Vivir tu mejor vida Capítulo 33
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Capítulo 33

Tia me pasó otra caja de pañuelos, sacando el primero por mí para, sospechaba yo, evitar otra rabieta de frustración como la que tuve cuando se atascó el anterior, con el resultado de que el suelo de mi habitación ahora parecía como si alguien hubiera desplumado a un pollo enorme, con la alfombra adornada con jirones blancos de papel.

Había aparecido en mi puerta esa mañana con todas las provisiones que necesitaríamos.

No quería llamarla, pero por fin me había dado cuenta de que no siempre podía enfrentarme a las cosas yo sola, y que tampoco tenía por qué hacerlo.

Y, en ese preciso instante, la necesitaba.

Cuando sonó el timbre, al abrir la puerta me la encontré allí plantada con dos cajas grandes de pañuelos tamaño familiar y un abrazo enorme.

El frágil cerrojo que había mantenido cerradas mis compuertas se desintegró por completo y ella me guio hacia el interior hasta que me acurruqué en posición fetal sobre la cama y lloré a mares por todo lo que había perdido por tener demasiado miedo a intentarlo, incluido ahora, según parecía, el único hombre sin el cual no podía imaginarme la vida.

—¿Fui la única que no se dio cuenta?

Tia hizo una mueca.

—Básicamente.

—¿Desde cuándo?

—Siempre fue bastante evidente, pero para el resto de nosotros se ha vuelto aún más obvio en el último par de años. ¿Nunca se te ocurrió pensar por qué no le gustaba ninguno de tus novios?

—La verdad es que no. Pensaba que solo era Luca llevándome la contraria para divertirse, como hacía siempre.

—Para ser sincera, yo creía que era mutuo. O sea, por la forma en que siempre te alejabas de cualquier mujer que él llevara al pub.

—No. Yo nunca lo vi de esa manera. Supongo que porque jamás se me ocurrió que fuera recíproco y siempre me sentía tan sosa al lado de ellas.

—Cariño, no lo parecías. Siempre has tenido esa visión distorsionada de ti misma, como si fueras menos que los demás, y puedo entender cómo ha pasado. Ya sabes, por tus padres y todo eso. ¿Sabías que Luca siempre te miraba de reojo cuando creía que nadie lo observaba?

Me di la vuelta y ella me miró a los ojos.

—¿Nunca te preguntaste por qué ninguna de sus relaciones duraba más de un par de noches, como mucho?

—Solo pensaba que estaba pasándoselo bien, picoteando de aquí y de allá.

—Tal vez fuera así al principio. Pero luego solo intentaba encontrar a alguien que le hiciera sentir como lo haces tú. Y nunca lo consiguió. Ni siquiera con Aneeka, que era un encanto, pero no eras tú. Tú entras en una habitación y él se ilumina.

Me removí y la miré desde donde estaba tumbada, abrazando una almohada. Tia me devolvió la mirada y asintió.

—Ajá —respondió a mi rostro interrogante.

—Bueno, estoy bastante segura de haber enfriado cualquier ardor que pudiera haber sentido. Me odia.

Sentí que las lágrimas volvían a brotar.

—No te odia.

—Ni siquiera se despidió, y mucho menos me dio un abrazo.

Y ahora se ha largado a sabe Dios dónde durante una semana.

Le pregunté si seguíamos siendo amigos y su voz tenía un tono totalmente inexpresivo.

Dijo que sí, pero no lo somos. Lo sé yo y lo sabe él.

Solo me dijo lo que yo quería oír para poder irse.

—Cariño. Le acababan de romper el corazón. Dale algo de tiempo.

—No quiero. Yo quiero...

—¿Qué quieres? —preguntó Tia, con tono serio—. Tienes que pensar en esto, Bee. Estamos hablando de Luca. No se merece que mareen la perdiz con él. Es demasiado bueno para eso, y tú también lo eres.

—No necesito pensarlo.

Tia arqueó ligeramente sus preciosas y oscuras cejas, perfectamente delineadas, a modo de pregunta.

—Quiero a Luca. —Me impulsé hasta quedar sentada—.

Quiero a Luca —repetí, esta vez con una convicción en mi voz y en mi corazón que me pareció tan correcta que supe que no había lugar a equivocaciones—.

Siempre le he querido. Solo que no lo supe hasta anoche y entonces, cuando tuve la oportunidad, salí huyendo, igual que hago siempre, justo como dijo Luca.

Pero no debería haberlo hecho. Debería haberme aferrado a ello con ambas manos.

—Pues eso es lo que tienes que hacer.

—Pero, si lo llamo, a lo mejor no contesta.

Una parte de mí se dio cuenta de que, una vez más, estaba haciendo aquello de lo que Luca me había acusado: esperar lo peor.

—No lo hará.

Levanté la cabeza de golpe; justo estaba abriendo el contacto de Luca en mi teléfono.

—¿Qué?

—El lugar donde están escalando en hielo. Me dijo que es bastante remoto y no hay cobertura. Pero volverá en una semana. Podrás decírselo entonces.

Una semana me parecía una eternidad.

—¿Crees que me escuchará?

—Es Luca. Es cabezota y está enfadado contigo, pero sí, creo que escuchará.

—¿He perdido mi oportunidad?

Tia se encogió de hombros y me dio un abrazo para intentar suavizar el golpe.

—De verdad que no lo sé, Bee. Nunca lo había visto tan disgustado como antes de irse. No puedo decirte si volverá a abrirse a eso otra vez. Lo único que podemos hacer es tener esperanza.

Asentí y Tia me abrazó de nuevo.

—Lo siento. Sé que no es la respuesta que querías oír, pero he decidido que fingir saber o no saber cosas, como el hecho de que Luca había visto a Adrian engañándote, no le hace ningún favor a nadie.

Tia me dio otro abrazo antes de irse y yo me metí directa en la ducha e hice un esfuerzo por salir del pozo de autocompasión en el que me había hundido.

Me lavé el pelo, me puse un vestido y una capa de pintalabios.

Cogí un cálido abrigo de lana color crema que apenas me ponía, pero que me encantaba, me calcé unas botas y me puse un gorro de lana con un pompón que rebotaba suavemente a cada paso.

Cerré la puerta con llave a mis espaldas y me dirigí a un parque cercano a tomar el aire fresco.

O, al menos, a lo más parecido que podía encontrar en las afueras de Londres.

De vuelta a casa, dos horas más tarde, después de haber caminado durante kilómetros, dándole vueltas y vueltas a mis pensamientos, me preparé una taza de té y me senté en el sofá, metiendo los pies debajo de mí.

Luego agarré el móvil y busqué el contacto de Luca.

Gracias a Tia, sabía que no iba a contestar, pero tenía que decirle lo que necesitaba decirle y solo me quedaba esperar que escuchara el mensaje cuando volviera a la civilización.

Respiré hondo y pulsé el pequeño teléfono verde de la pantalla. Una voz grabada me indicó que la persona a la que había llamado no estaba disponible y que dejara un mensaje después de la señal. Era ahora o nunca.

—Hola. Soy yo. Espero que te lo estés pasando genial.

—Hice una pausa y esbocé una mueca de disgusto por la banalidad del comentario—.

No sé cuándo recibirás este mensaje, o si siquiera lo escucharás entero, pero solo quería decirte que tenías razón.

Te diría que he tenido tiempo para pensar mucho, pero no me ha hecho falta.

Sabía que tenías razón anoche, igual que lo sabías tú, pero no fui lo bastante valiente para dar el salto.

Pero, como tú dijiste, la única persona que me frena soy yo misma.

Ahora me doy cuenta de eso y estoy haciendo cambios; y lo único que me asusta en este momento es que pueda haber perdido al único hombre al que he amado en mi vida.

A la mejor persona que he conocido jamás.

A la que me ha hecho reír y llorar, y me ha hecho sentir querida durante tanto tiempo.

Me aterra pensar que nunca volveré a sentirme como me sentí cuando me abrazaste y me besaste.

Supe que estaba exactamente donde se suponía que debía estar, y con la persona con la que se suponía que debía estar, y eso me asustó, porque eras tú.

Pero ya no tengo miedo. Te quiero, Luca.

Siempre te he querido. Solo ha hecho falta perderte para darme cuenta de hasta qué punto, y lo siento muchísimo.

Mi voz se había quebrado, así que colgué, secándome las lágrimas al hacerlo. No sabía si sería suficiente, pero, de un modo u otro, me alegraba de haberme arriesgado. De haber sido lo suficientemente valiente, por fin, para hacerlo.

* * *

—Pensaba que Luca volvía hoy, ¿no? —comentó Helen cuando, una semana después, entré a la cocina de la oficina a coger un batido de la nevera.

—Mmm. No estoy segura. A lo mejor su vuelo se ha retrasado o algo así.

—Pero no es propio de él no avisar si ha habido algún cambio de planes. Siempre suele estar muy atento con eso.

Asentí. Helen tenía razón. Se suponía que Luca volvía hoy.

Por lo que Tia me había contado, en teoría volaba de vuelta el sábado por la noche; ella misma me había llamado para preguntarme si sabía algo.

Y no sabía nada. A esas alturas ya habría recibido el mensaje, así que o bien no había querido escucharlo, o lo había escuchado y no había servido de nada.

Tenía el corazón hecho pedazos en el pecho y mi único consuelo era que lo había intentado.

Al final, la decisión siempre iba a depender de Luca y era algo sobre lo que yo no tenía ninguna influencia.

Helen me lanzó una mirada interrogante, la cual fingí no interpretar, esbozando una sonrisa en su lugar y regresando a mi escritorio.

Las cifras de mi pantalla se volvieron borrosas y parecían el galimatías que eran.

Normalmente, podía leer código informático sin pensar, como si estuviera en perfecto español, pero hoy mi cerebro se esforzaba por funcionar.

Le eché un vistazo furtivo al escritorio vacío de Luca y sentí que se me revolvían las tripas de nuevo justo cuando mi teléfono empezó a vibrar.

Lo agarré al instante, sintiendo un vuelco en el estómago al ver que no era Luca, sino un número desconocido; lo más seguro es que intentaran venderme algo o decirme que sabían que había tenido un accidente que, en realidad, nunca había ocurrido.

Mi dedo revoloteó sobre el botón de colgar, pero en lugar de eso pulsó el de responder.

Al menos me daría un minuto de descanso lejos de la pantalla.

—¿Dígame?

—¿Bee?