LECTORES
El manuscrito se fue casi tal cual. Sin que él hubiera tomado realmente la decisión. Así había sido toda su vida.
El libro salió publicado a finales de primavera. Apenas recibió los primeros ejemplares, Judith lo llamó.
—Ya está.
—¿Ya está qué?
—Tu libro existe.
Sébastien contempló durante unos segundos el valle desde la ventana de la cocina.
—Ah.
Judith soltó una carcajada.
—Probablemente seas el único autor de Francia capaz de responder eso.
Unos días más tarde, apareció con una caja que contenía sus ejemplares de autor.
La abrieron juntos sobre una mesa del café.
Algunos clientes habituales observaban la escena con curiosidad.
Nelly seguía sirviendo cafés mientras, de vez en cuando, lanzaba una mirada hacia la caja.
Sébastien tomó un ejemplar entre las manos.
El peso. El papel. Su nombre en la cubierta.
Todo aquello parecía pertenecerle a otra persona.
Hojeó unas páginas. Cerró el libro. Luego lo dejó junto a su taza. Como cualquier otro objeto.
—¿Eso es todo? —preguntó Judith.
—¿Qué?
—¿No se supone que deberías estar emocionado?
—Creo que lo estaré cuando alguien lo haya leído.
—Lo leerán. Créeme. Al menos, haré todo lo posible para que así sea.
Él sonrió.
El éxito del libro no cambiaría gran cosa en su vida. Sus trabajos anteriores le garantizaban desde hacía tiempo una independencia económica. Escribía por otra razón. Por la libertad que le ofrecía la escritura.
Al día siguiente, entró en el café con varios ejemplares bajo el brazo.
Nelly se acercó.
—¿Entrega especial?
—Ejemplares de autor que Judith me ha pedido que firme.
Ella tomó uno y lo observó detenidamente.
—¿Puedo comprarle uno?
—Ni hablar. Se lo regalo.
Sébastien sacó su pluma estilográfica.
—¿Quiere que se lo dedique?
Ella levantó la vista.
—¿Para qué?
—Porque es lo que se suele hacer.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—No hace falta. Lo veo todos los días.
Él permaneció en silencio unos segundos. Luego guardó la pluma.
—Visto así…
Nelly volvió detrás de la barra con su ejemplar sin dedicar.
Curiosamente, aquello le hizo más ilusión que todo lo demás.
Al principio, apenas ocurrió nada. Algunas ventas. Algunas librerías interesadas. Algunas críticas alentadoras. Después, silencio. Pero Judith movía los hilos entre bastidores…
Llegó el verano. Volvieron los turistas.
El café recuperó su bullicio. Sébastien siguió escribiendo.
Casi había dejado de pensar en el libro cuando Judith le hizo llegar una carta.
Una carta de verdad. Escrita a mano. La abrió aquel mismo día.
Era de una mujer que le hablaba de la muerte de su marido.
Le explicaba que llevaba meses sin apenas salir de casa.
Hasta que alguien le había regalado su novela.
La había leído. Despacio. A veces, apenas unas páginas al día.
Después decía:
«Su libro no me ha consolado.
Simplemente me ha dado ganas de volver a abrir las persianas.
Y eso ya era mucho.
Quería que lo supiera.»
Sébastien volvió a leer la carta. Una vez. Luego otra. La dejó sobre la mesa. Salió unos minutos al jardín.
El sol desaparecía detrás de las montañas.
Volvió a entrar y la leyó de nuevo. No sabía qué responder. Ni siquiera estaba seguro de entenderlo. ¿Cómo podían unas cuantas páginas escritas en un café provocar algo así?
La carta permaneció mucho tiempo sobre la mesa de la cocina.
Llegaron otras. Una mujer que hablaba de su hija.
Un hombre, de su divorcio. Un estudiante, de una decisión que no se atrevía a tomar.
Casi nadie hablaba de la novela. La gente hablaba de sí misma.
Como si el libro no fuera más que una puerta abierta hacia su propia historia. Aquello lo perturbaba profundamente.
Una mañana de otoño, un hombre entró en el café.
Le preguntó a Nelly:
—¿Está Sébastien Gasquet?
Ella señaló la mesa junto a la ventana.
El hombre se acercó. Parecía nervioso.
—Buenos días, señor Gasquet.
—Buenos días.
—Siento molestarlo.
—No se preocupe. ¿En qué puedo ayudarlo?
El hombre dudó. Finalmente, se sentó. Hablaron durante unos diez minutos. Del libro. Después, de la vida de aquel hombre. De su padre. De su jubilación. De sus arrepentimientos.
Al final, el hombre se levantó.
—Gracias.
—¿Por qué?
El hombre sonrió.
—No lo sé exactamente.
Por haber escrito este libro…
Y por haberse tomado el tiempo de escucharme.
Luego se marchó.
Sébastien lo vio alejarse.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que algo había empezado de verdad. Lo más extraño era que seguía sin saber qué. Aquel libro había dejado de pertenecerle hacía mucho tiempo. Y ahora parecía vivir su propia vida.
Después vinieron otras personas. No muchas. Solo unas pocas. Pero suficientes para que Nelly las reconociera desde lejos.
—Otro lector.
—¿Cómo lo sabe?
—Todos los lectores tienen la misma cara.
—¿Ah, sí?
—Miran a todas partes antes de atreverse a entrar. Y se sienten un poco intimidados cuando lo ven.
—¿Y usted?
Nelly esbozó una leve sonrisa.
—A mí me interesa el hombre, no el escritor.
Sébastien no respondió.
Pero agradeció su franqueza.
Muy a su pesar, su notoriedad seguía creciendo. Incluso el alcalde pidió un ejemplar para la biblioteca. El pueblo parecía orgulloso de su escritor. Quizá más que él mismo.
Judith, por su parte, parecía alegrarse más que nadie. Con cada nuevo artículo, cada invitación, cada carta de un lector, lo llamaba casi de inmediato.
El manuscrito probablemente habría acabado olvidado en un cajón de no ser por ella.
Sin embargo, con el paso de los meses, sus visitas a la Tour-Sans-Venin empezaron a espaciarse. Una reunión inesperada. La participación en una feria del libro. Un manuscrito urgente. Nada espectacular. Simplemente, su vida iba recuperando poco a poco el lugar que había ocupado antes.
Cuando venía, seguían paseando. Riéndose. Hablando durante horas. Pero algo había cambiado. Sin ruido. Sin que ninguno de los dos se diera cuenta realmente.
Hablaban más. Dormían menos juntos. Y parecía estarles bien así. Por las noches, solían sentarse en el banco de piedra del promontorio. Contemplaban el sol desaparecer detrás de las montañas. Y el valle. A menudo sin hablar.
Fue durante uno de aquellos atardeceres cuando Judith le dijo:
—¿Sabes? Creo que prefiero lo que somos ahora.
Sébastien volvió la cabeza.
—¿Y qué somos ahora?
Ella reflexionó unos segundos.
—Importantes el uno para el otro.
Volvió el silencio.
Frente a ellos, los últimos rayos de sol se deslizaban lentamente por las laderas.
—Sí —respondió él finalmente.
Era exactamente eso. Importantes.
Después, nada cambió realmente. Y, sin embargo, todo era diferente.
El libro vivía su propia vida. Judith apenas necesitaba ocuparse de él. Sébastien respondía ahora personalmente a las cartas de los lectores.
Unos meses más tarde, Judith se marchó de la Tour-Sans-Venin antes de lo previsto.
La esperaba una reunión en París. Antes de subir al coche, lo besó por primera vez en la mejilla.
Como habría hecho con un viejo amigo. Sébastien la vio alejarse sonriendo.
Luego regresó al café de la Tour-Sans-Venin.
Como de costumbre, se sentó en su mesa junto a la ventana.
Contempló largo rato el valle. Después sacó su cuaderno.
Su pluma estilográfica. Y se puso a escribir…
El invierno siguiente, apareció un artículo en una revista nacional. Después, un programa de radio. Luego, una primera invitación en una importante librería parisina. Sébastien intentó librarse. Judith se negó.
—Vas a venir. No es negociable.
—No habrá nadie.
—Vas a venir de todos modos.
Aquella tarde, una fila de personas esperaba. Y, sin embargo, Sébastien no se sentía en su sitio. Entre ellas, una mujer de unos sesenta años le tendió un ejemplar. Un ejemplar que ya llevaba su dedicatoria.
La reconoció de inmediato. Levantó la vista y le sonrió.
—Su carta sigue sobre la mesa de mi cocina.
La mujer recuperó su libro y le devolvió la sonrisa mientras decía simplemente:
—Gracias.
Él la vio marcharse sin decir una palabra.
Cuando la siguiente persona le tendió su ejemplar, Sébastien se quedó mirándola unos segundos. Luego abrió el libro. Y, por primera vez, no se limitó a firmarlo. Le hizo algunas preguntas. Después escribió unas líneas. No una fórmula. Unas palabras solo para ella.
Pasaron los meses. El libro siguió su camino. Lentamente. En silencio. Como si avanzara solo.
Una tarde de primavera, un hombre de unos cincuenta años entró en el café. Pidió un café. Luego se acercó a la mesa de Sébastien.
—¿Es usted Sébastien Gasquet?
—Sí.
El hombre dudó. Como si buscara las palabras.
Después le tendió la mano.
—Gracias.
Eso fue todo. Ninguna explicación. Ningún cumplido. Solo aquella palabra. Gracias.
Sébastien le estrechó la mano. El hombre terminó su café. Luego se marchó. Desde la ventana, lo vio alejarse por la pequeña carretera que salía del pueblo.
Nelly dejó una taza delante de él.
Siguió con la mirada el coche que desaparecía detrás de los árboles.
—Otro más.
Sébastien sonrió.
Permaneció en silencio unos segundos antes de añadir:
—Al final, quizá no sea el libro lo que más importa.
Nelly lo miró fijamente.
—No. Es quien lo escribió.
Luego regresó lentamente detrás de la barra.
Sébastien volvió la mirada hacia el valle. Desde hacía algún tiempo, había dejado de intentar controlarlo todo.
Por primera vez en su vida, aquello no le daba miedo.