Capítulo 28
—El coche está fuera, señorita Bee.
—Gracias, Igor —dije, esbozando la mejor sonrisa que pude reunir. Incluso sin el leve parpadeo de su expresión, supe que había sido una imitación bastante cutre. Cogió un paraguas grande y caminó hacia la puerta con él.
—Ah, no hace falta. Puedo ir corriendo. No creo que pueda mojarme más de lo que ya estoy, pero no hay necesidad de que usted también salga con la que está cayendo.
—El viento había arreciado y soplaba la lluvia en todas direcciones, así que tampoco estaba muy convencida de que el paraguas fuera a servir de mucho.
—No hay problema. —Igor sonrió y me ofreció el brazo para que me agarrara.
—Gracias —le dije, sintiendo como una idiota que iba a romper a llorar otra vez ante aquel delicado acto de amabilidad.
Caminamos hacia el coche e Igor mantuvo el paraguas sobre mí todo lo posible hasta el último segundo.
—¿Puedo decirle algo, señorita Bee? Quizá esté fuera de lugar. ¿Se dice así?
—¿De qué se trata? —pregunté en voz baja.
—Me preocupo por usted. Usted y el señor Luca. Siempre sonriendo. Riéndose. —Entrelazó los dedos—. Así. Pero esta noche es la primera vez que la veo irse tan triste. Me preocupo.
—Estamos bien, Igor. Solo una diferencia de opiniones.
Igor asintió bajo el paraguas. Sin embargo, era mucho más que eso, y estaba claro que él también lo sabía. Cerró la puerta, dio un par de golpecitos en el techo y el conductor arrancó suavemente hacia la oscuridad, dirigiéndose hacia las afueras de Londres y hacia mi casa.
* * *
El par de semanas siguientes fueron raras.
Luca y yo hablábamos, pero sin hablar de verdad.
Esa era otra novedad en nuestra relación y no era algo que hubiera visto venir.
Mantuvimos una actitud profesional en el trabajo e hicimos todo lo posible para que también pareciera natural.
Lo último que quería, y lo último que quería para él, era que la gente estuviera cotilleando sobre «nosotros».
En su mayor parte, creo que hicimos un trabajo bastante bueno, aunque pillé a Helen lanzándonos un par de miradas de reojo de uno a otro cuando creía que nadie la veía.
Ya me había dado cuenta de que se subestimaba mucho el carácter de Helen.
Su voz tiraba a ser un poco chillona, y sus gestos podían dar a entender que era un tanto despistada, pero yo (y claramente Luca, al haberla contratado en primer lugar) pronto me había dado cuenta de que era tan afilada como el diente de un tiburón hambriento.
Habíamos ido a tomar café juntas un par de veces, pero yo siempre tenía cuidado de desviar la conversación hacia su vida en lugar de hacia la mía...
o la de Luca. Al acabar de dar la bienvenida a un nuevo nieto, era fácil (y, por suerte para mí) que se distrajera y se pusiera a charlar felizmente sobre él.
Había otro motivo por el que me interesaba mantener el foco de la conversación lejos de mí.
Desde la tarde en que había acortado nuestra cita, y, si lo pensaba bien, desde hacía más tiempo, Adrian había parecido estar un poco más ocupado y tener un poco menos de ganas de quedar.
Cuando nos habíamos visto, le había preguntado si pasaba algo, pero él simplemente le había quitado hierro al asunto diciendo que tenía un «horario de locos en el trabajo», así que lo había aceptado.
Seguía segura de que las acusaciones de Luca eran falsas, así que las había apartado de mi mente.
Pero no podía evitar preguntarme si el entusiasmo de Adrian por verme se había enfriado un poco.
Llevaba unos días sin llamar y, si le mandaba un mensaje, contestaba, pero a menudo pasaban largos ratos antes de que lo hiciera.
Aunque tal vez el trabajo simplemente lo estaba agotando.
Tia asintió cuando le estaba contando esto mientras dábamos buena cuenta de una botella de vino, habiendo devorado ya una pizza familiar para llevar y pan de ajo con queso.
—¿Qué?
—¿Qué? —preguntó ella—. Te estoy dando la razón.
—No. Tu gesto dice que me das la razón, pero tu cara dice algo completamente distinto.
—Claro que no.
—¡Claro que sí!
—¡Jono!
Silencio.
—¡Jono! —gritó Tia más fuerte.
Jono asomó la cabeza por la puerta de la habitación de invitados, con un pincel diminuto en la mano con el que había estado dando los últimos retoques a una miniatura de El Señor de los Anillos.
Llevaba uno de los auriculares inalámbricos echado hacia atrás para poder oír los gritos de su amada.
Tia había cedido a tener un par de esas miniaturas expuestas en el salón, pero me di cuenta de que cada vez estaban más ocultas por las hojas rayadas de una cinta que caía sobre ellas. Y sospechaba que no era por casualidad.
—¿Sí?
—Bee está cuestionando mi cara de «te doy la razón».
—Ah. —Jono la miró a ella, luego a mí, y luego bajó la vista hacia la miniatura como si esta pudiera decirle cuál debía ser su próximo movimiento.
—Mira. —Se volvió hacia mí—. Cuéntamelo otra vez.
—¿El qué?
—Lo de que es totalmente normal que Adrian no esté tan comunicativo. Ya sabes, todo ese rollo de que está muy cansado.
—No.
—Sí. Venga ya.
—Déjalo. Me creo que te lo crees.
—No, no te lo crees. Venga.
Sabía por larga experiencia que no iba a dejar pasar el tema, así que solté un largo suspiro, intercambié una mirada de exasperación con Jono y repetí mi declaración anterior tal y como me había pedido Tia. Ella volvió a asentir de la misma forma.
—¿Ves?
—Sí. Y sigue pareciendo que solo me estás siguiendo la corriente.
—¡Para nada! ¿Verdad, Jono?
Él se encogió de hombros.
—Bee tiene razón. Estás asintiendo, pero esto —se hizo un círculo alrededor de la cara con el pincel— cuenta una historia muy distinta.
Tia se quedó con la boca abierta, pero, antes de que pudiera decir nada, Jono volvió a colocarse el auricular en su sitio y cerró la puerta para darle más énfasis.
—Obviamente se equivoca.
—No, no se equivoca. Se te nota. Pero da igual. De todos modos, tampoco quiero vivir pegada a nadie. Me gusta ir a mi bola.
Al levantar la vista, noté exactamente la misma expresión en la cara de Tia que antes.
—¡De verdad!
—Mentira. Solo te acostumbraste a ello porque siempre te dejaban sola. Eso es algo completamente distinto.
Esa era la parte más fastidiosa de que la gente te conociera de casi toda la vida. Era difícil colarles una mierda.
—En fin... —dije, en un intento de cambiar de tema.
—En fin, sí. Sabrías si pasara algo.
—¡Exacto! —Se me hizo un nudo en el estómago, igual que me llevaba pasando desde hacía varios días—. Y no pasa nada. Así que todo bien.
—Claro que sí.
Hubo una pausa en la conversación y las dos sabíamos que la otra estaba estirando la verdad, pero, por el bien de nuestra amistad, y a diferencia de Luca, ambas guardamos silencio.
—¿Has hablado con Luca?
—Sip. Lo he visto hoy en el trabajo.
—Me refería más bien a hablar de algo que no sea pedir folios o tinta para la impresora.
—No me hace falta hablar de eso con él. Hay un chico encantador que se llama Amir y que hace un inventario de material de oficina una vez por semana. Es una maravilla.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí. Y no.
—¿Por qué no?
—No hay nada más que decir.
—Siempre ha habido algo más que decir cuando se trata de vosotros dos.
—Entonces, tal vez, ya lo hayamos dicho todo. —Jugueteé con el tallo trenzado de la copa de vino, atrapando la luz con él, proyectando destellos y formas por toda la habitación—. O a lo mejor los dos hemos hablado de más.
—Odio esto.
Le devolví la mirada. Yo también lo odiaba, pero lo dicho, dicho estaba. Sabía que él había intentado protegerme, pero yo no necesitaba que me protegieran. Necesitaba que me apoyaran. Eso era lo que Luca parecía no entender. O no ser capaz de ofrecer.
—Mejor que me vaya. —Tia se levantó del sofá, desplegando sus largas piernas, que seguía luciendo en pantalones cortos cortados a pesar de que nos acercábamos a paso firme a la Navidad. Me daba pánico pensar a cuánto ascendía su factura de la calefacción.
—¡Adiós, Jono! —grité. La puerta se abrió, una mano se asomó y se despidió alegremente mientras oíamos un fragmento de una charla sobre qué tono exacto de verde debían tener los calzoncillos de un Orko. No estaba segura de que hubiera dicho exactamente eso, pero desde luego era algo por el estilo.
—Te quiero.
—Y yo a ti.
—Tú puedes con esto, ya lo sabes. —Esta vez, la expresión de Tia coincidía con sus palabras.
* * *
Me recliné en mi moderna y cara, pero sorprendentemente cómoda, silla de oficina y me desperecé.
Estábamos en pleno proceso de investigación para actualizar todo el sistema informático y se me había ido el santo al cielo.
Mientras había estado absorta entre catálogos y páginas web, el cielo de fuera había pasado de un azul invernal y frío a un naranja tostado, y luego a un negro medianoche oscuro, sin que apenas me diera cuenta; y cuando levanté la vista, casi todo el mundo se había ido de la oficina.
En un rincón, el flexo de Luca seguía encendido, arrojando un charco de luz suave y amarilla sobre su escritorio, y pude ver que estaba echado hacia atrás en su silla, hablando por teléfono con el manos libres y gesticulando animadamente mientras lo hacía.
Mientras recogía mis cosas, me puse a pensar en qué habría en mi nevera para cuando llegara a casa.
La imagen de un interior bastante triste y casi vacío inundó mi mente.
De verdad necesitaba adquirir la rutina de hacer la compra en condiciones, ahora que cocinaba un poco más desde cero en lugar de meter en el microondas el plato preparado más barato que encontrase.
La idea de que había estado haciendo eso y de qué podrían llevar esos platos era algo en lo que no quería pensar demasiado, así que me propuse ir a hacer la compra mañana a primera hora en lugar de quedarme remoloneando en la cama, como correspondía a un sábado perezoso.