ENTRE PARÉNTESIS
Sébastien salió de Lyon y tomó la autopista en dirección a Grenoble. Estaba agotado. No era cansancio físico. Era algo más profundo, como si algo dentro de él hubiera pasado todo el día resistiendo, intentando comprender, tratando de no ceder. Ahora solo deseaba una cosa:
Dejar de pensar.
Puso su lista de reproducción. Empezó a sonar la ópera Norma, de Bellini.
La voz de Maria Callas se elevó, desgarradora, casi irreal, y se mezcló con el paisaje que desfilaba ante sus ojos.
La carretera, los guardarraíles, las señales, las curvas familiares.
Todo recuperaba por fin una mecánica sencilla.
Poco a poco, su respiración se calmó. Una dulce melancolía ocupó el lugar de la angustia, como una gasa sobre una herida.
Cómodamente instalado en su coche, fuera del mundo y casi fuera del tiempo, solo deseaba una cosa: prolongar aquel instante.
Quizá fue precisamente para prolongarlo por lo que, al llegar cerca de casa, no regresó directamente.
Tomó el camino que subía a la Tour-Sans-Venin.
La torre —o, mejor dicho, lo que quedaba de ella— seguía alzándose sobre su promontorio rocoso.
Un muro de piedra deteriorado y obstinado, último vestigio de una gloria que nadie recordaba realmente.
Rodeó la pequeña iglesia románica, restaurada hasta el punto de parecer nueva, cuya puerta cerrada no dejaba adivinar nada de su interior.
Pasó junto al diminuto cementerio, unas pocas tumbas antiguas apretadas entre la hierba, vigiladas por un monumento a los caídos algo desmesurado, en el que estaban grabados unos versos de Victor Hugo que rara vez alguien leía hasta el final.
Pasó junto a la torre y continuó hasta lo alto del promontorio.
La explanada se abría como un balcón. Aquí y allá podían distinguirse restos de antiguas fortificaciones.
Plantado allí con moderna indiferencia, un repetidor de televisión se alzaba en medio del lugar, como un alfiler clavado en una tela vieja.
Caminó hasta el banco de piedra, en el extremo del promontorio.
Era allí adonde iba cada vez que necesitaba silencio.
Ante él se extendía el valle de Grenoble, rodeado por sus tres guardianes de piedra: el Vercors, la Chartreuse y el macizo de Belledonne. El sol descendía lentamente y su luz rasante daba a las montañas el aspecto de gigantes dormidos.
Muy abajo, el Isère y el Drac trazaban sus meandros antes de desaparecer en la ciudad, dando aquella extraña impresión de no volver a salir nunca de ella.
Allí, el tiempo parecía haberse detenido.
Un día había querido comprender el misterio de aquel lugar. Había buscado, leído, investigado. Para su sorpresa, casi nada. Algunas líneas. Referencias contradictorias. Silencios. Como si la torre hubiera decidido mantener su historia en la sombra. Solo quedaba la magia de su nombre.
Tour-Sans-Venin.
Un nombre alrededor del cual se habían tejido numerosas leyendas. La más célebre se remontaba a un historiador del siglo XII:
«Si se toma tierra del castillo y se esparce en cualquier lugar, inmediatamente se pone en fuga la pestilencia de todos los reptiles nocivos.»
Sébastien había sonreído muchas veces al pensar en ello. Más de una vez había visto serpientes calentándose al sol sobre las ruinas. Las virtudes protectoras debían de haberse desgastado con los siglos.
Permaneció allí, inmóvil, contemplando cómo el valle se encendía lentamente. A lo lejos, un edificio circular situado en la confluencia del Drac y el Isère llamó su atención. Un extraño anillo posado en medio del paisaje.
El sincrotrón.
Grenoble era una ciudad científica. Estudiantes, escuelas de ingeniería, laboratorios, industrias de alta tecnología.
El sincrotrón se había construido allí unos años antes.
Una estructura circular donde investigadores de todo el mundo acudían a sondear la materia hasta lo infinitamente pequeño, allí donde nuestros puntos de referencia empezaban a tambalearse.
Fue al contemplar aquel anillo cuando pensó de repente en Jérôme. Su antiguo compañero de promoción. No se habían vuelto a ver desde sus años de estudiante.
Jérôme había seguido estudiando hasta el doctorado, y más allá.
Física cuántica. Sébastien sabía, por algunas publicaciones sobre teletransportación cuántica, que nunca se había marchado de Grenoble y que se había convertido en investigador del sincrotrón.
Los medios habían simplificado mucho su trabajo.
Algunos incluso hablaban de teletransportación al estilo de Star Trek .
Sébastien siempre se había prometido volver a ponerse en contacto con él. Pero nunca lo había hecho. Quizá por pereza. Quizá por sentirse intimidado: la notoriedad de Jérôme, sus artículos, aquella impresión de que ahora pertenecía a un mundo en el que él ya no tenía cabida.
Ahora se daba cuenta de que aquellos escrúpulos eran ridículos.
Cuando eran estudiantes, pasaban largas horas hablando sobre el origen del tiempo.
Jérôme estaba fascinado por aquella cuestión y por lo que era realmente el tiempo.
Si había alguien con quien podía hablar de aquella extraña ruptura de la causalidad que acababa de experimentar, era Jérôme.
Sébastien sintió cierto alivio.
Sí.
Tengo que llamarlo.