Capítulo 31
—¿Cómo me las arreglo para elegirlos?
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a si soy yo. ¿Acaso tengo un chip integrado del que no sé nada que envía señales a bichos raros y capullos? —dije, haciendo el mejor arreglo de maquillaje posible con lo poco que llevaba encima.
—Posiblemente. ¿Quién sabe?
Le lancé una mirada asesina al estilo del oso Paddington y él se rio, pasándome un brazo por los hombros.
—No. Estoy bastante seguro de que no lo tienes. Un montón de gente pasa por lo mismo.
—Y por eso exactamente no quería hacer este maldito reto en primer lugar.
—Pero a veces hay que arriesgarse, Bee.
El taxi redujo la velocidad frente a la fachada sutil y elegante de un restaurante en Mayfair.
Luca pagó, rechazando con un gesto mi oferta de hacerlo yo, antes de inclinarse y abrir la puerta del coche.
Le di las gracias al conductor, salí y me apresuré bajo la lluvia para refugiarme bajo la marquesina del edificio y esperar a Luca.
Él me siguió enseguida, empujó la puerta y me hizo una seña para que pasara primero.
—¡Ah, señor Donato! ¡Qué alegría volver a verle!
Un maître se acercó con una especie de paso rápido que daba la impresión de que se deslizaba. Era elegante y eficiente a partes iguales, y me pasé un par de segundos preguntándome cuánta práctica requería aquello.
—Peter. —Luca le tendió la mano—. Lo mismo digo. Gracias por hacerme un hueco. Esta es mi amiga, Bee.
Peter hizo una pequeña reverencia y sentí unas ganas casi abrumadoras de devolverle el gesto doblando las rodillas, pero logré contenerme por los pelos.
—Encantado de conocerla, señorita Bee.
—Oh, llámeme Bee a secas. —Sonreí.
Peter asintió con cortesía y luego extendió un brazo para indicarnos por dónde debíamos ir. Me acerqué a Luca.
—Va a seguir llamándome señorita Bee, ¿verdad?
—Sin lugar a duda. —Luca giró un poco la cabeza y depositó el más ligero de los besos sobre mi pelo—. No te preocupes por eso.
Dicho esto, me puso suavemente una mano en la zona lumbar y nos abrimos paso entre las mesas, con Luca saludando con la cabeza a alguna que otra persona por aquí y por allá.
No se me pasaron por alto las miradas de admiración que atrajo mientras avanzábamos, pero a él sí.
Esa era una de las cosas que más me gustaban de él.
—¡Ostras! —susurré—. ¿Has visto estos precios?
Luca me miró desde el otro lado de la mesa y arqueó una ceja.
—Vale. Quiero pagar a medias contigo. Pero voy a necesitar un aumento, y en plan ya.
—Hecho.
—¿En serio?
—Sí. De todas formas ya estaba en el orden del día de la reunión de la semana pasada. Recursos Humanos solo está redactando el papeleo.
—¿De qué?
—De tu aumento. —Luca me lanzó una breve mirada de confusión antes de volver a la carta de vinos.
—No, me refiero a que por qué es el aumento.
—Superaste tu periodo de prueba con nota y, aunque tu predecesor era un buen tipo y eficiente en su trabajo, no estaba tan al día como tú en todas las nuevas tecnologías que van surgiendo y en el mundo de la informática en general.
El hecho de que tú sí lo estés ha supuesto que hayas sugerido e integrado nuevas ideas y tecnología en la empresa que ya le han facilitado las cosas al personal y han creado un proceso de trabajo más eficiente para todos.
Esa habilidad y dedicación no han pasado desapercibidas y se acordó concederte un aumento en reconocimiento a ello.
—Caray. —Me quedé sentada un momento, asimilándolo.
—¿Todo bien?
—¡Sí! O sea, definitivamente sí. ¡Gracias!
—No hay de qué. Es todo mérito tuyo.
Un pensamiento insistente empezó a reconcomerme.
—¿Seguro?
Levantó la vista de nuevo.
—¿Eh?
—¿Es solo por méritos propios o tú... digamos que has tenido algo que ver?
Luca dejó escapar un suspiro.
—De verdad espero que no vayamos a tener esta conversación cada vez que llegue la época de bonificaciones o de subidas de sueldo y te toque una. Lo cual no está garantizado, como habrás visto en tu contrato.
—No, ya lo sé.
—Pero no. No he «tenido algo que ver». De hecho, estaba en contra.
—¿Qué? ¿Por qué? —pregunté en un tono un poco más alto de la cuenta, provocando que un par de comensales hicieran un esfuerzo muy consciente por no volverse para mirarme, lo que era casi lo mismo que si se me hubieran quedado mirando embobados como peces esperando a que les echaran comida.
Me sonrojé y Luca sonrió. Pero a diferencia de cuando había cenado con Adrian, no me sentía fuera de lugar sentada allí con Luca.
Podía ser yo misma y no preocuparme por no estar a la altura del local...
o de la compañía. Reajusté el volumen de mi voz.
—O sea, ¿qué? ¿Y por qué? —repetí en voz baja.
—Porque me parecía que tus condiciones ya eran lo bastante buenas.
—Oh.
—A los demás les preocupaba que otra empresa nos robara tu talento. Les dije que eso era bastante improbable.
—¿Ah, sí? —repetí, esta vez a modo de pregunta.
—Bee, tuvieron que alinearse todos los planetas de todos los universos para que dejaras el otro trabajo, que pagaba fatal y que odiabas.
Sé que te gusta trabajar en DS y que te has creado otra pequeña zona de confort allí.
No eres precisamente de las que se arriesgan si tienen la opción de ir a lo seguro y aferrarse a lo conocido.
No creía que hubiera mucho peligro de que te arriesgaras en otro sitio a corto plazo.
—Eso es bastante frío por tu parte, ¿no?
—¿El qué? ¿Quieres blanco o tinto?
—Me da igual mientras esté mojado. Me refiero a que utilices así lo que sabes de mí. ¡Y no siempre voy a lo seguro!
—Bee, soy un hombre de negocios. En este mundo tienes que usar cualquier conocimiento que tengas. Y sé que no quieres que la gente piense que te estoy favoreciendo por nuestro pasado.
—Bueno, no. Obviamente...
Luca se me quedó mirando un momento y luego se echó a reír, con toda la cara animada y rebosante de alegría.
—No puedes tenerlo todo, cielo.
Hice una mueca.
—Es bueno saber que otros reconocen mi aportación y están encantados de recompensarme por ello, entonces, ya que está claro que no puedo contar contigo.
—No he dicho que no lo reconociera. Solo he dicho que ya estabas bien remunerada por ello.
No tuve respuesta para eso, así que le dediqué una suave pedorreta, lo que le hizo reír de nuevo.
—¿Qué te parece este vino? —preguntó, inclinando la carta hacia mí.
Me atraganté con el sorbo de agua que acababa de dar al ver el precio.
—¿Lleva pan de oro o qué?
—No, pero lo tienen si lo quieres.
Levanté la vista. La cara de Luca hablaba completamente en serio.
—¡Claro que no lo quiero! —respondí con cara de incredulidad—. ¿Qué sentido tiene?
Luca se quedó en silencio un momento antes de encogerse de hombros.
—Supongo que a alguna gente le gusta la idea.
—¿Y a ti? —le pregunté, ahora en serio.
—Dios, no. Me parece tan ridículo como a ti.
Ladeé un poco la cabeza.
—Pero en el pasado has comprado una botella para impresionar a una mujer, ¿verdad?
Hizo un gesto que lo mismo podía ser un sí que un no, pero que, en este caso, era un sí rotundo.
—¿Y funcionó?
—¿El qué?
—¿Impresionarla?
—La impresionó tanto que acabé llevándola a su casa en taxi y entregándosela a su compañera de piso.
—Madre mía, ¿cuánto bebió?
—Casi dos botellas enteras.
—Ay, Luca, y ni siquiera echaste un polvo con todo aquello.
—Nop. —Se rio—. Lo que sí saqué fue que me arruinó mi par de zapatos favoritos.
—¿Por qué?
—Fue a darme un beso y, en lugar de eso, me vomitó encima.
—Ostras.
—Ya. No había ninguna posibilidad de pillar un taxi a casa en ese estado, así que al menos me pegué una buena caminata.
—Cuánto lo siento.
—¿Por qué lo sientes? No fuiste tú la que me vomitó encima. Esta vez.
—Oye. Aquello fue una sola vez y tenía una intoxicación alimentaria. Y tú llevabas una camiseta y unos vaqueros viejos y destrozados. No es ni mucho menos lo mismo.
—Cierto.
—¿Volviste a verla?
—La verdad es que sí.
—Mucha gente no lo habría hecho.
—Lo sé. Supongo que pensé que a lo mejor había sido algo puntual.
—¿Pedir alcohol con metales preciosos?
—La juerga de después.
—Oh. ¿Y lo fue?
—Digamos que no hubo una tercera cita.
—Ah. —Hice una mueca de compasión.
Se rio.
— C’est la vie .
—Tiene gracia. Creo que me imaginaba que todas tus citas habían ido la mar de bien.
No puedo imaginarte teniendo una mala cita.
Siempre son con ese tipo de mujeres despampanantes y glamurosas y tú eres...
—agité una mano abarcando vagamente todo su ser—...
bueno, tú. Supongo que nunca se me había ocurrido que alguna cita tuya no hubiera ido sobre ruedas.
—¿Por qué no? ¿Te crees que tienes el monopolio de las malas citas? Créeme, no lo tienes.
—No te imaginas lo mucho mejor que me hace sentir eso.
Se rio.
—Qué mala eres.
—Qué va. —Me reí con él—. Ya sabes a qué me refiero.
—A que no eres solo tú.
—¡Sí! Es difícil no dudar cuando ninguna de las mías parece funcionar. Es difícil no pensar que debo de ser yo.
—Bee, escúchame. Lo he dicho un millón de veces y lo volveré a decir, pero esta vez, escucha de verdad.
No hay nada malo en ti. No hiciste nada mal.
Simplemente no eras compatible con esas personas en concreto por la razón que fuera, y no porque haya nada malo en ellas o en ti, sino porque todos somos diferentes en lo que buscamos.
En lo que hace que hagamos clic con esa persona especial.
—¿Y si mi clic está roto?
—Tu clic está perfectamente.
El camarero, que había elegido ese preciso instante para acercarse a la mesa, se quedó rondando un segundo. Miré a Luca. Luca me miró a mí.
—¡Clic! —dijo él, de repente, mirando al camarero—. ¡Clic!
El camarero asintió, esbozó una sonrisa pequeña y ligeramente dubitativa y nos preguntó si estábamos listos para pedir.
—¿Le importaría darnos un minuto?
—Por supuesto, señor —dijo, y se marchó hacia otra mesa.
Luca empezó a estudiar la carta.
—Sabes que ha pensado que habías dicho...
—Sí. Lo sé. Por eso estaba aclarándolo.
—¿Y sabes que lo acabas de empeorar?
—Sí. También soy consciente de ello.
—Vale. Bien. Solo lo comprobaba.
Luca levantó la vista de la carta y me miró. La risa le bailaba en los ojos y tenía una sonrisa amplia y relajada.
Ese fue el momento en que me di cuenta.
Las palabras de Tia volvieron a mí.
« Según esto, Luca busca a alguien exactamente igual que tú... »
—¿Todo bien? —preguntó, y su sonrisa se desvaneció—. De repente has puesto una cara muy rara.
—¡Ehm, no, sí! Estoy bien. —Aparté las palabras de Tia de mi cabeza—. ¡Bien!
* * *
—¿Has visto algo que te apetezca?
Después de haber engullido los platos principales, pasamos al postre. Las opciones eran abrumadoras y al final elegimos tres para compartir. No me imaginaba haciendo esto con nadie más... no quería hacer esto con nadie más...
Aparté ese pensamiento.
No seas ridícula. Es Luca. Solo estás harta por lo de Adrian y...
Corté de raíz mis pensamientos acelerados e intenté volver a una línea de conversación, y de pensamiento, más normal.
—Entonces, teniendo en cuenta que nos acercamos bastante a la fecha límite de Tia, ¿crees que vas a poder ganar este reto? Ya no queda mucho tiempo.
Moví las cejas de arriba abajo y aplaqué las oleadas que se formaban en mi estómago.
—Es muy posible.
—¿Eh?
Esa no era la respuesta que esperaba. *Ni la que deseaba*, añadió mi subconsciente para no ayudar.
—Creo que muy bien podría demostrar que se puede encontrar el amor incluso cuando hay citas por internet de por medio.
—Ah. Claro. Así que... ehm... ¿crees que has encontrado el amor de tu vida?
Mi estómago daba vueltas como una marejada que supondría un peligro para la navegación, y sentí que me invadía un calor pegajoso seguido inmediatamente por un sudor frío.
—Sí. ¿Estás bien? —Se inclinó hacia delante—. ¿Necesitas un vaso de agua? —preguntó, mientras ya me servía uno.
Me bebí el agua de un trago e hice un gesto circular con la mano para que continuara, deseando con todas mis fuerzas no repetirle la jugada de su cita del pan de oro.
—Para ser sincero, no ha sido algo del todo inesperado.
—Así que ¿es alguien con quien ya habías salido antes?
—Sí.
—¿Eso entraba en las reglas? Tienes un poco de ventaja —lo piqué, forzando un tono desenfadado en la voz que, sin duda alguna, no sentía.
—Ella está en la app . Eso significa que cuenta.
No podía discutir eso.
—Así que sigue soltera también, entonces. Ha habido suerte.
—Mucha.
—¿Y bien? Venga, cuenta —lo animé, sin querer oír ni media palabra, pero incapaz de no saberlo, queriendo saber por puro masoquismo todo sobre la mujer que por fin le había robado el corazón a Luca Donato.
Dándome cuenta, demasiado tarde, de que había deseado ser yo y sabiendo ahora que nunca lo sería, que nunca podría serlo.
Luca levantó la vista hacia el camarero y asintió a modo de agradecimiento mientras hablaba, justo cuando el hombre trajo el café y un platito con diminutos bombones artesanales.
Una parte de mí quería coger el plato y volcar todo el contenido por el gaznate mientras me regodeaba en la miseria, al tiempo que la otra mitad intentaba controlar un estómago revuelto que no quería tocar, ver ni oler nada de aquello.
En ese momento ganaba lo segundo, pero por muy poco.
—Es increíble —empezó Luca, y sentí cómo me subía la bilis—.
Es preciosa, divertida y listísima. Me da mil vueltas, aunque ella nunca lo admitiría.
Me hace reír casi todos los días que hablo con ella o la veo y, cuando lo hago, siento como si alguien le hubiera subido un poco el brillo al mundo.
Todo, incluso los días de mierda, es mejor solo por estar cerca de ella.
—Suena... ehm... guay.
De repente me había convertido en una adolescente de los ochenta. Luca no parecía haberse dado cuenta. Su rostro había adquirido una cualidad casi luminiscente mientras hablaba de su nuevo amor. Era una expresión que no le había visto nunca.
Fue en ese instante cuando lo supe. Supe que lo había perdido y no me había dado cuenta de lo mucho que lo amaba hasta ese mismo momento. El dolor fue tan crudo, tan atroz, que pareció físico, robándome todo el aire de los pulmones y estrujándome el corazón hasta que no quedó nada.