Vivir tu mejor vida Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

—Ves. Sabía que te pondrías rara. Por eso no te hablé de las otras.

¿Otras? ¿En plural? Decidí que no quería saberlo.

—¿Sabes qué? Da igual. He venido aquí esta noche para decirte que esto nuestro no me funciona.

—Ah, vale. Sí. Ya me extrañaba.

—¿Qué significa eso?

—Por unas cuantas cosas, la verdad. Por ejemplo, no siempre pareces sentirte cómoda en los sitios exclusivos que a mí me suelen gustar, así que eso es un poco problemático.

—¡Me siento perfectamente cómoda! —repliqué con brusquedad.

—No pasa nada. —Me puso una mano condescendiente en el brazo—. Algunas personas que no están acostumbradas a esos ambientes pueden sentirse un poco fuera de lugar.

—He dicho que estaba bien.

—Y eres un poco... No, ya da igual. En cualquier caso, ha sido divertido. Buena suerte y todo eso.

—¿Soy un poco qué? —Alargué el brazo y lo detuve.

—No pasa nada. Da igual.

—Dímelo —exigí, apretando el agarre en su brazo, algo de lo que no me di cuenta hasta que hizo una mueca de dolor. Luca siempre decía que yo era más fuerte de lo que parecía.

—Vale —dijo, frotándose el brazo—. Estás tensa en la cama. No eres precisamente la más divertida.

La cara me ardió de humillación, un calor que solo fue en aumento cuando un pequeño grupo cercano se giró y empezó a intercambiar miradas; a todas luces, habían escuchado la declaración de Adrian.

—Qué curioso. A mí nunca me lo ha parecido en absoluto —afirmó una voz profunda, al tiempo que unos fuertes brazos se enredaban en mi cintura desde atrás y me pegaban a su cuerpo, dejando en el aire la insinuación de que quizá el problema no era mío para nada.

Se me erizó la piel mientras me subían los colores a las mejillas, pero entonces ya no estaba segura de si era por la acusación de Adrian o por el áspero tono cargado de deseo de la voz que lo contradecía.

Conocía esa voz y conocía esos brazos. También sabía que no tenía ni puñetera idea de cómo era yo en la cama. Luca me plantó un beso en un trocito de piel desnuda del cuello.

—Siento llegar tarde. Me ha surgido un imprevisto en el último minuto.

Me giré y contuve el aliento cuando los ojos de Luca se clavaron en los míos con una mirada capaz de provocar un incendio forestal.

Atónita, me lo quedé mirando un segundo más y la sonrisa resultante de Luca no hizo sino avivar las llamas.

Tragando saliva con dificultad, me volví de golpe para encarar a Adrian.

No estaba muy segura de cuál era el plan de Luca, pero, en ese momento, lo apoyaba con todo mi ser solo por presenciar la cara que se le había quedado a Adrian.

—¿Te estás viendo con él? Creía que habías dicho que solo erais amigos.

Me encogí de hombros, sabiendo que yo era malísima mintiendo y queriendo salir de allí con al menos un mínimo ápice de dignidad intacto.

El grupo de nuestra derecha nos estaba observando ahora de forma furtiva, y vi que un par de las mujeres comparaban en silencio a Luca y a Adrian.

Por su intercambio de miradas, intuí que Luca estaba ganando por goleada.

Luca intervino por mí:

—Ya sabes cómo pasan estas cosas a veces. De pronto te das cuenta de que la persona adecuada ha estado ahí, delante de tus narices, todo este tiempo. Y, simplemente, todo encaja.

—Ja. —El labio de Adrian se curvó en una mueca de desprecio, y me di cuenta de que en realidad no lo conocía en absoluto. Había conocido lo que él quería que yo conociera. Y quizá solo había visto lo que yo quería ver.

—No creía que fueras de las que se acuestan con unos y con otros —espetó él, mientras Brandy se acercaba hacia nosotros.

Luca se tensó a mi espalda, pero apoyé las manos sobre las suyas para indicarle que estaba bien. Me mantuve callada, pero clavé la mirada en Adrian con una expresión que le dejó meridianamente claro lo que opinaba de su comentario. Él apartó la vista.

—¿Y este quién es? —suspiró Brandy de forma soñadora, mirando a Luca embelesada—. ¿No nos vas a presentar?

—Luca Donato —respondió Luca un instante después, al ver que estaba claro que Adrian no tenía la más mínima intención de hacerlo.

Le estrechó la mano que ella le tendía muy brevemente antes de soltarla y volver a rodearme la cintura con su brazo.

La decepción y un poco de sorpresa cruzaron el rostro de ella.

Estaba claro que estaba acostumbrada a causar mucho más impacto en los hombres que ese.

Para ser justos, no era la única que se encontraba en un ligero estado de desconcierto.

—¿Lista para cenar? He pensado que podríamos probar el Bianco Nero —dijo Luca, girándome para que lo mirara.

Adrian soltó un bufido.

—Nunca conseguiréis entrar ahí. Está reservado con meses de antelación. Tienes que ser una estrella de Hollywood o de la realeza para que te den mesa.

Luca me apartó un mechón suelto de pelo detrás de la oreja y sonrió; por un momento, todo su ser se centró en mí como si yo fuera el Sol y él la Tierra, orbitando a mi alrededor de forma feliz y dependiente.

Tragué saliva, recordándome a mí misma que no debía dejarme embaucar por aquello.

Que, por la razón que fuera, Luca estaba interpretando un papel y, si eso significaba no parecer tan idiota delante de Adrian y los demás, entonces podía seguirle el juego.

Pero daba la impresión de que Luca se había equivocado por completo de profesión.

A juzgar por la actuación de esta noche, había un Globo de Oro con su nombre escrito por todas partes.

Giró la cabeza para mirar a Adrian y se encogió de hombros.

—Supongo que eso depende de a quién conozcas.

Brandy estaba prácticamente babeando, y de repente parecía mucho menos enamorada de su propio acompañante. Adrian, por su parte, se había puesto de un color rojo violáceo.

—¿Lista? —me preguntó Luca, antes de que Adrian pudiera articular ningún tipo de respuesta.

Asentí.

—Ah, solo una cosa más, Adrian. Una vez me dijeron que no me merecías, pero pensé que esa persona se equivocaba. Ahora me doy cuenta de que siempre tuvo razón. Merezco a alguien mucho mejor que tú.

Le dimos la espalda; Luca me cogió de la mano y me la apretó suavemente en señal de apoyo mientras nos abríamos paso de vuelta entre la multitud para salir a la calle.

Dimos unos cuantos pasos así, hasta que perdimos de vista el bar.

Luca no había abierto la boca, pero yo tenía todas las palabras zumbándome en la cabeza y, de repente, empezaron a salir a borbotones.