Vivir tu mejor vida Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

—¡Ah! Es «obvio», ¿verdad? —La mandíbula de Luca estaba tan apretada que probablemente podría haberme limado una uña en su afilado contorno, ahora ensombrecido por la barba de todo un día.

—Una vez más, no me conoces tan bien como te crees, porque no es con él con quien estoy cabreada. Es, sin ninguna duda, contigo.

—¿Por qué? ¡No soy yo el que te está poniendo los cuernos!

—¡Y él tampoco!

—Bee. ¡Lo vi!

—¿Cuándo?

—Ayer por la tarde.

—¿Dónde?

—En un restaurante íntimo y carísimo de Bermondsey.

—La gente tiene derecho a salir a cenar.

—Con una mujer.

—Una amiga, una compañera de trabajo. ¡Podría haber sido cualquiera!

Él me lanzó una mirada.

—Se estaban besando, Bee. —Levantó una mano para anticiparse a mi interrupción—. Y no, no me refiero a un piquito en la mejilla. Un morreo en toda regla.

—Entonces es obvio que te has confundido de persona.

—Estaba a dos mesas de distancia. Es bastante difícil equivocarse desde tan cerca.

—¿Te vio?

—No. Estaba... ocupado. Le pedí al camarero que nos cambiara de mesa y acabamos detrás de una planta enorme.

Respiré hondo y solté el aire despacio.

—Pues debes de estar equivocado, porque hicimos una videollamada. Estaba en su casa.

—¿A qué hora?

—No lo sé. Sobre las diez, supongo. Lo había llamado antes, pero estaba dormido.

—¿Dormido?

—Sí. Me dijo que había tenido un día muy largo y que se había quedado frito.

La expresión de la cara de Luca hizo que me hirviera la sangre.

—¡Basta ya! No vas a arruinar esto. No sé a quién viste, pero no era Adrian.

Él no haría algo así. Y si no fuera por ti y por tu insidioso comentarito, por tu empeño en odiarlo y en malmeter, yo estaría con él ahora mismo.

Íbamos de camino a mi casa y tu estúpida y cruel acusación ha estado dando vueltas y más vueltas en mi cabeza toda la noche, así que acabé echándome atrás y mandándolo a casa solo.

—Bien.

Me quedé mirando a Luca. El ambiente en el apartamento era lo bastante denso como para untarlo en una tostada y, sin embargo, daba la sensación de que no quedaba nada de oxígeno.

Como si alguien hubiera puesto a máxima potencia una aspiradora carísima y lo hubiera succionado todo.

Nos quedamos allí parados, sin decir una sola palabra.

—Me tengo que ir.

—Te llevo.

—No.

—Venga ya. Sé que hay huelga en el metro, que los autobuses serán una pesadilla y que será el doble de difícil encontrar un taxi con este tiempo.

—Creo que ya has hecho suficiente por esta noche, ¿no te parece?

—Levanté la vista hacia él. Notaba cómo se me corría el rímel, pero no estaba segura de si era por la lluvia o por las lágrimas que se derramaban por mis mejillas.

Me quité la toalla de los hombros y volví a ponerme el abrigo, frío, pesado y empapado por la lluvia.

—Nunca te he mentido, Bee, y no empezaría a hacerlo con algo como esto.

Sé que te gusta. No entiendo muy bien por qué.

—Se encogió de hombros de una forma que, en circunstancias normales, me habría hecho sonreír, pero ahora mismo estaba muy lejos de querer hacerlo.

Todo estaba mal. Como si el mundo se hubiera desviado de su eje una fracción de milímetro.

Luca y yo habíamos discutido antes, por supuesto que sí.

Pero algo en esto se sentía diferente, y, al echar un vistazo a la cara de Luca, supe que él también lo notaba.

—Pero me importas. Y no quiero que vuelvas a sufrir, nunca más.

Ya has pasado por más que suficiente dolor.

—Inclinando la cabeza hacia arriba, me encontré con sus ojos serios.

Tenía una profunda arruga en la frente, y la corbata, que tan solo se había aflojado cuando yo entré, ahora se la había arrancado de un tirón y la había tirado por ahí.

Luca no solía ir desaliñado, excepto de esa manera matutina que los tíos guapos siempre saben lucir tan bien.

Pero ahora mismo, sin duda encajaba en esa categoría.

Esto era diferente. En casi treinta años, la cosa nunca se había puesto así.

—Por favor, deja que te lleve.

—Creo que es mejor para los dos que no lo hagas.

—Entonces deja que le pida a Igor que te llame a un coche. —La idea de protestar también ante esto me cruzó por la cabeza, pero el sonido de mis propios dientes, que castañeteaban, estaba ahogando mis pensamientos.

Asentí. Luca descolgó el teléfono e hizo los preparativos necesarios con rapidez. Yo abrí la puerta en el momento en que él devolvía el auricular del telefonillo a su soporte. Luca la empujó con suavidad para volver a cerrarla.

—No te vayas así, Bee. Se siente mal. Lo odio.

—Yo también lo odio. Y está mal. Pero ya está hecho, estoy cansada y solo quiero irme a casa.

Él esperó unos segundos y volvió a abrir la puerta.

Salí al pasillo y caminé hacia el ascensor a un ritmo mucho más lento del que había llevado al llegar.

La tristeza y la confusión nublaban mis pensamientos y lo único que quería era dormir.

Entré en el ascensor, que por suerte estaba abierto y esperando.

Sin girarme, supe que Luca seguía allí, así que dejé que las puertas se cerraran a mis espaldas antes de darme la vuelta para mirarlas.