Vivir tu mejor vida Capítulo 27
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Capítulo 27

—¿Todo bien? —preguntó Adrian mientras un camarero me apartaba la silla.

—Sí, sí. Todo bien. —Hice un gesto despreocupado con la mano, nominándome a mí misma a un Óscar cuando vi que Adrian se lo tragaba.

Por dentro estaba enfadada, triste, dolida y con un sinfín de emociones que ahora mismo no podía nombrar, pero que se quedarían ahí dentro.

Desde muy pequeña había aprendido a ocultar mis sentimientos cuando era necesario, y esperaba ingenuamente no necesitar esas habilidades al crecer, pensando que «todo iría a mejor».

Pero otra cosa que había aprendido entonces era que aquellos en los que se supone que debes poder confiar son los que te decepcionan de la peor manera.

Había una cierta sensación de déjà vu en toda la situación.

—¿Seguro que estás bien?

Retiré mi nominación al premio.

—Completamente. —Esta vez añadí una sonrisa enorme de oreja a oreja para ganar puntos extra—. Siento haberte hecho esperar. ¿Has encontrado un vino que te guste?

—Sí. ¿Pido ya o quieres echarle un vistazo a la carta primero?

Qué considerado por su parte. Ambos sabíamos que mis conocimientos de enología se limitaban a saber por qué extremo de la botella se servía el líquido y poco más, pero era un buen detalle por parte de Adrian seguirme la corriente.

—No, pide tú. Seguro que estará genial.

El camarero trajo el vino, Adrian lo probó, lo consideró aceptable y, a continuación, el camarero procedió a servirnos media copa a cada uno.

Al terminar, hizo una leve reverencia y retrocedió, desapareciendo en el interior tenuemente iluminado del restaurante.

Intenté relajarme y quitarme de la cabeza la llamada con Luca.

Alargué la mano, agarré la copa de vino y me la bebí de un trago.

—¿Quieres otra? —Adrian me lanzó una mirada ligeramente perpleja.

—Ah. Eh... Sí. Gracias.

—A lo mejor quieres, esto, saborearlo un poco más esta vez. Tiene notas de miel y arándano con un fondo amaderado —explicó, mientras servía el líquido dorado con pericia.

Asentí e intenté concentrarme. En ese momento, lo único que quería era que tuviera notas de alcohol con un fondo de todavía más alcohol.

—Sí. —Le di un sorbo, resistiendo el impulso de repetir mi hazaña anterior—. Mmm, sí, puedo notarlas.

No podía, pero me pareció lo adecuado y con suerte le haría olvidar que me acababa de trincar una copa de vino de una botella que probablemente costaba más que la mensualidad de mi piso.

—Lo descubrimos en un viaje a los viñedos del valle de Napa.

—¿Descubrimos?

—Ah... íbamos en grupo. Es un sitio precioso. ¿Has estado?

Negué con la cabeza. Croydon se ajustaba más a mi presupuesto que California.

—Creo que probablemente me iré a vivir allí una temporada dentro de no mucho.

Tragué el vino que había retenido en la boca, buscando sus esquivas notas a arándano.

—Umm, ¿perdona?

—A Estados Unidos. A menudo he pensado en vivir allí. Creo que probablemente lo intente dentro de poco.

—Ah. Vale. Pero... eh...

—¿Mmm?

Sonreí.

—No importa.

—¿Pedimos ya?

Abrí la carta y me quedé mirando su contenido.

Entre la llamada de Luca y el anuncio de Adrian de que probablemente se largaría a vivir a Estados Unidos en cualquier momento, mi apetito parecía haberse desvanecido.

Los rugidos de estómago de antes se habían alejado como una tormenta de verano que se disipa.

—Y bien, ¿crees que sería una mudanza temporal o permanente? —Buscaba un tono de conversación desenfadado. Por lo visto, lo clavé.

—Temporal para empezar, pero, si me gustara, seguramente me quedaría. No creo que tuviera problemas con el visado.

—¿Algún sitio en particular?

—Probablemente California. Me gusta todo ese rollo y, por supuesto, está todo el tema tecnológico en el que podría invertir, así que hay buenas oportunidades sobre el terreno.

—Ya. Eso está... eh... un poco lejos de tus amigos y familiares, ¿no? ¿No te importaría?

—Papá siempre va de un lado para otro y podría pasarse a verme sin problema, y, mientras sirvieran champán en el vuelo, mamá vendría tan a menudo como yo quisiera.

Se echó a reír e intenté unirme a él.

Quise preguntarle qué significaban esos planes para su vida amorosa.

Más concretamente, para nosotros. Me había dicho que buscaba algo más.

Algo especial. Me había dicho que muy bien podría haberlo encontrado conmigo, y parecía que las cosas iban bien, que yo supiera.

Ignoré la acusación de Luca. Era imposible que lo hubiera visto por ahí ayer.

Había echado la siesta después de un día largo y luego lo había visto en su casa por videollamada.

Evidentemente, era un caso de confusión de identidad, al cual Luca estaba más que encantado de aferrarse por el motivo que fuera.

Pero... si Adrian de verdad buscaba algo más profundo y significativo, ¿no debería ser motivo de discusión el pequeño tema de cambiar de continente?

Yo no quería vivir en Estados Unidos. Me gustaba estar aquí.

Tenía muchos defectos, pero era menos probable que me pegaran un tiro, para empezar.

Y tenía más de dos semanas de vacaciones.

—Te encantaría.

—¿Perdona?

—California. Deberías ir alguna vez.

¿Alguna vez?

—Bueno, puede que lo haga... —Atrapé su mirada con la mía. La suya se quedó en blanco un instante y luego pareció pillar el mensaje. Una sonrisa asomó a su rostro.

—Genial.

Disfrutamos del resto de la cena. Bueno, Adrian lo hizo.

A mí, de forma extraña, todo me sabía a cartón por culpa de la interferencia de Luca y de que Adrian estuviera, evidentemente, haciendo grandes planes que podían o no incluirme a mí.

Debido a los desorbitados precios, por supuesto, exclamé que todo estaba absolutamente delicioso.

—¿Lista para irnos? —preguntó Adrian.

Fuera, el cielo oscurecido había cumplido su amenaza de lloviznar y en realidad había tirado la casa por la ventana y encendido el interruptor para dejar caer un aguacero en toda regla.

—Cogeremos un taxi de vuelta a tu casa.

—¡Eso va a costar una fortuna!

Una vez tuve que lidiar con una emergencia en mi anterior trabajo y me quedé allí hasta la madrugada.

El metro había dejado de funcionar y tuve que coger un taxi hasta casa.

Cuando entregué los gastos, solo recibí quejas al respecto.

Les expliqué que la próxima vez arreglaría la emergencia únicamente en horario laboral, evitando así que se repitiera tal circunstancia.

Fue bastante valiente por mi parte y tuvo más que ver con haber llegado a casa a las cinco de la mañana y estar de vuelta en el trabajo a las nueve que con ninguna inclinación repentina a hacerme valer. No se volvió a mencionar el tema.

—Invito yo. —Adrian me guiñó un ojo mientras paraba un taxi.

Algo en mi interior se sentía incómodo. Esa noche me parecía rara. Sabía que era cosa mía y no de él y me sentía mal por ello, pero en ese momento solo quería irme a casa, sola, arrastrarme bajo las sábanas y no pensar en nada de eso.

—¿Adrian? —empecé a decir mientras un taxi rodaba hacia nosotros, con los limpiaparabrisas que batían al compás de la lluvia.

Se giró hacia mí.

—¿Te importa si... eh... lo dejamos por esta noche?

—Oh.

Me puse una mano en la barriga.

—No me encuentro muy allá.

—Vaya. Ya.

Tampoco estaba mintiendo exactamente. No me sentía genial, pero no tenía nada que ver con la comida.

—¿Quizá pueda ayudarte a distraerte? —Me pasó el dorso de la mano por el cuello, acariciando con los dedos el borde de mi vestido.

Posé suavemente mi mano sobre la suya y cerré los dedos sobre ella. Se detuvo en sus caricias al captar el mensaje y luego dio un paso atrás.

—Claro. Por supuesto. Coge tú este taxi. Yo pillaré otro.

—Puedo coger el autobús. —Agité la tarjeta Oyster que llevaba metida en la parte trasera de la funda del móvil.

—Te he dicho que no me importa.

Mi cerebro volvió de repente a su inesperado anuncio de que, a pesar de lo que había dicho sobre ir en serio, podría irse a Estados Unidos, posiblemente de forma indefinida, en algún momento cercano.

—La verdad es que me vendría bien, si no te importa.

Un taxi se detuvo, Adrian le entregó al taxista suficiente efectivo para cubrir el trayecto y me dejó a mí la tarea de darle la dirección exacta.

—Espero que te mejores pronto —dijo, dándome un pico en la mejilla.

—Gracias. Y siento arruinar la velada.

Negó con la cabeza.

—No lo has hecho. No te preocupes.

Cerró la puerta y el taxista se incorporó a la carretera; los limpiaparabrisas hacían un sonido hipnótico con su zas-zas de un lado a otro del cristal. Me recosté en el asiento y todos los pensamientos que había contenido esa noche me asaltaron de golpe.

Me sentía mal por haber acortado la velada con Adrian, pero de verdad que no estaba de humor, y fingir que sí no era justo ni para él ni para mí.

Todo por culpa del puñetero Luca. Podía matarlo.

No me creía sus acusaciones ni por un segundo, por supuesto.

Pero ahora la duda estaba ahí y, aunque no me la creyera, me había amargado la noche, dándome vueltas en la cabeza.

Me incliné hacia delante.

—En realidad, ¿podría llevarme a otro sitio, por favor? —le pregunté al conductor.

—Donde usted quiera, cariño. ¿Cuál es la dirección?

* * *

La lluvia caía a cántaros y, al no ir vestida para la pesca de altura, tras una breve carrera desde el taxi hasta el edificio me encontré calada hasta la ropa interior y goteando sin ningún tipo de pudor en el lujoso vestíbulo del bloque de apartamentos de Luca.

—¡Señorita Bee! ¡Está usted empapada!

Igor era un ruso erguido y de aspecto llamativo al que el uniforme del complejo residencial le sentaba como un guante.

Sentía un orgullo absoluto por un trabajo al que muchos en nuestro propio país le harían ascos, y se negaba a dejar de añadirle un título a mi nombre, a pesar de que se lo había pedido un millón de veces.

Al final, parecía que eso le hacía feliz, así que lo dejaba.

—Está lloviznando un poco ahí fuera.

Igor me dedicó una gran sonrisa y empezó a levantar el auricular.