Capítulo 28 #2
Mientras tanto, decidí poner rumbo al bar favorito de Adrian.
Así mataría dos pájaros de un tiro: lo vería a él y comería algo en la barra del bar.
Nunca nos habíamos quedado el tiempo suficiente para probar la comida (o, al menos, yo no), pero Adrian me había dicho que estaba buena y, por lo que había visto desfilar junto a mí en un par de ocasiones en equilibrio sobre las bandejas de los hábiles camareros, todo tenía una pinta bastante apetitosa.
Adrian había dicho que probablemente estaría allí esta noche cuando habíamos hablado ayer, pero, como los dos estábamos a tope de trabajo ahora mismo, no habíamos hecho ningún plan definitivo.
De todos modos, a veces las citas sorpresa eran las mejores.
Sabía que haberme esfumado a mitad de la última no había sido lo ideal, y tenía la sensación de que aquello había descuadrado las cosas.
Quería que volvieran a su sitio y creía que Adrian también, pero todo ese rollo del orgullo masculino se estaba interponiendo en su camino como para decirlo en voz alta.
Si no quisiera , me dije, me estaría haciendo ghosting, no llamándome .
Era algo que se podía hacer sin mucho esfuerzo, desde luego, y no habría sido mi primera experiencia recibiendo ese trato, pero esta vez no era así.
A veces las cosas simplemente requerían un poco más de esfuerzo y, tras haber sentido que me había pasado casi toda la vida de brazos cruzados dejando que las cosas me pasaran a mí, ya era hora de ser más proactiva.
—Hola.
Mientras guardaba mis cosas, no me había dado cuenta de que Luca había salido de su despacho y ahora estaba de pie a poco más de un metro de mi mesa, apoyado en la que estaba justo enfrente.
Tenía las largas piernas cruzadas de manera informal por los tobillos y las mangas de la camisa remangadas.
Era un día de los de «sin corbata», y la impecable camisa blanca contrastaba con la piel que dejaba al descubierto.
—Hola —dije, metiendo el móvil en el bolsillo exterior del bolso.
—Estás aquí muy tarde.
Levanté la vista y le dediqué una rápida sonrisa.
—Me he liado investigando.
—Parece que lo estás disfrutando.
—Sí, la verdad. —Me encogí rápidamente de hombros antes de colgarme el bolso—. Soy un poco friki en ese sentido, pero eso ya lo sabías.
Él enarcó las cejas en un gesto que al mismo tiempo cuestionaba y admitía mi afirmación, pero lo acompañó con una suave sonrisa.
—Se te ve cansado. ¿No estás durmiendo bien? —Tenía unas oscuras ojeras que no había notado antes, y había un poco menos de... vitalidad en su actitud.
—Estoy bien.
—¿Demasiadas citas ardientes con Aneeka que te dejan agotado? —bromeé.
Hizo una mueca.
—No.
Hice una pausa.
—¿Está bien tu familia?
Él asintió.
—¿Es algo del negocio? ¿Va todo bien? —Me había acercado un poco más, con mi mano sobre su antebrazo, recayendo de forma natural en nuestras viejas costumbres sin pensar, llevada por la preocupación—. Puedes contármelo, ya lo sabes. No diré nada.
Luca me tocó las yemas de los dedos de mi mano libre, con una suave risa en la voz al responder:
—Todo el mundo en casa está bien y aquí todo va bien. No estás a punto de perder tu trabajo.
Di un paso atrás, dolida.
—No lo decía por eso.
—Lo sé. Solo intentaba tranquilizarte. —Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por un ceño fruncido al que siguió una negación con la cabeza.
El momento de familiaridad se había esfumado, disuelto tan rápido como se había manifestado—.
¿Por qué todo es tan difícil entre nosotros ahora?
Siento que tengo que andar con pies de plomo contigo.
—Había una triste resignación en su tono de voz que me encogió el estómago y que fue mucho peor que si me lo hubiera dicho enfadado.
Levanté la vista y lo miré a los ojos; sostuvimos la mirada.
—No lo sé —respondí en voz baja. Con tristeza.
—Lo odio.
—Lo sé. Pero acusaste a mi novio de ponerme los cuernos. Eso es un pequeño problema.
Luca apartó la mirada, pero no contestó.
—Pedir perdón sería un buen comienzo.
Luca dio un paso atrás.
—No voy a disculparme cuando no he hecho nada malo.
Yo también di un paso atrás.
—¡Claro que has hecho algo malo!
—No. No lo he hecho. Te conté algo de buena fe. Que te niegues a reconocerlo y te parezca genial que él siga riéndose en tu cara es decisión tuya.
Apagué la luz de mi escritorio con una fuerza que no se merecía.
—¿Y te preguntas por qué las cosas están difíciles entre nosotros? Es increíble.
—¿Qué? ¿Porque soy sincero contigo? ¿Porque no te doro la píldora y finjo que todo va de maravilla, como hace Tia para no disgustarte?
—¡Mientras que a ti, por lo visto, no te importa nada disgustarme a mí!
—Claro que me importa. No seas ridícula.
—¿Sabes qué? No me extraña nada que no hayas salido a tu cita de esta noche si es así como tratas a Aneeka. Si quieres ganarme en este maldito reto, te sugiero que cambies de actitud.
—Yo trato a las mujeres con el respeto que se merecen, y lo sabes de sobra.
Mis relaciones no duraban porque buscaba a esa persona que me iluminara, con la que hubiera la química adecuada, con la que sintiera que puedo ser yo mismo.
Por eso. No porque trate mal a nadie, y no te consiento que insinúes lo contrario.
Yo había soltado aquello movida por el enfado y el dolor, y vi ambas cosas reflejadas en su rostro.
Los dos sabíamos que tenía razón en ese sentido.
Luca era encantador, caballeroso y respetuoso y, sabiendo que era una acusación injusta, sentí que me ardían las mejillas ante sus palabras.
Pero me quedé callada, negándome como una cría a pedir perdón solo porque él tampoco lo había hecho.
—Y me importa una mierda ganar, Bee. Solo no quería que te hicieran daño, y mucho menos un capullo como Adrian, que no te merece.
—Lo juzgaste de manera precipitada, te emperraste en ello y, cuando viste a alguien que se le parecía vagamente, diste por hecho enseguida que sin duda era él viéndose con otra.
—Era él.
—¿Te acercaste a él? ¿Lo saludaste?
—No.
—¿Por qué no?
—No creí que quisieras que lo hiciera. Además, no me fiaba mucho de mí mismo. No le he pegado a nadie desde que tenía siete años y Ben Copperthwaite te tiró por las escaleras en el colegio. Pero ese tipo tiene una cara bastante hostiable y no quería tentar a la suerte.
—¿No eres tú el héroe?
Soltó un largo suspiro.
—Su perfil de citas sigue activo. ¿Lo sabías?
—¿Qué?
—En la app . Sigue activo. Supongo que tú has pausado el tuyo.
Me aclaré la garganta.
—Sí. Lo he hecho.
—Pues él no. Así que sigue aceptando matches mientras se supone que está construyendo algo contigo porque eres «especial».
—Sabía que nunca debería haberte contado eso... Sabía que te burlarías de mí.
—No me estoy burlando. Solo creo que es un puto falso.
—Claro. Bueno. Gracias por tu profunda opinión psicológica y, por mucho que esté disfrutando de esta conversación, me tengo que ir.
—¿A dónde vas?
—¿A ti qué te importa? —espeté, a la defensiva.
Luca se me quedó mirando un momento antes de levantar las manos al cielo.
—No tengo ni la más remota idea.
Dicho esto, dio media vuelta sobre el talón de su zapato italiano hecho a medida y regresó pisando fuerte a su pecera de cristal. La puerta osciló pesadamente cuando la empujó para cerrarla.
Las lágrimas me picaron en los ojos mientras bajaba en el ascensor.
Odiaba aquello. Lo odiaba todo. No tenía ni idea de por qué Luca estaba siendo tan distinto, y tan difícil.
Después de décadas de estar tan en sintonía el uno con el otro, sentía como si ahora estuviéramos totalmente desfasados, como una película extranjera mal doblada.
Las palabras seguían fluyendo, pero las bocas hacía tiempo que habían dejado de moverse a la vez.
Pero no sabía qué hacer. Daba la sensación de que, cada vez que intentábamos dar un paso hacia lo que habíamos sido, la tierra volvía a abrirse a nuestros pies.
Y ahora había empezado a preguntarme si aquello tenía arreglo. O si de verdad esto era el fin...