Vivir tu mejor vida Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Avisaré al señor Luca de que está usted aquí.

—No hace falta. Subiré directamente, si no le importa.

Igor volvió a colgar el teléfono. Había estado allí tantas veces que nada le indicaba al conserje que había muchas probabilidades de que esa noche terminara estrangulando a uno de los habitantes de aquel elegante edificio.

Reflexioné sobre ello en el ascensor. Tendría que encontrar la manera de disculpar a Igor por no seguir el protocolo estricto, en caso de que ocurriera.

Estar tan enfadada con Luca como para liquidarlo con gusto era una cosa, pero desde luego no quería que Igor perdiera su trabajo; él me caía bien.

De Luca no estaba tan segura ahora mismo.

Al llegar a la planta correcta, salí del ascensor a grandes zancadas, me dirigí a la puerta del apartamento de Luca y empecé a aporrearla.

Momentos después, la puerta se abrió en pleno golpe y perdí el equilibrio.

Las manos de Luca me envolvieron y me estabilizaron de nuevo en una posición más erguida.

—¿Bee? ¿Qué haces aquí? Joder. ¡Estás completamente empapada! Pasa.

—No, gracias. —Me mantuve firme en mis trece, con el suelo mojándose más a cada segundo que pasaba—. Solo tengo algo que decir y luego me iré.

—Te irás directa a la hipotermia a este paso.

—No seas tan dramático —dije, puntuando la frase con un estornudo sonoro y muy poco femenino.

—Oh, por el amor de Dios.

Luca alargó el brazo, me agarró de la mano y me metió de un tirón en el apartamento. Desapareció un instante y volvió con una toalla de baño grande y esponjosa.

—Quítate el abrigo.

—No.

—Bee. ¡Esto es ridículo! Estás calada hasta los huesos. ¿Qué demonios haces por ahí con este tiempo? Creía que tenías planes para cenar de todos modos.

—¡Los tenía! —le espeté, sintiendo que los escalofríos empezaban a recorrerme el cuerpo—. Unos planes de cena muy agradables, de hecho, pero los arruinaste tú.

—Por favor, quítate ese abrigo. ¡Vas a enfermar de pura cabezonería!

Me quité el abrigo, pero solo porque empezaba a sentir como si una oveja enorme y mojada se me hubiera instalado sobre los hombros, y la combinación del peso y el frío me hacía sentir como si me hundiera.

Luca cogió el abrigo y lo sustituyó por la toalla de baño, que estaba deliciosamente calentita. Una abrumadora sensación de querer acurrucarme en ella empezó a invadirme.

—¿Mejor?

Levanté la cabeza de golpe.

—Más seca. Sí. Gracias.

Los modales seguían ganando incluso cuando estaba furiosa. Algunas personas eran concisas y mordaces cuando las llevaban al límite. Yo, en cambio, era excesivamente educada. No tenía exactamente el mismo impacto. Y desde luego, no el que buscaba.

—De nada.

La toalla empezó a escurrirse un poco y la mano de Luca se acercó para colocármela bien.

—No —le espeté.

Se detuvo, ladeó la cabeza apenas un milímetro, luego dejó caer la mano lentamente y se la metió en el bolsillo del pantalón de forma informal.

Seguía llevando el traje de antes, lo que significaba que él tampoco llevaba mucho tiempo en casa.

Probablemente había tenido su propia cita ardiente después de la reunión.

Una que no había sido arruinada por amigos entrometidos. Un pensamiento me asaltó de repente.

—¿Estoy interrumpiendo algo?

Echarle una bronca monumental a Luca porque se había portado como un capullo era una cosa, pero (y tal vez esto volviera a ser por el tema de los modales) no pensaba hacerlo delante de visitas.

—No. —Se encogió de hombros, con las manos aún en los bolsillos.

—Es que... —Hice un gesto hacia su ropa— he dado por hecho que habías salido.

—La reunión terminó mucho más tarde de lo previsto. Aún no he tenido tiempo de cambiarme.

—Claro. Pero sí tuviste tiempo para llamarme e intentar sabotear mi cita.

—No estaba intentando hacer eso.

—No. —Esperé un segundo—. Solo intentabas sabotear toda la maldita relación.

—Estás exagerando.

—¿Que estoy exagerando? —Di un paso atrás y mi Louboutin de imitación hizo chof .

—Sí. No estoy intentando sabotear nada. Intento ayudarte.

—¿Ayudarme a qué? ¿A estar sola para siempre? ¿A estar siempre ahí para que me llames cuando te aburras y no tengas nada mejor que hacer ni nadie más con quien hablar?

Los oscuros ojos de Luca brillaron de ira.

—Nunca, jamás he pensado en ti de ese modo, y lo sabes. Si de verdad piensas eso, son tus propias inseguridades las que lo generan, no la realidad.

—¡Ah, mira quién fue a hablar de la verdad! —repliqué—. ¿Qué hay de tu afirmación de que mi novio me está poniendo los cuernos? Un hombre que decidiste al instante que te caía mal única y exclusivamente porque otro bróker te la jugó hace años. Y ahora, ¿las inseguridades de quién están a la vista?

—¿Te crees que te he dicho esto por eso? —Luca dio un paso atrás, alejándose de mí.

—¿Por qué si no? Está claro que no te cae bien. Pero, en el fondo, parece que no te cae bien nadie a quien conozco. Siempre hay algo malo, ¿verdad, Luca? Nunca consigo acertar. ¿Sabes qué? ¡A veces te comportas exactamente igual que mis padres! Resulta que nunca soy lo suficientemente buena.

—¡No me parezco en nada a tus padres! —Se dio la vuelta y se alejó de mí a grandes zancadas, murmurando algo en italiano.

Eso siempre era un buen indicador del mal genio de Luca.

Soltar parrafadas en italiano significaba que había entrado en la zona roja.

Se giró hacia mí de pronto—. No me puedo creer que digas algo así.

—Pues entonces, ¿qué? Es verdad, ¿no? La pobrecita Bee.

Lo intenta con todas sus fuerzas y nunca acaba de hacerlo bien.

Pero fíjate que tú nunca te has molestado en hacer el esfuerzo de emparejarme con nadie.

¿Tan difícil habría sido? Conoces a gente continuamente, conoces a muchísima gente interesante, y si a ti te gusta pasar tiempo con ellos, tienen que ser tipos decentes.

Pero supongo que tal vez yo no sea el tipo de persona adecuada para mezclarme con ellos.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Dios, es obvio, ¿verdad, Luca? Algunos de ellos tendrían que estar solteros, pero no se te ocurrió ni una sola vez pensar: «Ah, a lo mejor este chico y Bee hacen buenas migas».

Pero claro, eso no encajaría muy bien con tu impresionante estatus de director ejecutivo, ¿a que no?

¡Presentar a alguien de tu círculo de negocios a una simple oficinista de entrada de datos!

—Eres la puñetera jefa de informática, no una oficinista de entrada de datos.

Y en la otra empresa tampoco eras una oficinista.

Allí también dirigías el maldito departamento, pero tenías demasiado miedo como para defenderte y decírselo, así que dejaste que te pagaran esas tarifas, dejaste que creyeran que eso era todo lo que valías.

No me eches a mí la culpa de que no quisieras lanzarte a por las cosas cuando las oportunidades estaban ahí.

Tragué saliva, intentando no aceptar que tenía razón, pero sabiendo que la tenía. Al menos en ese aspecto.

—¿Y?

—¿Y qué? —espetó él.

—¿Por qué no era lo bastante buena para nadie?

—Yo nunca he dicho eso.

—Pero tampoco has hecho nunca nada al respecto. Debe de haber un motivo, ¿no? Seguro que entre todos tus deportes y negocios y todas las otras puñeteras cosas que haces, tienes que haber conocido a una sola persona que no pensara que soy una completa...

—¡Para ya!

—¿Qué?

—¡Tú! ¡Esto! ¡Echarte por tierra! Sabes que lo odio.

—Pues ¿cómo crees que me hace sentir todo eso a mí?

—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que era al revés? —me gritó.

Lo miré inexpresivamente.

—¿Que era a ellos a los que no consideraba lo bastante buenos para ti?

Me lo pensé un instante.

—No.

—No. Claro que no se te ocurriría, ¿verdad?

—Pero ¿acaso no soy yo la que debe decidir eso?

—¿Mientras yo me quedo al margen viendo cómo te hace daño alguien que te he presentado?

—No soy tan fácil de herir como te crees.

Luca soltó una carcajada exenta de todo humor.

—¿Desde cuándo?

—¡Desde siempre!

—Sí que lo eres. Simplemente crees que, como tus padres no podían, o eligieron no ver tu dolor, nadie más puede verlo. Noticia de última hora, Bee. Muestras muchísimo más de lo que crees. Así que no, no estaba dispuesto a presenciar ese dolor si alguien con quien yo te liara te hacía sufrir.

—¿Y si me hubieran hecho feliz?

Luca se quedó en silencio.

—Eso es lo que yo pensaba. Crees que soy un caso tan perdido para las relaciones que te parecía un panorama bastante improbable.

—Yo nunca he dicho eso —espetó—. Y, de todos modos, ¿por qué narices me estás gritando a mí? ¡Es obvio que estás enfadada con Adrian!