Voces antiguas sonaron ENCUENTRO
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ENCUENTRO

Un día, Sébastien sintió el impulso irresistible de visitar Lyon. Mientras caminaba por una de sus calles, una mujer tropezó con él. Su cuaderno cayó al suelo. Ella, avergonzada, se apresuró a recogerlo y no pudo evitar echar un vistazo a lo que había escrito.

—Perdona, no he podido evitar leer unas líneas. ¿Escribes?

Sébastien dudó antes de responder.

—Lo intento.

Ella sonrió.

—Quizá pueda ayudarte.

Caminaron durante horas por las calles de Lyon antes de sentarse en la terraza de un café. Hablaron de libros. Después, de otras cosas. De sus vidas. Antes de despedirse, intercambiaron sus números de teléfono.

—Prométeme que volveremos a vernos —dijo ella, mirándolo fijamente.

Sébastien la vio alejarse sin acabar de creérselo.

Se llamaba Judith.

Unas semanas más tarde, apareció en la Tour-Sans-Venin sin avisar. Nelly vio su coche desde la ventana del café y se limitó a decirle a Sébastien:

—Creo que tienes visita.

Fue el comienzo de una larga relación.

Judith pasaba algunos fines de semana en la Tour-Sans-Venin. Llegaba el viernes por la noche o el sábado por la mañana. Normalmente regresaba a Lyon el domingo por la tarde.

Sébastien no le enseñaba nada de lo que escribía. Ella nunca insistía.

A veces caminaban durante horas por los senderos que rodeaban el pueblo. Otras veces se quedaban simplemente en el café mientras la lluvia caía al otro lado de los cristales.

Judith hablaba poco de su trabajo. Solo dejaba escapar algunos fragmentos.

Reuniones en París. Trenes cogidos en el último momento. Habitaciones de hotel. Horarios. La urgencia constante. La falta de tiempo.

Pero el silencio siempre acababa regresando.

Y con él, la contemplación de las montañas.

O del valle, desde el banco de piedra del promontorio de la Tour-Sans-Venin.

Con Sébastien, Judith ponía su vida entre paréntesis.

Los domingos por la tarde, cuando regresaba a Lyon, siempre parecía más descansada que al llegar.

Una noche de invierno, Judith acabó preguntándole:

—¿Me dejarías leer algo?

Sébastien dudó antes de entregarle unas páginas. Ella se las llevó a Lyon.

Pasaron varias semanas antes de que volviera a mencionarlas.

—Tienes voz propia —dijo simplemente.

Sébastien bajó la mirada sin responder.

Entonces Judith le confesó que trabajaba en una editorial.

Y que no había querido decírselo desde el principio.

Sébastien se echó a reír.

—Me lo imaginé enseguida.

Judith empezó a revisar sus textos. Algunas correcciones.

No muchas. Pequeños detalles. La mayoría de las veces se limitaba a eliminar una frase.

O una palabra. O lo animaba a desarrollar un poco más a algún personaje.

Los meses fueron pasando así, entre las horas de escritura en el café y las visitas inesperadas de Judith.

La primavera regresó a las montañas.

Un día, Judith le dijo en voz baja:

—Tu novela está lista para publicarse. ¿Nos lanzamos?