Capítulo 26 #2
El teléfono interno de mi oficina sonó y me fui a arreglar un ordenador que acababa de mostrar a su usuario la temida pantalla azul de la muerte antes de apagarse por completo.
Cuando volví a mi mesa, media hora después de la hora de salida, la reunión de Luca aún continuaba.
Levanté la vista mientras cogía el bolso y vi que él estaba mirando hacia fuera.
Levanté la mano en un breve saludo. No podía esperar más.
Tenía que ir a adecentarme al baño y luego salir corriendo para reunirme con Adrian.
Una huelga de metro que habían estado esperando evitar había seguido adelante en el último minuto, comenzando a las cuatro de la tarde y sumiendo la ciudad en el caos, así que ahora tenía que apañármelas con los autobuses para llegar al bar, lo cual me llevaría más tiempo, sobre todo a esta hora del día.
No tenía ni idea de a qué hora terminaría realmente la reunión de Luca, y era evidente que se había alargado más de lo que esperaba.
Fuese lo que fuese de lo que quería hablarme, tendría que esperar.
Apareció un pequeño surco en su entrecejo. Me encogí de hombros y me di la vuelta.
* * *
—¡Hola! —dije un poco sin aliento al terminar de abrirme paso entre la multitud hasta donde Adrian estaba de pie con sus amigos. Él se separó del grupo y vino hacia mí.
—Empezaba a pensar que me habías dado plantón. —Sonrió, inclinándose para besarme.
—Solo llego… —Había estado a punto de decir dos minutos tarde, pero me distraje momentáneamente cuando sus cálidos labios se encontraron con los míos y sus manos bajaron lentamente por mi cintura.
—Te he echado de menos —susurró, con voz grave. Mis dedos se deslizaron por su cuello y tiré de él para acercarlo más. ¡Huy! Por lo visto, sí que me había echado de menos.
—Te lo dije —dijo, leyendo mi expresión—. Vámonos de aquí.
—Me parece bien. Me muero de hambre. —Déjame que me despida de los chicos.
—Vale. ¿Quieres… eh… que te acompañe?
—Será solo un segundo. —Salió pitando.
—Vale… supongo que eso es un no —me dije a mí misma mientras desaparecía de vuelta con sus amigos.
Uno estiró el cuello, me echó un vistazo y luego le habló rápidamente a Adrian, con cara seria.
Otro de sus amigos le dio un empujón y lanzó a Adrian de vuelta hacia mí con una carcajada.
Por un momento, me crucé con la mirada del hombre serio. Él bajó los ojos y se dio la vuelta.
—¿Quién es ese? —pregunté cuando Adrian regresó a mi lado.
—¿Quién? —preguntó, abriéndose paso a codazos entre la multitud que había salido de trabajar.
—El tipo con el que estabas hablando. Pelo oscuro. Cara seria.
—Ah. Ese es Damon. —Se detuvo y se giró—. ¿Le estás echando el ojo a mis amigos? —Se rio.
—¡No! Es solo que… no parecía muy contento de que te fueras conmigo. —Salimos de la multitud a la acera como guisantes de una vaina demasiado madura y Adrian tiró de mí hacia él.
— ¿Te importa que dejemos de hablar de mi colega? Nos corta un poco el rollo.
—Oh, no era mi intención… solo me lo preguntaba.
—¿El qué? —preguntó medio distraído mientras le hacía señas a un taxi.
—Por qué parece que no le caigo bien. —Adrian se volvió a mirarme mientras un taxi aparcaba en el bordillo. Me encogí de hombros—. En el fondo soy maja. O sea, creo que lo soy. —Adrian me atrajo hacia él.
— Eres muy maja. Pero pensaría que eres aún más maja si estuvieras pensando en mí en vez de en él.
—¿Adónde vamos?
—Esta noche inauguran un restaurante nuevo. Solo con invitación, pero he conseguido agenciarme una. ¿Te apetece?
—Suena genial.
—Y luego… ¿quizás a tu casa?
Pensé en el estado de mi piso, al que le tocaba su sesión semanal de limpieza, pero hasta mañana no. Además, estaba muy lejos, al final del DLR, lo que esta noche significaba un viaje en autobús infernal, mientras que Adrian vivía cerca del centro.
—O a la tuya —sugerí con una sonrisa. —Tengo a un amigo quedándose conmigo ahora mismo, así que…
—Dejó la frase sin terminar. Me encogí de hombros dándole el visto bueno, aunque todavía un poco confusa.
El piso de Adrian no era lo que se dice «cuco» precisamente, y tenía una habitación de invitados que se usaba de verdad para los invitados, y no como trastero, que es para lo que sabía que me sentiría tentada a usarla yo…
si hubiera tenido una habitación de invitados.
Tal y como estaban las cosas, mi dormitorio era del tamaño del baño de Adrian, así que un segundo dormitorio era algo con lo que solo podía soñar.
Nos dirigimos al restaurante y, cuando estábamos a punto de entrar, el móvil empezó a vibrarme en el bolso.
Lo saqué. Luca. Rechacé la llamada y escribí rápidamente un mensaje para avisarle de que estaba a punto de entrar en el restaurante y que lo llamaría más tarde.
Se puso azul, lo que indicaba que lo había leído. Entonces el teléfono volvió a sonar.
—Lo siento. —Me giré hacia Adrian—. Tengo que cogerlo. ¿Quieres ir entrando y nos vemos dentro? —Él asintió y entró. Una vez se hubo ido, aporreé la pantalla del teléfono para aceptar la llamada.
—Hola —dijo, en un tono casi casual.
—Luca. Estoy en una cita. Estábamos a punto de entrar en el restaurante.
—Lo sé. Pero te he dicho que necesito hablar contigo.
—Luca, esto va a tener que esperar. No sé qué está pasando, pero te estás comportando de una forma muy rara.
—Adrian te está engañando.
—Por un momento todo quedó en silencio, seguido de inmediato por un fuerte zumbido en mis oídos que ahogó el ruido del tráfico.
—¿Qué? —La palabra salió disparada como una ráfaga de ametralladora, corta y afilada.
—Lo siento. No quería decírtelo así. Por eso quería verte hoy. Para decírtelo en persona.
—¿Por qué dices eso? —pregunté, esta vez en un tono más bajo.
—¡Porque es la verdad! Lo siento, Bee. Sé que te gusta, pero está jugando contigo. Lo vi anoche.
—Pues es imposible. Hablé con él anoche, estaba en casa y llevaba allí toda la tarde.
—¿Eso es lo que te dijo? —Hablé con él. —¿A qué hora?
—¡Joder, Luca, yo qué sé! Deja que saque mi registro minuto a minuto de los acontecimientos de ayer, ¿vale?
—Bee, sé que estás disgustada, pero creo que te estás cabreando con la persona equivocada. Solo intento ayudar.
—¿Ah, sí?
—¿Qué se supone que significa eso? —espetó.
—Adrian no te ha gustado desde el principio.
—¡Y te crees que me inventaría algo así y me arriesgaría a hacerte daño solo por eso!
—¡No lo sé!
—Sí que lo sabes, Bee. ¡Me conoces muchísimo mejor que eso! Solo intento protegerte.
—No necesito tu protección, Luca. Necesito tu apoyo. ¡Necesito que te alegres por mí!
—Me alegraría si él te mereciera, pero te está mintiendo y no te mereces eso.
—Luca. No sé qué mosca te ha picado y no estoy segura de que este dichoso reto le haya hecho ningún bien a nuestra amistad.
Pero ahora mismo no puedo lidiar con esto.
He salido, estoy en una cita, y siento mucho si tu orgullo está herido porque a lo mejor ya no necesito depender de ti tanto como lo he hecho durante los últimos treinta años, pero las cosas cambian y me parece increíble que digas algo así solo porque no te cae bien el chico con el que estoy saliendo.
—¡Te está utilizando! —estalló Luca—. ¿Es que no lo ves?
—¡No! No lo veo. Pero está claro que tú sí.
O sea, ¿por qué iba a interesarse un hombre guapo y de éxito por una mindundi como yo?
Entiendo que te resulte difícil de asimilar, ya que tú solo sales con mujeres que son modelos o que podrían pasar perfectamente por serlo.
Puede que yo no sea Aneeka, pero eso no significa que no tenga cosas que ofrecer.
Que tú no seas capaz de verlo no significa que los demás tampoco.
—Lo estás entendiendo todo mal. No me refería a eso. Por supuesto que sé que tienes mucho que ofrecer. ¡Solo creo…, no, sé…, que se lo estás ofreciendo al tío equivocado!
Eché un vistazo al interior. Adrian estaba sentado en una mesa cerca de la ventana, examinando la carta de vinos.
Como si intuyera que lo estaban observando, levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los míos antes de ladear la cabeza a modo de pregunta.
«¿Va todo bien?», articuló, frunciendo el ceño.
Forcé una amplia sonrisa en mi rostro, reprimiendo las lágrimas que amenazaban con desbordarme.
No me podía creer que Luca se estuviera portando así.
Era mi mejor amigo. Se suponía que debíamos cubrirnos las espaldas, apoyarnos en las duras y en las maduras y todos los demás clichés que acompañaban a eso.
Y, sin embargo, desde que había empezado todo este reto, se había producido un cambio; pequeño al principio, pero, fuera lo que fuera, había ido a más.
Había algo diferente en él. Tenía destellos del antiguo Luca, pero ahora había secretos, unas rencillas con Adrian que no había visto antes.
Mis novios nunca le habían entusiasmado demasiado, y probablemente yo tampoco me había esforzado todo lo que debería con sus citas, pero nunca, jamás, intentaría que rompieran, por muy mal que me cayeran.
Eran la elección de Luca, igual que Adrian era la mía, y se suponía que Luca tenía que apoyarme en eso.
Aunque Adrian me hubiera estado engañando de verdad, seguiría estando cabreada con Luca, pero solo porque estaría matando al mensajero.
Creedme, me quedarían balas más que suficientes para el hombre en cuestión.
Pero Adrian había estado en casa ayer. Había hablado con él por videollamada, así que la historia de Luca tenía un agujero inmenso.
Y mucho me temía que la mejor parte de nuestra amistad se estaba colando por ese mismo agujero ahora mismo.
—Tengo que dejarte, Luca. Siento que no puedas apoyarme en esto.
Aparté el teléfono de la oreja, lo oí seguir hablando y colgué. Luego lo apagué y me dirigí al restaurante, intentando tragar el enorme y doloroso nudo que tenía en la garganta mientras lo hacía.