Capítulo 32
Empujando mi silla hacia atrás a toda prisa, la sujeté cuando amenazó con volcarse por el movimiento brusco.
—¿Bee? ¿Qué pasa?
—Yo... solo... lo siento. Acabo de recordar que tengo que hacer una cosa.
—¿El qué?
Darme patadas unas mil veces por haberme enamorado de mi mejor amigo, que a su vez se ha enamorado de otra.
—Nada. O sea, algo. Por supuesto. Es solo que no es tan importante.
—Si no es tan importante, ¿por qué tienes que irte en mitad de la cena?
—Pensaba que habíamos terminado.
—¿Va todo bien? —Un camarero se acercó deslizándose hacia nosotros.
—Sí. ¿Sería tan amable de traerme el abrigo, por favor?
—Por supuesto, señora. ¿Desea el señor el suyo?
Luca me observaba, con la confusión grabada en el rostro y la boca apretada en una fina línea.
—Sí. Supongo que sí.
El camarero volvió a alejarse antes de que pudiera decirle qué abrigo era. Bueno, con un poco de suerte igual salía ganando con el cambio.
—No. No hace falta que te vayas.
—Claro. Así que mejor me quedo aquí sentado solo mientras tú tienes tu momento de locura.
—¡No es un momento de locura! —le espeté en un susurro furioso.
Era consciente de que, para cualquiera que nos estuviera mirando, incluido Luca, se parecía mucho y apenas podía culparlo por la descripción.
Pero necesitaba salir de allí. Poner algo de distancia entre nosotros, y rápido.
Luca pagó mientras esperábamos a que nos trajeran los abrigos.
—Te pago mi mitad, obviamente.
—Lo que sea —respondió Luca, restándole importancia con un gesto de la mano.
—Gracias —dije al coger mi abrigo del camarero, y Luca hizo lo mismo, poniéndose el suyo con facilidad mientras yo me peleaba con una manga, presa de los nervios, lo que solo sirvió para alterarme aún más.
—Toma. —Luca alargó la mano para ayudarme, pero di un paso atrás.
—Estoy bien. —Levanté la vista cuando por fin logré meter el brazo por la manga. Me miró como si le hubiera dado una bofetada.
—Quiero decir, gracias de todos modos.
—Vale. —Tenía el ceño fruncido y la tensión en su mandíbula era tan evidente que temí que le fueran a explotar los dientes.
Pero en ese momento no podía centrarme en la confusión y el enfado que emanaban de él en oleadas.
Solo tenía que huir. Llegar a casa. Y ahora, me di cuenta, conseguir un trabajo nuevo.
La puerta se cerró a nuestras espaldas y me volví un instante para mirarlo.
—Bueno, eh, gracias por la cena. Será mejor que me ponga con mi... cosa. —Luca se mantuvo en silencio, mirándome fijamente con esos ojos oscuros de pestañas largas.
Nunca se me había dado muy bien eso de no rellenar los silencios. Luca, sin embargo, era un experto. Pero no me iba a resquebrajar. Esta vez no. No me lo podía permitir. Me di la vuelta para empezar a caminar hacia la estación de metro más cercana.
—¿Así que eso es todo? ¿Ni siquiera te despides ya? —Me detuve y me giré para mirarlo. Su rostro estaba medio en la sombra por la luz que se derramaba sobre la acera a través del cristal translúcido del restaurante.
—Ah, claro, sí. Perdón. Tengo la cabeza en mi... cosa. ¡Adiós! —Retrocedí los pocos pasos que nos separaban y me puse de puntillas para darle el más leve de los besos en la mejilla. Él no se movió.
—¿Y esa cosa es...?
—¿Qué más da? —estallé por fin. Era una mentirosa de mierda en el mejor de los casos, y bajo el escrutinio de Luca sabía que no podría mantener la farsa.
—Pues sí que importa un poco, teniendo en cuenta tu espantosamente extraña salida de ahí dentro y el hecho de que ahora parece que no quieres estar ni a quince metros de mí.
Qué equivocado estaba. El verdadero problema era que no quería ni un centímetro de distancia entre nosotros. Quería su piel sobre la mía, sus manos sobre mí, sus labios sobre los míos...
—Sabes que no es el caso.
—Desde luego, lo parece.
—Pues no lo es. Solo tengo algo que hacer.
—Vale. Pediré un coche. Te puede llevar.
—No. No pasa nada. Puedo coger el metro. Me gusta el metro.
—Odias el metro.
—Solo cuando está abarrotado.
—Deja que te pida un coche. Es más seguro. Me quedaría más tranquilo sabiendo que, al menos, te dejan en la puerta de tu ubicación misteriosa.
—No es ningún misterio. —La cara de Luca no decía lo mismo.
—En cualquier caso, el metro está bien. Pero gracias. —Volví a darme la vuelta para irme y Luca soltó un exabrupto, justo en el momento en que una pareja mayor muy bien vestida salía del restaurante. Su arrebato nos hizo dar un respingo a todos.
—Lo siento muchísimo. —Levantó las manos hacia ellos a modo de disculpa—.
Les pido perdón. No los había visto salir.
—El hombre chasqueó la lengua mientras la mujer se pegaba más a su marido, y ambos se alejaron a toda prisa unos metros calle arriba para parar un taxi.
Luca se pasó las manos por el pelo con brusquedad antes de acortar la distancia hasta donde yo seguía clavada en el sitio.
—¿Sabes qué? ¡Eres una de las personas más exasperantemente testarudas que he conocido en mi vida!
Estaba tan cerca ahora que podía oler el aroma a madera y humo de su loción para después del afeitado; y, si levantaba la mano, podría sentir la tentadora aspereza de su barba de un día sobre las líneas fuertes y marcadas de su mandíbula. Hundí las manos aún más en los bolsillos.
—Pues si soy tan jodidamente exasperante, ¿por qué no te vas a pasar el resto de la noche con tu Mujer Perfecta, ya que no tiene el más jodido defecto?
—¿Sabes qué? Puede que lo haga —replicó él.
Giré sobre mis talones para que no viera las lágrimas que tanto me había esforzado por contener y que ahora caían sin cesar mientras empezaba a alejarme de él a zancadas.
Me las limpié de un manotazo y, de repente, sentí que alguien me agarraba la mano.
Sobresaltada, me giré justo cuando Luca tiraba de mí hacia él.
Tenía los ojos oscuros y clavados por completo en los míos.
Con delicadeza, me soltó la mano y me acarició el rostro, secándome suavemente las lágrimas con los pulgares; nuestras miradas se mantuvieron entrelazadas hasta que inclinó la cabeza y rozó sus labios con los míos.
Una descarga eléctrica me recorrió entera y supe que él también la había sentido.
Un leve sonido escapó de mis labios al tiempo que toda la tensión se desvanecía, reemplazada por un instinto mucho más primario cuando Luca me apretó contra su cuerpo y me besó de verdad, con ganas, explorando mi boca con la suya mientras sus manos descendían para sujetarme lo más pegada a él posible.
Mi mente se quedó en blanco y me dejé llevar, sintiendo un calor maravilloso, como si por fin hubiera llegado a casa. Era Luca. Mi Luca... ¡Era Luca!
—¡No puedo! —Me aparté a toda prisa, buscando aire, y casi me tropiezo con una baldosa suelta al hacerlo. Los brazos de Luca me sostuvieron y, una vez recuperado el equilibrio, volví a dar un paso atrás, esta vez con más cuidado.
—¿El qué?
—Esto. Tú. Nosotros.
—Sí que puedes. Sabes que es lo correcto, Bee. Sé que has sentido lo mismo que yo. —Levanté la vista hacia él, incapaz de ocultarme. Lo había sentido, y él lo sabía.
—No todo el mundo tiene una oportunidad así, Bee. Los dos lo sabemos. Ambos lo hemos intentado con otras personas y no ha funcionado. ¿Y sabes por qué?
Negué con la cabeza, muda, mientras un sinfín de emociones daban vueltas en mi interior.
—Porque estamos destinados a estar aquí. Juntos. Tú y yo. Lo sé desde hace años, pero he tenido que esperar a que tú también te dieras cuenta.
—No lo entiendo. ¿Por qué no dijiste nada antes?
—Porque no creía que estuvieras interesada y no pensaba arruinar lo que teníamos. Pero no he conseguido que funcione con nadie más porque no son tú. Quiero más, y sé que tú también.
—¡No! ¡No, no lo quiero! —exclamé, negando con la cabeza—.
Y tú tampoco. Todo esto es por culpa de la estúpida apuesta.
Los dos hemos tenido un montón de citas desastrosas, así que cuando acabamos en un entorno parecido a una cita, con buena comida, vino y un ambiente romántico, nos parece que es lo correcto porque ya nos sentimos cómodos el uno con el otro.
No hace falta todo el postureo y las tonterías que hacemos cuando creemos que tenemos que impresionar a alguien.
Simplemente nos ha liado la cabeza y nos ha hecho perder el rumbo.
—¡Por el amor de Dios, Bee! —estalló Luca—. Yo por fin tengo el rumbo más que claro, y si tú, por una vez en tu vida, dejaras de boicotearte, verías que el tuyo también lo está.
—¿Qué se supone que significa eso?
—¡Significa que llevas años saboteándote a ti misma! Siempre con miedo a dejarte llevar y ver qué pasa.
—¡Eso no es verdad!
—¡Claro que es verdad, Bee, y lo sabes!
—He cambiado de trabajo, ¿no?
—Sí. Después de más de diez años en el mismo sitio, dejando que te machacaran un poco más cada día a pesar de que tus habilidades y tu talento te habrían permitido marcharte y conseguir otro puesto fácilmente.
Tuvieron que empujarte hasta el límite absoluto, no tenerte en cuenta para ascensos y bonificaciones incontables veces, para que por fin hicieras algo al respecto.
—No había ninguna garantía de que fuera a conseguir un trabajo.
—Lo habrías conseguido y lo sabes. La gente se daba bofetadas por ofrecerte un puesto en cuanto dejaste ese puto lugar de una vez, y sabías que siempre tendrías una oportunidad en DS en cuanto estuviera en marcha. Te pedí que te unieras a mí desde el principio.
—No quería mezclar los negocios con nuestra amistad y arriesgarme a estropearlo todo.
—¡Aaarg! —Entrelazó las manos en la nuca y miró al cielo, dándose la vuelta antes de girar de nuevo para encararme—. ¡Siempre haces lo mismo! Siempre te pones en lo peor.
—¡No es verdad!
—¡Sí que lo es! Esto de las citas por internet es el ejemplo perfecto. No lo viste como una oportunidad, sino simplemente como algo que tenías que soportar. Esperabas decepcionarte, así que eso es todo lo que viste, todo lo que conseguiste.
—¡Conseguí un montón de citas de mierda y un cabrón infiel!