Voces antiguas sonaron
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PRÓLOGO
Deberías leerlo.
El hombre entró en el quiosco del aeropuerto sin ninguna intención en particular.
Aún le quedaba tiempo antes de embarcar.
Demasiado para quedarse sin hacer nada y no lo suficiente para empezar algo.
Recorrió los estantes distraídamente, como suele hacerse en esos quioscos de aeropuerto donde se mezclan golosinas, pequeños objetos, periódicos, revistas y los libros de moda.
Una niña estaba sentada en el suelo, apoyada contra la parte baja de una estantería.
Con las piernas recogidas, parecía haber levantado una frágil barrera entre ella y el resto del mundo.
Leía un cómic, completamente absorta en las aventuras del último Astérix, y ni siquiera se dio cuenta de que él estaba allí, observándola.
Una sonrisa cruzó el rostro del hombre. Él también solía leer cómics así, entre los estantes de las tiendas, hasta que… Miró hacia el mostrador.
Era evidente que el vendedor empezaba a impacientarse.
—Chloé, ven. Tenemos que embarcar.
La voz llegaba desde la entrada del quiosco.
Por supuesto, la niña no se movió. Tuvieron que llamarla una segunda vez, y luego una tercera, antes de que finalmente se decidiera a cerrar el álbum. Se levantó de un salto y echó a correr hacia su madre. Con las prisas, chocó de lleno contra el hombre.
Un libro resbaló de la estantería y cayó a los pies de ambos. Durante un instante, ninguno de los dos se movió. La niña miró el libro. Luego miró al vendedor. Después al hombre. Se agachó rápidamente, recogió el libro y se lo tendió con una seriedad inesperada.
—Deberías leerlo.
No le dio tiempo a responder. Dio media vuelta y desapareció entre la multitud de pasajeros.
El hombre se quedó allí, con el libro en la mano. Bajó la mirada. El título no le decía nada.
Después de todo, aquel o cualquier otro… qué más daba. Se dirigió a la caja. El vendedor, hasta entonces impasible, esbozó una sonrisa. El lomo del libro estaba ligeramente dañado.
Un poco más tarde, en un rincón de otro aeropuerto, el hombre abrió el libro. En la primera página en blanco escribió una frase. Una frase sencilla. Después cerró el libro, lo dejó sobre un banco y se alejó sin mirar atrás.
Todavía no sabía que aquel gesto, insignificante en apariencia, acababa de poner algo en movimiento. Algo que, a partir de ese momento, escaparía por completo a su control.