Voces antiguas sonaron CAMBIO
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CAMBIO

Desde aquel día, había empezado a mirar a la gente de otra manera.

En los vestíbulos. En los cafés. En las reuniones.

En realidad, fuera donde fuera, ahora se fijaba en unas manos que temblaban ligeramente, en silencios demasiado largos, en miradas que esquivaban las de los demás.

Pequeñas señales que antes le habrían pasado inadvertidas.

Había cerrado el libro en el avión sin saber muy bien qué había encontrado en sus páginas. Sin embargo, al terminarlo, nada había vuelto del todo a su sitio.

Siempre había pensado que había triunfado en la vida.

Todo le había resultado tan fácil. Quizá demasiado.

Terminó el bachillerato un año antes de lo habitual, pasó por las clases preparatorias, ingresó en la École Polytechnique y después se doctoró en inteligencia artificial.

Aquello le abrió las puertas de un puesto de prestigio en una gran empresa.

Su ascenso había sido meteórico y, además, tenía un éxito arrollador con las mujeres.

Su heterocromía contribuía bastante a ello.

Un ojo azul y el otro verde. Una mirada difícil de olvidar.

Con apenas treinta años, ya dirigía varios equipos.

Tenía dinero. Un piso con vistas a los Jardines de Luxemburgo.

Una vida cómoda, sin sobresaltos, que muchos envidiaban.

Y, sin embargo, ahora la contemplaba como si perteneciera a otra persona. Como si… nunca hubiera elegido nada.

En el avión, una anciana sentada a su lado le había preguntado casi distraídamente:

—Usted es escritor, ¿verdad?

Él sonrió, sorprendido.

—No.

—Qué raro… Habría jurado que sí.

No le dio mayor importancia. Sin embargo, aquellas palabras se le quedaron grabadas.

Más tarde, el pasajero sentado al otro lado le habló de su sueño de tener algún día un piso en París, cerca de los Jardines de Luxemburgo.

Sin saber muy bien por qué, aquello también lo inquietó.

Al llegar, la dirección del grupo le comunicó el verdadero motivo de su viaje: querían que pusiera en marcha un plan de despidos. Curiosamente, no sintió ni miedo ni rabia. No prometió nada y siguió trabajando como si nada hubiera ocurrido.

Unos días después, fue él quien propuso marcharse.

Vendió su piso.

A quienes se preocupaban por él, no supo qué decirles.

A quienes se burlaban, no tuvo nada que demostrarles.

Algunos se alejaron. Otros, en cambio, se acercaron, como si vieran reflejado en él algo de los deseos a los que ellos mismos habían renunciado.

El último día, al salir de la oficina, compró un mapa de Francia en el estanco de la esquina. Al llegar a casa, lo extendió en el suelo, cerró los ojos y lanzó una moneda. Había decidido ir adonde cayera. Cuando abrió los ojos, la moneda señalaba un punto de los Alpes. Cerca de Grenoble.

Sonrió.

Unos días después, conducía hacia el sureste, dejando atrás una vida hecha de costumbres y certezas.

Tomó carreteras secundarias y fue deteniéndose cuando le apetecía, en pequeños pueblos, posadas rurales y modestos cafés. Al llegar a los pies del Vercors, sin ningún motivo en particular, dejó la carretera principal y tomó un camino de montaña.

La aldea apareció casi de repente. Una torre en ruinas. Una pequeña casa de piedra. En una de las ventanas, un cartel de «Se vende» con un número de teléfono.

Llamó. Aceptó el precio sin regatear, con una única condición: poder entrar en la casa de inmediato. La llave lo esperaba debajo de una maceta.

Se quedó unos segundos contemplando el paisaje.

Por primera vez, tuvo la sensación de haber llegado a casa.

Retiró el cartel de «Se vende», metió la llave en la vieja cerradura y entró…