Capítulo 30 #2
—¿Eso es lo que crees que fuiste, lo que eres, para mi familia y para mí? ¿Un caso de caridad? —Tenía el rostro tenso por la emoción, y ya había sacado las manos de los bolsillos. Se pasó una de ellas por la mandíbula en tensión. Levanté la vista hacia él y vi el dolor en sus ojos.
—No lo decía a malas...
Incluso a mis propios oídos eso no sonaba muy bien, y la expresión de Luca dejó claro que opinaba lo mismo.
—¿Y qué otra forma de decirlo hay exactamente, Bee?
Desde el momento en que te conocieron, formaste parte de la familia.
Punto. Se acabó. Ni más ni menos. Nunca se les pasó por la cabeza hacerlo para hacerle un favor a nadie, ni porque sintieran que debían darte algo de cariño cuando tus propios padres no tenían tiempo.
Ellos son así. Pensaba que lo sabías y, francamente, no me hace ninguna gracia que pienses que lo hicieron por cualquier otro motivo.
—¡No digo que no sean amables! Te lo estás tomando mal. ¡No me refiero a eso! —intenté explicarle.
—No. Pero estás diciendo que tenían segundas intenciones.
Su única intención era acoger a una amiga mía y, como te cogieron cariño de inmediato, cualquier oportunidad de que formaras parte de la familia era una alegría para ellos.
Y lo sigue siendo. Se les rompería el corazón si supieran que eso es lo que piensas.
—¡Pero si ni siquiera hablo italiano!
—¿Y qué? La mujer de Marco tampoco. Eso da igual. No es un requisito indispensable para quererte o para que formes parte de nuestra familia. ¡No me puedo creer que estemos teniendo esta conversación a estas alturas de la vida!
La vergüenza se apoderó de mí, y más lágrimas corrieron hacia mi barbilla, donde sospechaba que también se había acumulado ya la mayor parte de mi maquillaje de ojos.
Me lanzó una mirada.
—¿Esto tiene que ver con aquella vez que nos pillaste a mamá y a mí?
Me encogí de hombros, y él echó la cabeza hacia atrás un momento, clavando la vista en el cielo antes de volver a mirarme. La frustración que desprendía, claramente dirigida hacia mí, me hizo desear en cierto modo que se hubiera quedado mirando hacia arriba.
—Si te sirve de consuelo, nadie más en mi familia sabe de qué va eso tampoco. Bueno, sospecho que papá sí, porque es lo normal. Pero es algo entre nosotros. No eres menos parte de la familia por eso. En las familias no siempre se comparte todo entre todos.
—Pero siempre daba la sensación de que vosotros sí...
Me sentí un poco estúpida. Dicho en voz alta, esa cosa que me había estado reconcomiendo durante tanto tiempo no parecía para tanto. Y, probablemente, ni siquiera había tenido nada que ver conmigo en absoluto. Era solo algo privado. Realmente me consideraban parte de la familia.
—Lo siento. Solo di por hecho que eso es lo que pasaba en las familias, sobre todo en la vuestra. Supongo que he exagerado.
Luca levantó una ceja, dándome la razón.
—Para ser justos, estuviste un poco rara un tiempo después de aquello.
Lo aceptó.
—Lo estuve. Y sé que el conocimiento de las interacciones familiares no es precisamente tu punto fuerte, teniendo en cuenta que eres hija única y la interesante perspectiva de tus padres sobre la crianza.
Dio un paso para acercarse y yo levanté la barbilla para mirarlo a los ojos, de pronto incapaz de apartar la vista de él.
—Pero cada familia es un mundo, Bee. Todas funcionan de manera diferente. Y la tuya propia probablemente funcionará de una manera distinta, a su vez.
Bajé la mirada.
—No veo que eso vaya a pasar a corto plazo.
Luca deslizó el meñique bajo mi barbilla, animándome suavemente a que volviera a mirarlo.
—No estés tan segura. Eres una mujer increíble cuando te permites a ti misma creértelo, y permites que los demás se lo crean también.
—Estabas en el bar, ¿verdad? He acabado dejando que me tomaran por tonta, tal como dijiste. Eso, amigo mío, no es increíble.
—Nunca debería haber dicho eso. Estaba enfadado y frustrado, y solté algo de lo que ahora me arrepiento. Aquí solo hay un idiota, y es él, no tú. Tuvo la oportunidad de estar contigo y la desperdició. La verdad es que se merece un premio por ser tan imbécil.
Intenté no sonreír.
—Y no te creas que no me doy cuenta.
Lo intenté con más fuerza.
—Y en cuanto al resto de tu rabieta... ¿Un trabajo desastroso?
—No el actual, por supuesto. Me refería al de antes.
Todos me habíais dicho que lo dejara un montón de veces, y tendría que haberlo hecho.
Al igual que todos me decíais que volviera a la universidad, pero me daba miedo.
Miedo de abandonar la zona de confort que me había construido a mi alrededor, que ahora me doy cuenta de que era más un lastre que una ayuda.
Me apoyé tanto en sus muros que nunca quise salir de ellos.
Me sequé una lágrima con el dorso de la mano, dando ya por muerto mi maquillaje.
—Y está claro que Tia también pensaba que yo estaba ciega con respecto a Adrian. No me puedo creer que no me dijera nada.
—Ella quiere que seas feliz. Creo que tenía la esperanza de que todo saliera bien.
—Pero puso a un caballero andante en la recámara por si acaso.
—Pasaba por aquí.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué pasabas por aquí? Tu casa pilla en la otra dirección.
Se quedó callado un segundo de más.
—¡Dios mío, tenías una cita! Dijiste que no.
—Tenía una cita. En tiempo pasado.
Di un paso atrás y le tiré un poco de la manga hacia arriba. Tenía las manos heladas.
—¿Qué hora es? ¿Aún llegas a tiempo? ¿Y dónde están tus guantes?
Él se echó a reír y atrapó mis manos inquietas.
—Mis guantes están en el coche.
—Pues ahí no te sirven de mucho.
—Cierto. Y no, ya no llego a tiempo.
—¿Porque te has parado aquí a perder el tiempo? —Mi voz subió un tono.
—No. Aneeka canceló anoche.
Fruncí el ceño.
—O sea, ibas en esta dirección, ¿por...?
—No pensaba desperdiciar una reserva en un restaurante fantástico solo porque me haya quedado sin cita.
Me volví a morder el labio.
—Venga. Pregúntalo. Sé que te mueres de ganas.
—¿Por qué canceló?
—Resulta que no soy tan irresistible como dicen los rumores. —Me guiñó un ojo.
No le devolví la sonrisa.
—¿Y ya está?
—¿Con Aneeka?
—Sí.
—Síp. Me lo dejó bastante claro.
—Lo siento muchísimo, Luca. Deberías haberlo dicho. Sé que ella te gustaba de verdad.
—Sí, me gustaba. Pero, para ser sincero, también sé que no era la definitiva.
—Parecíais felices juntos.
—Creo que quería serlo. Pero al final... —Se encogió de hombros de un modo muy italiano que resumía todo lo demás—. ¿Quieres que vayamos a cenar algo?
—¿Por qué no? No podemos dejar que se te vea triste y solitario en una mesa para uno.
Me miró de reojo y paró un taxi, renunciando a caminar, ya que las nubes acababan de formar un sindicato y habían votado a favor de descargar una lluvia que calaba hasta los huesos sobre la ciudad.
—Tia y Jono han hecho que esto de encontrar el amor en internet parezca pan comido. Personalmente, creo que deberíamos denunciarlos por publicidad engañosa.
—Sí. Es más difícil de lo que parece. O tal vez más fácil.
Hice una mueca.
—Eso es muy críptico. Explícate.
—En otro momento. Me muero de hambre.
—¿Adónde vamos?
—Te lo dije. A Bianco Nero.
Se me iluminaron los ojos.
—¿En serio? Pensé que lo habías dicho solo porque te comenté que Adrian llevaba siglos intentando conseguir mesa sin éxito y querías fastidiarlo.
El taxi paró, nos metimos dentro y Luca dio la dirección antes de continuar la conversación.
—Eso ha sido solo una feliz coincidencia y un extra para poder ver la expresión de su cara de engreído.
Miré por la ventanilla un rato, asimilando los colores de las luces de Navidad reflejadas en los charcos y en las aceras mojadas y relucientes.
Las calles seguían llenas de gente que salía a pasar la noche y de la habitual masa errante de turistas que acogía Londres, fuera la época del año que fuera.