Capítulo 29
Me pasé un pulgar por debajo de cada ojo frente al espejo del ascensor y sorbí por la nariz.
Muy atractiva. Rebusqué en el bolso, me volví a pintar los labios y me cepillé un poco el pelo.
No estaba perfecta, pero sí mejor. El ascensor frenó hasta detenerse y salí al vestíbulo, que resonaba con eco; las luces del inmenso árbol de Navidad que lo dominaba ahora parpadeaban con fuerza.
Salí a la fría calle de la ciudad. Hacía un frío helador que hizo que me lloraran los ojos.
Al menos podría usar aquello como excusa si alguien me preguntaba por qué los tenía un poco enrojecidos.
Con la cabeza gacha y la bufanda subida, caminé a paso ligero por la zona peatonal contigua al edificio de oficinas hacia la estación de metro más cercana. Un mensaje sonó en mi teléfono. Tia.
Hola, cielo. ¿Estás bien? ¿Qué haces?
Hola. Bien.
No tenía energía para meterme a explicarle otra pelea más con Luca. Además, solo conseguiría disgustarla.
Estoy yendo a sorprender a Adrian al bar.
Ah. Ya. ¿No sabe que vas?
No. No habíamos quedado en nada, pero he pensado que sería guay verle. Ha sido un día largo.
Sip. Suena genial. Vale. Hablamos luego entonces.
Vale. Te quiero.
Yo también te quiero. Ve con cuidado, besos.
Cerré el chat, volví a dejar el móvil en el bolso y me dirigí al bar favorito de Adrian.
Justo cuando estaba a punto de entrar, me sonó el teléfono.
Luca. Seguía enfadada con él y no quería decirle nada más de lo que pudiera arrepentirme, así que me quedé mirando la pantalla, esperando hasta que por fin dejó de sonar.
No apareció ninguna notificación, así que, obviamente, había decidido no dejar un mensaje en el buzón de voz.
Lo volví a guardar en el bolso y entré en el abarrotado bar.
Abriéndome paso a empujones entre la gente, fui avanzando hacia la zona donde Adrian y sus amigos solían reunirse.
Me puse de puntillas, atisbé por un hueco entre dos hombros con chaqueta de traje y vi el perfil del chico que me había mirado antes de enfrascarse en una conversación breve pero profunda con Adrian en una ocasión anterior.
Damon, ¿no? Pedí perdón para poder pasar, me colé entre ellos y me detuve a su lado.
Él se giró y me echó un vistazo; luego, volvió a mirarme.
—Hola.
—Hola —dijo, con una pizca de inseguridad en la suave cadencia irlandesa de su voz. Tenía el pelo castaño, corto y pulcramente cortado, y unos ojos de un azul intenso enmarcados en un rostro de aspecto amable.
—Eres Damon, ¿verdad? —Le tendí la mano—. Soy Bee.
Me la estrechó, asintiendo.
—Encantado de conocerte —dijo, pero su actitud no parecía respaldar sus palabras—. ¿Sabe Adrian, eh, que estás aquí?
—Todavía no. Salí tarde del trabajo y pensé en darle una sorpresa y cenar algo de paso. He oído que la comida aquí está buena.
Volvió a asentir.
—¿Está Adrian? —pregunté, mirando a mi alrededor.
Damon me dirigió una mirada que, en cualquier otra circunstancia, habría interpretado como lástima.
La había visto suficientes veces después del accidente de papá como para saber qué aspecto tenía.
Damon dio un pequeño paso a un lado. A poca distancia a su espalda, Adrian estaba apoyado en el mismísimo extremo de la barra, charlando con un hombre excepcionalmente bajito, vestido con una camisa de rayas muy llamativa y unos tirantes que se daban de bofetadas con el conjunto, alguien que, a todas luces, había visto Wall Street demasiadas veces.
—Vale, gracias. —Le dediqué una sonrisa a Damon.
Me devolvió la mirada y sonrió, pero había algo raro.
Cierta incomodidad. Tal vez no se le daban muy bien las mujeres.
O a lo mejor Adrian le había hablado de mi minúsculo y cutre apartamento y estaba claro que yo no vestía de diseñador de pies a cabeza.
Tal vez todo aquello le indicaba que iba detrás del dinero de Adrian.
Quizá el propio Damon había salido mal parado de algo así y no quería lo mismo para su amigo.
—No voy detrás de su dinero, ni nada de eso —solté de sopetón.
Los intensos ojos azules de Damon se abrieron un poco.
—Nunca he pensado eso.
—Ah. Ya. Es solo que antes os he visto a Adrian y a ti hablar de forma un poco acalorada, y yo parecía ser el tema de conversación; y ahora no pareces muy por la labor...
—Me callé, sin estar segura de a dónde iba exactamente con aquello, frenada también por la mirada de incredulidad que se estaba formando en su rostro.
—No. —Negó con la cabeza—. No tengo ningún problema contigo, en absoluto.
—Ah. Ya. Bien. Vale.
Si esto fuera una obra de teatro, las acotaciones habrían dicho insertar pausa incómoda aquí .
Como no podía reescribir este guion en concreto, sonreí, asentí y puse rumbo hacia Adrian.
El tipo bajito se fijó en mí primero y le dio un codazo a Adrian, que se giró; la risa de su rostro se borró al instante.
No era exactamente la reacción que esperaba.
Intenté no dar un paso en falso y seguí avanzando hacia él, con la sonrisa sintiéndose ya un poco forzada en mi cara.
—¡Hola! —saludé.
—Hola —respondió. Esperó un segundo y luego me dio un beso en la mejilla. Aquello no era precisamente material de novela romántica, pero entendía que algunas personas no siempre eran tan demostrativas delante de sus amigos—. ¿Qué haces aquí?
Abrí la boca para contestar justo cuando se acercaba una morena despampanante del calibre que Luca solía frecuentar.
Unas piernas largas y torneadas se paseaban sobre unos tacones de aguja altísimos, tan finos que estaba esperando a que se doblaran a cada paso.
Un minúsculo vestido ajustado rojo de manga larga remataba aquellas piernas bronceadas e interminables.
Su pelo brillante, artísticamente ondulado, caía sobre un hombro y enmarcaba un rostro maquillado a la perfección.
Caminaba contoneando las caderas, dejando una estela de miradas de admiración a su paso.
Adrian la observaba con intensidad y, cuando ella se dio cuenta, una sonrisa de Hollywood estalló en su rostro, que antes mostraba un mohín.
Una sonrisa que él le devolvió. Ella se acercó, rodeó la cintura de Adrian con los brazos y le dio un beso largo y pausado en los labios.
Un beso que él también correspondió. Supuse que, al fin y al cabo, no era tan tímido.
—Te echaba de menos —susurró ella.
—Solo ha ido al baño.
Un suave susurro llegó a mi lado y me giré para encontrar a Damon allí de pie. Puso cara de compasión. Tragué saliva e hice un levísimo gesto con la cabeza a modo de asentimiento.
—¿Quién es ella? —preguntó la chica, al verme allí plantada, todavía clavada en el sitio mientras mi cerebro se tomaba todo el tiempo del mundo para procesar la información que tenía delante. Sus palabras tenían acento. Estadounidense. Se me encendió la bombilla... California.
—Es Bee. Te hablé de ella.
¿Le había hablado de mí?
—Ah. Ya. Sí. —Sonrió, pero no había ninguna calidez en su gesto—. ¿Habíais quedado esta noche?
¡Ehh, estoy justo aquí!
—Creo que no. —Me miró de forma inquisitiva.
—Eh. No —logré articular, tratando de asimilar el hecho de que esa mujer sabía a la perfección que él se estaba viendo con otra y que, con la misma claridad, le daba exactamente igual.
Pero, por otro lado, supongo que si tenías ese aspecto, es probable que supieras que llevabas ventaja ante cualquier competencia.
Qué lástima que Adrian no hubiera tenido la decencia de compartir esa misma información conmigo.
—Yo, esto... —Me aclaré la garganta—. Solo me preguntaba si te pillaría por aquí.
A ver si podíamos hablar un momento. —Saqué fuerzas de flaqueza para utilizar el tono más informal del que fui capaz e intenté adaptar mi expresión facial al mismo, sin estar muy segura de si estaba funcionando.
Damon me echó un vistazo y esbozó la más mínima de las sonrisas, acompañada de un casi imperceptible asentimiento.
Me di cuenta de que la discusión de antes seguramente no había sido porque yo no le cayera bien o no se fiara de mí, sino por el comportamiento de su propio amigo.
Apenas lo conocía, pero ya me caía bien.
Qué hacía siendo amigo de alguien que a todas luces era un grandísimo capullo era una pregunta para otro momento.
—Claro —respondió Adrian, con el brazo aún alrededor de la minúscula cintura de la morena. No se movió.
—¿Quizá en privado? —puntualicé.
—Ah. Claro. ¿Te importa, nena? —Se dirigió a la mujer, y me sentí bastante orgullosa de mí misma por no ponerme a gritar de verdad.
Ella encogió un hombro con elegancia, cogió un cóctel a juego con su vestido y sorbió la pajita de manera seductora. Adrian vaciló. Aburrida ya, lo interrumpí.
—Solo será un minuto y tengo prisa, así que, si no te importa...
Solo esperaba que Damon no me dejara en evidencia, puesto que ya le había ido con el cuento soltándole el motivo original por el que había ido al bar. No dijo ni pío. De hecho, asomaba un atisbo de sonrisa en sus labios, que desapareció detrás de una pinta de cerveza.
—Vale. Sí, claro.
Caminé hacia una zona un poco menos abarrotada con la mayor seguridad que pude aparentar y me giré para quedar frente a Adrian.
—¿Vas a montar una escena?
—¿Una escena?
—Sí. Por Brandy.
Me encogí de hombros, aunque sentía como si alguien me hubiera metido una percha por la camisa.
—¿Y por qué iba a hacerlo?
—Algunas mujeres se ponen raras. Esperan todos esos rollos de la monogamia.
—Bueno, supongo que cuando le dices a alguien que estás buscando algo especial y que crees que podrías haberlo encontrado con esa persona en particular, es fácil entender que se ponga «rara».
—Sí, pero todo el mundo dice eso, ¿no? Es parte del juego, ¿verdad?
Para él era un juego. Todo había sido un juego. Y yo solo había sido un peón en su tablero. Por no mencionar una absoluta idiota.
—No, Adrian. No todo el mundo lo dice. Ese es el tipo de cosas que solo deberían decirse si se sienten de verdad..