aquella frase resonó en su interior.
Permanecieron en silencio unos instantes.
Sintió la necesidad de hablarle.
—Nelly… Nunca se lo he dicho, pero cuando llegué aquí agradecí mucho que me ayudara sin hacer preguntas. Desde entonces, su presencia silenciosa y la atención que siempre ha tenido conmigo significan mucho para mí.
Se corrigió enseguida.
—No me malinterprete, no intento seducirla. Solo quería… decírselo. Creo que no he hablado lo suficiente con la gente a lo largo de mi vida.
Los ojos de Nelly se humedecieron.
Apartó la mirada. Durante un largo rato.
—Perdone, pero me recuerda a Louis.
—¿A Louis?
La voz le tembló.
—Nunca hablo de él. Es demasiado difícil.
Respiró hondo.
Por primera vez en mucho tiempo, se abrió a alguien. Quizá por la tranquilidad de aquel lugar. O por la preocupación sincera de Sébastien.
En realidad se llamaba Alix. Nelly había venido después.
Una infancia sin raíces. La calle. Las drogas. Malas compañías. La huida. Errores que llevaba años cargando como una condena. No entró en detalles. No hacía falta.
Sébastien comprendía.
Habló de la violencia. De la vergüenza. De la dependencia.
Y después, de un hombre.
Louis.
Un anciano que la había encontrado una noche, desplomada en una calle de Grenoble. No le había hecho preguntas. Se la había llevado a su casa. La había protegido. Cuidado. Salvado, casi a pesar de ella.
—Decía que su mujer, Fortunée, me había puesto en su camino —murmuró.
Respiró profundamente y continuó.
—Para hacerle comprender que todavía tenía algo que hacer aquí.
Louis la había escondido en un chalet del Vercors para protegerla de la policía y ayudarla a desengancharse. Había aguantado.
Nunca la había juzgado.
Siempre la había respetado.
—Me consideraba la hija que nunca había tenido.
Me enseñó a vivir de otra manera.
A ser íntegra. Fuerte.
A confiar.
Se interrumpió, con un nudo en la garganta.
—Cuando murió… me lo dejó todo.
Su casa. Su café. Su nombre.
Y su amor. Sin condiciones.
Calló.
Sébastien no se había movido. Simplemente puso una mano sobre la suya. Ella lo dejó.
—Ahora entiendes por qué estoy aquí —dijo suavemente.
Y por qué estoy pendiente de todo.
Él asintió.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
Permanecieron allí mucho rato, abrazados, sin esperar nada más que contemplar el paisaje en silencio.
Cuando se puso el sol, bajaron hacia el pueblo. Y, sin necesidad de preguntárselo, durmieron juntos, como dos niños cansados.
Por la mañana, Nelly se levantó antes del amanecer. Lo besó en la frente y se marchó sin hacer ruido. Más tarde, en el café, actuó como si no hubiera pasado nada.
Los viejos eran bastante cotillas.
—Entonces, señor escritor, ¿hoy se nos han pegado las sábanas?
—Estuve trabajando hasta tarde —respondió él con toda seriedad.
A ella le faltó poco para echarse a reír.
Cuando le llevó el café, él murmuró:
—Gracias, Nelly.
—Gracias a ti —respondió ella simplemente.
Un pequeño instante de complicidad, solo de ellos.
Terminó el café y buscó en el teléfono el número del sincrotrón.
Y llamó.