Capítulo 30
—¿Qué demonios ha sido eso? —pregunté, alejándome de él y cerrándome el abrigo sobre el cuerpo, y solo en cierta medida para protegerme del frío. Una parte de mí sentía que el gesto podría ayudar a protegerme de, al menos, un poco de la confusión y la decepción que sentía en ese momento.
—¿El qué? —Abrí los ojos hasta tal punto que pensé que se me iban a salir de las órbitas.
—¿Cómo que «el qué»? ¡Sabes perfectamente el qué!
—¿Eso? —Dio un leve cabeceo hacia atrás, en la dirección de la que veníamos.
—¡Sí! ¡Eso! —le espeté, imitando su gesto con sarcasmo.
—Tia me llamó y me dijo que habías ido a darle una sorpresa a ese imbécil.
—Volvió a señalar con la cabeza, con las manos hundidas en los bolsillos de su carísimo abrigo azul petróleo de lana merina, de corte impecable.
Yo estaba con él cuando se lo compró; había desembolsado el equivalente a un mes de alquiler de mi mundo mientras yo me quedaba tiesa, asegurándome de no tocar nada en la tienda por si acaso me tocaba pagarlo.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque está preocupada por ti. Todos lo estamos. Nadie quiere verte sufrir otra vez y, por todo lo que hemos visto y oído sobre él, la cosa iba claramente en esa dirección.
—¿Y qué? ¿Te ha enviado a espiarme? —Para entonces, yo ya había empezado a caminar de un lado a otro en un pequeño tramo de la acera. Luca seguía firmemente plantado en el sitio.
—¡Claro que no! —Había sacado las manos de los bolsillos y gesticulaba mientras hablaba.
—Ah, entonces, ¿has venido solo para presenciar mi humillación de primera mano? Para asegurarte de captar todos los detalles y poder contarles la historia a los demás con precisión.
La farola bajo la que nos habíamos detenido daba luz suficiente como para dejarme ver que el rostro de Luca se ensombrecía.
—Ese no es el motivo y lo sabes de sobra. Ese comentario es indigno de ti y una falta de respeto hacia la gente que te quiere.
Sabía que tenía razón, pero no podía parar.
—¿Hacia ti, te refieres? Perdona, ¿se supone que debo echarte los brazos al cuello y darte las gracias por llegar galopando en tu corcel blanco para rescatarme de mi irremediable apuro y estarte eternamente agradecida?
—No. Me refería a Tia y a Jono. Han estado muy preocupados por ti.
—¡Solo están preocupados porque tú les metiste en la cabeza que Adrian me estaba engañando y los alarmaste!
—¡Te estaba engañando! Joder, Bee. ¿Cuántas pruebas más necesitas?
Te dijo lo que querías oír para meterte en la cama, igual que probablemente se lo dijo a la rubia con la que estaba cuando lo vi, y a esa mujer de esta noche.
No está en esa página para conocer a nadie con intenciones que vayan más allá del sexo.
¡Incluso tú debes de darte cuenta de eso a estas alturas!
Sí me daba cuenta. Pero darse cuenta y aceptarlo eran dos cosas muy distintas. La segunda prometía toda una nueva ola de humillación y no estaba segura de si ya estaba preparada para afrontarla.
—¿Bee?
Ambos nos giramos al oír la voz y vimos a un hombre que caminaba a paso ligero hacia nosotros.
—Hola. —Sonrió, pero pude ver la preocupación y la lástima en el rostro de Damon.
—Esperaba alcanzarte, pero te perdí de vista.
—Ah. Bueno, pues aquí estoy. —Le devolví una sonrisa incómoda—. Por cierto, gracias por no delatarme sobre el verdadero motivo por el que había ido allí.
Negó rápidamente con la cabeza.
—Faltaría más. Nunca haría algo así. Solo quería comprobar que estabas bien. A veces Adrian puede ser un auténtico capullo. Uy, perdona. —Le tendió la mano a Luca—. Damon Reilly. Tú eres Luca Donato, ¿verdad?
Luca le estrechó la mano y asintió.
—Así es.
—El diseño es una de mis aficiones, así que leo todas las revistas y vi el reportaje sobre ti y ese sitio tan increíble que diseñaste en Barcelona el año pasado. Es impresionante. Y muy innovador, además.
—Gracias.
Me mordí el labio, a la espera. Damon volvió a centrar su atención en mí.
—Sí. Bueno, a lo que iba, solo quería asegurarme de que estabas bien. O sea, Adrian hace esto todo el tiempo. Nunca puedo seguirle la pista de con qué mujer queda en qué noche. Me asombra que él sí pueda. A veces queda con dos en una misma noche.
Recordé la vez que me había dicho que tenía una urgencia de trabajo y luego me llamó tarde, diciendo que estaba libre. ¿Acaso había estado con otra mujer en una visita exprés de por medio y planeaba volver a mi cama justo después? Sentí un vuelco en el estómago.
—No dejo de decirle que no puede tratar así a la gente. No si ellas no lo saben. A algunas no les importa. Tampoco buscan exclusividad, como Brandy, la que está ahí dentro. Tuvieron algún tipo de rollo en el pasado, y ella ha venido de Estados Unidos y se está quedando con él estos días.
«Lo descubrimos en un viaje al valle de Napa… Tengo a una amiga quedándose conmigo unos días…» Ahora todo cobraba sentido.
Damon prosiguió:
—Pero sabía que a ti no te había dicho nada, y cuando nos comentó que no eras tan fácil de llevar a la cama, se lo tomó como un reto personal. Discutimos por ello más de una vez.
Me daba vueltas la cabeza y, a juzgar por la repentina expresión de preocupación en el rostro de ambos hombres, debía de haberme puesto tan verde por fuera como me sentía por dentro. Luca me apoyó una mano en la espalda para darme estabilidad.
—¿Estás bien?
Asentí, con cuidado de hacer un movimiento muy suave.
—Lo siento. No quería ser tan brusco. No siempre se me da bien eso del tacto. Cara, mi prometida, es médico y siempre me dice que mi actitud con los pacientes necesita práctica. —Su expresión era grave.
Sonreí para indicarle que no pasaba nada.
—Pareces un tío decente. ¿Por qué eres amigo de alguien como él? —preguntó Luca.
—Hemos trabajado juntos mucho tiempo en distintos sitios. Supongo que en parte es la costumbre, pero, además, él antes no era así. En el fondo, hay un buen tipo. Creo que el dinero se le ha subido un poco a la cabeza, lo cual es una lástima.
Luca lo miró con escepticismo, pero yo lo entendí.
Había habido algo bueno en Adrian. Simplemente, no había sido suficiente.
Quizá yo lo sabía y no había querido creerlo, o quizá lo sabía y lo creía, pero disfrutaba de la sensación de formar parte de algo.
Parte de la vida de otra persona. Alguien que me deseaba.
Alguien a quien mi presencia le importaba de verdad.
Pero, al final, nada de eso había sido cierto.
Me había deseado, sí, pero brevemente y solo como un reto.
Una forma de demostrarse algo a sí mismo, mientras buscaba alternativas en el mercado.
Todo había sido mentira. Mis padres apenas se esforzaban por ocultar el hecho de que yo era un estorbo para ellos, mientras que Adrian, sencillamente, había fingido que no lo era. No estaba segura de qué era peor.
El teléfono de Damon empezó a sonar. Lo sacó y miró la pantalla.
—Es Cara. Será mejor que lo coja. Solo quería comprobar que estabas bien.
—Gracias.
—Me alegro de que ahora hayas encontrado a alguien que te viene bien.
—Ah, no, no somos...
—Gracias, tío. Será mejor que lo cojas. Encantado de conocerte.
Luca le ofreció la mano y Damon se la estrechó mientras contestaba al teléfono con la izquierda; asintió hacia Luca, me tocó el hombro con suavidad y levantó la mano para despedirse, todo ello sin dejar de charlar animadamente con su prometida.
—¿Por qué me has impedido decirle que esto no es real? —Hice un ademán con la mano entre los dos.
—Porque no necesita saberlo. Parece buen tipo, pero la gente se va de la lengua sin querer cuando está con sus amigos, sobre todo después de unas cuantas pintas. Así, al menos, no se sentirá mal si se le escapa algo por accidente.
Tenía sentido. Damon había sido muy majo y odiaría pensar que se iba a sentir mal si salía a la luz que el numerito de Luca había sido exactamente eso. Solo un numerito.
—No hacía falta que vinieras esta noche. Sé cuidarme solita.
—Que sepas cuidarte sola no significa que debas hacerlo siempre…
Tú lo haces por los demás. He perdido la cuenta de las veces que has hecho de niñera de emergencia o has ayudado en una crisis informática y, con la cantidad de pantallas que todos tenemos hoy en día, eso es cada vez más frecuente. Y haces todo eso sin quejarte.
—No me importa hacerlo.
—Entonces, ¿por qué esto es distinto?
—Porque... —Ladeó la cabeza, a la espera, y yo le di un toquecito en el brazo—. Estoy intentando encontrar las palabras adecuadas.
Luca respiró hondo y se sopló las manos para calentárselas antes de volver a metérselas en los bolsillos.
¿Por qué era distinto esto?
Formulé las palabras.
—Porque tengo la sensación de que ninguno de vosotros cree que sea capaz de cuidarme sola.
De que habláis a mis espaldas sobre mi desastroso trabajo y mi desastrosa vida amorosa, y vosotros lo tenéis todo tan bajo control que eso puede hacerme sentir peor.
A veces parece que soy una especie de proyecto personal o un caso de caridad, igual que lo fui para tu familia cuando éramos pequeños.
Tenía la garganta en carne viva, áspera, y me estaba esforzando al máximo por no llorar, pero el cálido goteo sobre la piel fría de mis mejillas me indicó que también había fracasado en ese frente.
Luca permaneció en silencio mientras yo rebuscaba en el bolso el minipaquetito de pañuelos que siempre llevaba allí.
Sonándome la nariz de la manera menos elegante posible, pensé que menos mal que los gestos románticos de Luca de esa noche eran fingidos, porque de lo contrario probablemente yo habría apagado un poco la pasión.
Nunca entendí cómo había mujeres que podían llorar y acabar con los ojos delicadamente enrojecidos mientras se secaban la nariz con suavidad, cuando cualquier lágrima por mi parte se traducía en la piel llena de ronchones, una nariz roja acompañada de sonadas de mocos rotundamente vulgares, y unos ojos como si me hubiera peleado con dos abejas muy cabreadas.