Capítulo 33 #2
—Eh... ¿quién es?
—¡Ay, Bee! Soy la madre de Luca.
Sentí que el color abandonaba mi rostro y que cada hueso de mi cuerpo perdía su fuerza. Fui incapaz de hablar.
—¿Sigues ahí?
—Sí.
—Bee, ha habido una avalancha donde Luca y sus amigos estaban escalando.
—Por favor, no —susurré.
—¡No, no, cariño! —se apresuró a decir—.
Está bien. Está a salvo. Estuvieron desaparecidos más o menos un día, pero por suerte consiguieron encontrarse y mantenerse lo más abrigados y unidos posible hasta que los rescataron y los trajeron de vuelta a casa.
Está lleno de magulladuras y se ha roto la pierna bastante mal, así que le han operado para ponerle unos clavos; además, sigue tomando unos analgésicos bastante fuertes, por lo que está un poco atontado.
—Vale —dije, incapaz de encontrar otras palabras mientras mi mente intentaba asimilarlo todo y lo cerca que habíamos estado de perderlo para siempre.
—En cuanto lo vi, le pregunté si debía llamarte. Sé lo que ha pasado, pero dadas las circunstancias...
—Mmm, ya.
—Me hizo prometerle que no lo haría.
—Ya —respondí, dejando que las lágrimas fluyeran con libertad. Sabía que me estaba ganando miradas furtivas por encima de los monitores de los demás, pero me daba igual.
—Le dije que querrías saberlo, pero siempre ha tenido una vena muy testaruda. Eso le ha llevado a estar donde está hoy, pero te juro que a veces me saca de quicio.
Se me escapó una pequeña risa estrangulada, teñida de dolor.
—Por fin hoy ha estado despierto el tiempo suficiente como para mirar el móvil unos minutos. Sorprendentemente, sobrevivió a todo aquello.
—Lleva una funda de esas superresistentes, como las que usan los militares, para cuando se va de aventuras. —La respuesta fue automática. Conocía todos los pequeños detalles sobre Luca, al igual que él conocía los míos.
—Ah, claro. Bueno, pues eso lo explica todo. Menos mal. El caso es que ha escuchado sus mensajes. Tengo entendido que había uno tuyo.
—Sí.
—No sé qué le has dicho, pero rara vez he visto llorar a mi niño...
—¡Oh! Yo no quería...
—No, no, mia cara . Eran lágrimas de felicidad, te lo garantizo.
—¿De verdad? —dije. Ahora eran mis propias lágrimas de felicidad las que me surcaban el rostro y se acumulaban en mi barbilla antes de caer sobre el papeleo de mi escritorio.
—Sin lugar a duda. Ya se estaba quedando dormido otra vez cuando le quité el teléfono, pero tuve la sensación de que algo había cambiado.
Llámalo intuición de madre. —Soltó una risita—.
Volví a preguntarle si debía llamarte. Consiguió asentir y susurrar la palabra «por favor» justo antes de que los analgésicos hicieran efecto del todo.
—¿Puedo ir a verlo?
—Por supuesto. Estoy bastante segura de que al jefe le parecerá bien.
Volvió a reírse, y pude oír el alivio en su voz mientras me indicaba a qué hospital debía ir. Su hijo había desaparecido en una avalancha, pero lo habían encontrado vivo y, en su mayor parte, intacto. El desenlace podría haber sido muy distinto. Para todos nosotros.
Me senté en el taxi y llamé a la mano derecha de Luca, sin estar segura de si lo sabía o no.
—¡No! Le he dejado un montón de mensajes, pero no he sabido nada de él. ¡Dios! ¿Se encuentra bien?
Lo puse al corriente de todo; le hablé de los analgésicos y le aseguré que sabía que Luca le llamaría en cuanto le fuera posible.
—Por supuesto. Sin prisa. ¿Vas a ir a verlo ahora?
—Sí.
—Vale. Dile que todo está bajo control y que no se preocupe, y que me llame cuando esté listo.
—Gracias, Andy. Se lo diré.
Colgué justo cuando el taxi se detenía delante del hospital. Rezando para que el datáfono del taxista funcionara más rápido, salí corriendo hacia las puertas y me abalancé sobre el primer mostrador que vi.
—Busco la habitación 205. Luca Donato.
—Al fondo, los ascensores están a la derecha. Segunda planta.
—Gracias —dije, ya en movimiento. Como el ascensor no había llegado a los dos segundos, empujé una puerta con el letrero de «Escaleras» y subí corriendo a la segunda planta, irrumpiendo en el pasillo en busca de alguna señalización.
—Ya era hora de que aparecieras —sonrió Marco, uno de los hermanos de Luca, girándose desde la máquina de café situada cerca de la puerta.
—Me acabo de enterar —dije jadeando—. No...
Mi protesta quedó aplastada cuando me envolvió en un abrazo enorme.
—Te estoy tomando el pelo. Aunque ya iba siendo hora de que ambos entrarais en razón y estuvierais juntos. Todos hemos estado esperando pacientemente durante años.
—¿Desde cuándo un Donato ha esperado pacientemente? —Me reí al tiempo que mis ojos se llenaban de lágrimas una vez más.
—Buen apunte. Toma. —Me entregó un pañuelo limpio de un paquete que llevaba en el bolsillo—. Venga, te acompaño dentro.
* * *
La iluminación era tenue en deferencia a la silueta que dormía en la cama.
Un armazón para evitar que la ropa de cama rozara su pierna herida cubría la mitad inferior; además, su precioso rostro era un amasijo de magulladuras con los colores del arcoíris, visibles incluso con aquella luz.
Unos puntos de aproximación le mantenían cerrados dos cortes en la mejilla derecha y otro apósito le cubría una herida en la frente.
Sentí que el color me abandonaba al darme cuenta de lo cerca que habíamos estado de perderlo.
Su madre y su padre se levantaron para abrazarme; ella me apartó el pelo de la cara antes de depositar un beso en mi mejilla. No hicieron falta palabras. Sus miradas y gestos lo decían todo.
Encontré una parte intacta en la cara de Luca y lo besé con suavidad antes de sentarme junto a la cama y envolver su mano con la mía.
Sus párpados temblaron de forma breve y soñolienta antes de que sus ojos, pesados, se centraran en mí.
Aquella hermosa sonrisa iluminó su rostro cuando giró la mano para estrechar la mía, justo antes de que la medicación se apoderara de él una vez más.
Posando mi otra mano sobre las nuestras entrelazadas, supe que lo arriesgaría todo por aquel hombre, ahora y siempre.