Voces antiguas sonaron REENCUENTRO
22%

REENCUENTRO

—¿Diga? Jérôme Berthier al habla.

La voz no había cambiado. Seguía siendo igual de viva, rápida, rebosante de entusiasmo.

Sébastien sonrió sin poder evitarlo.

—Jérôme… soy Sébastien Gasquet.

—¿Sébastien Gasquet? No, no me suena.

Un segundo de silencio, seguido de una explosión de alegría.

—¡Claro que me acuerdo de ti! ¡Qué sorpresa! ¿Sabes que intenté localizarte después de oírte en la radio? Imposible dar contigo. Me decía que tarde o temprano acabarías llamándome. ¡Y aquí estás! Así que el señor se ha convertido en escritor. ¡Y famoso, además! Estoy impresionado.

Siguió hablando sin tomar aliento.

—Quería leer uno de tus libros, ¿sabes?, pero aquí perseguimos el tiempo… y, claro, al final ni lo vemos pasar. En fin, hablo y hablo… como siempre. ¿Y tú? ¿Cómo estás?

Sébastien se dejó llevar por aquel torrente familiar.

—Me da vergüenza —respondió—. Debería haberte llamado mucho antes. Y me da todavía más vergüenza porque… encima te necesito. Necesito tu mirada de físico.

Jérôme soltó una carcajada.

—Tan directo como siempre. No has cambiado. ¿Dónde estás, viejo amigo?

—En la Tour-Sans-Venin.

—¿En la Tour-Sans-Venin? ¿Pero qué demonios haces en ese rincón perdido? Ahora entiendo por qué no conseguí encontrarte. Escucha, vente al sincrotrón. Te lo enseño, hablamos y comemos juntos. Si sales ahora, estás aquí en media hora.

—¿Seguro que no te molesto?

—Nosotros, los científicos, estamos muy ocupados, sí… recibiendo a los amigos. No olvides el documento de identidad. Aquí no se toman la seguridad a broma.

Sébastien colgó con una gran sonrisa. Acababa de darse cuenta de cuánto había echado de menos a su amigo.

El trayecto hasta el sincrotrón le pareció sorprendentemente corto.

Visto de cerca, el edificio tenía algo de irreal: un enorme anillo, casi silencioso, plantado allí como un enigma.

En recepción, una joven lo recibió con una sonrisa profesional.

—¿Sébastien Gasquet? Jérôme me ha avisado.

Dudó un instante antes de añadir:

—¿Es usted… el escritor?

—Sí, soy yo.

Sacó un libro de su bolso, visiblemente emocionada.

—Lo he leído casi entero.

Me está gustando mucho.

—¿Me permite?

Sébastien le dedicó el libro encantado. Ella lo recuperó como si fuera un tesoro y después le pidió el documento de identidad antes de invitarlo a esperar.

Se apresuró a llamar a su madre.

Unos instantes después, una voz atronadora resonó en el vestíbulo:

—¿Dónde está ese viejo amigo?

Jérôme apareció con los brazos abiertos y lo estrechó contra él como en los viejos tiempos.

—Qué alegría volver a verte.

—No has cambiado —dijo Sébastien—. Salvo quizá…

Le dio unas palmaditas amistosas en la barriga.

—Está claro que la investigación alimenta bien.

—Muy gracioso. Ven, te lo enseño.

Se adentraron en el corazón del sincrotrón. Jérôme hablaba con pasión, explicándole los aceleradores, los anillos, las líneas de luz. Sébastien escuchaba, fascinado. Todo volvía. Las clases. Las noches en vela. El asombro. Las conversaciones nocturnas con su amigo.

En una de las líneas de luz, una joven trabajaba con precisión.

—Jessica —dijo Jérôme—. Mi asistente. Está haciendo la tesis sobre el colapso del paquete de ondas de partículas entrelazadas. ¡Es un coco!

Ella sonrió a Sébastien.

—Encantada. Jérôme habla mucho de usted.

—Espero que bien.

—Siempre.

Tras una larga conversación, decidieron comer juntos.

En el coche, Jérôme no paraba de bromear. Jessica, despierta y brillante, le seguía el juego. Se entendían a las mil maravillas.

En el restaurante, la conversación derivó de forma natural hacia sus vocaciones.

—La física cuántica —dijo Jessica tras reflexionar un instante— es algo más que una ciencia.

Es una forma de mirar el mundo. Nos dice que la realidad no es tan sencilla como creemos.

Que el tiempo, el espacio, la materia… todo es más frágil, más extraño.

En realidad, hay que pensar en términos de información.

Sébastien la miró con admiración.

—Es usted una exploradora apasionada.

Jérôme asintió. Pensaba lo mismo.

Cuando la comida tocaba a su fin, Jérôme volvió a lo importante.

—Por teléfono me dijiste que necesitabas mis conocimientos. Entonces, ¿qué ocurre? ¿Qué te trae realmente por aquí?

Sébastien miró a Jessica.

Jérôme se dio cuenta y añadió:

—No te preocupes. Es mi padawan.

Sébastien sonrió y respiró lentamente.

Podría haber mentido. Haber dicho que era para una novela. Para documentarse. Pero allí, rodeado de aquellas mentes abiertas, sintió que podía contarlo todo.

—Lo que voy a contaros es extraño —dijo por fin—. Prefiero contaros toda la historia. Aunque penséis que estoy loco.

Jérôme se inclinó ligeramente hacia delante.

—Adelante. Ya sabes que lo extraño forma parte de nuestro día a día.

Sébastien empezó a hablar.

Sin suavizar nada.