Vivir tu mejor vida Capítulo 26
73%

Capítulo 26

Necesito hablar contigo. ¿Estás libre para comer? Xx.

El mensaje de Luca apareció en la pantalla de mi teléfono. En la oficina teníamos un chat interno, pero Luca seguía usando WhatsApp cuando necesitaba preguntar algo. La costumbre, supongo. Cogí el teléfono de la suave superficie de roble y tecleé.

Lo siento. Me voy de compras con Helen. Tiene una boda el finde que viene y quiere consejo. Xx.

Eché un vistazo a su despacho. Estaba dando vueltas de un lado a otro. Esperé. Tras leer mi respuesta, se giró y me miró desde allí. Su momentánea expresión de confusión fue reemplazada rápidamente por una indescifrable, y volvió a mirar el móvil.

Vale. Qué bien. Me alegro de que estés haciendo amigos aquí. Xx.

¿¿¿Y???

¿Y qué?

Volví a levantar la vista. Para ser sincera, yo tampoco tenía ni idea de por qué Helen había pensado que yo era la persona indicada a la que pedir consejo de moda, pero haría lo que pudiera.

Al otro lado de la sala, Luca estaba de frente a mí y se encogió de hombros.

Negué sutilmente con la cabeza e intenté no sonreír.

Dos mesas más allá, un hombre apartó la vista de su pantalla y clavó los ojos en mí.

Me quedé helada un instante. Por un segundo, él también se quedó helado, y luego me devolvió la sonrisa y me dedicó un pequeño saludo con la mano.

Oh, Dios, seguro que se había pensado que estaba embobada mirándolo, ya que su mesa estaba justo en la línea de visión de las paredes de cristal del despacho de Luca.

Detrás de esos cristales, ahora veía a Luca partiéndose de risa. Aporreé el móvil.

Deja de reírte. Ha sido culpa tuya.

Vaya, sí que estás haciendo amigos…

Oh, chist. ¿Para qué me querías? ¿Me lo puedes decir por aquí?

El hombre que tenía enfrente estaba ahora inmerso en lo que parecía una profunda conversación telefónica y garabateaba furiosamente en una libreta a su lado. Volví a mirar a Luca. La sonrisa se había borrado de su cara.

La verdad es que no.

¿¿ESTOY DESPEDIDA??

¡Nooooo!

Añadió una fila de emoticonos de ojos en blanco y luego empezó a escribir de nuevo.

¿Libre para cenar?

No. Lo siento. He quedado con Adrian.

Al otro lado de la sala, la puerta de Luca se abrió y él cruzó la oficina a grandes zancadas.

Me fijé en que un par de mis compañeras lo observaron y luego se miraron entre sí cuando pasó, poniendo caras de lujuria.

Supongo que, objetivamente, hoy estaba bastante guapo.

Luca nunca tenía días malos como el resto de los mortales.

Hoy llevaba un traje azul oscuro, cuya chaqueta se había quedado colgada en el despacho, combinado con una camisa azul claro de cuello abierto y con las mangas arremangadas justo por debajo de los codos, dejando a la vista unos antebrazos musculosos y permanentemente bronceados.

Le sentaba bien. Y, por lo visto, también a las dos empleadas que ahora se abanicaban teatralmente a sus espaldas.

Fingí no darme cuenta y me giré hacia mi pantalla.

—Hola.

—Hola. —¿Tienes un minuto? —preguntó como si tal cosa.

—¡Hola, Bee! ¿Lista? —Helen nos sonrió a los dos al acercarse a mi mesa.

—Hola. Sí, listísima. —Puse el ordenador en suspensión y eché la silla hacia atrás—. Me voy ya. ¿Quieres que me pase a verte cuando vuelva? —le pregunté a Luca, agachándome para coger el bolso.

—No. Tengo una reunión esta tarde, pero necesito hablar contigo hoy.

—Vale. Avísame cuando estés libre, entonces. —Asintió, le dedicó una rápida sonrisa a Helen, dio media vuelta y regresó con paso decidido a su despacho.

—De verdad que tiene el culo más bonito del mundo —dijo Helen, siguiéndolo con la mirada por toda la planta.

De repente, giró la cabeza bruscamente para mirarme—.

Oh, Dios. Por favor, no le digas que he dicho eso.

—Sonreí—. Por supuesto que no. —Es solo que sé que vosotros dos sois…

amigos. —Puse los ojos en blanco y le di un tironcito del brazo—.

Venga, vamos. Y sí, somos amigos —dije, omitiendo la pausa tan cargada de significado que había añadido ella—.

Pero, créeme, si le transmitiera cada piropo que le dedican, necesitaría una puerta de despacho mucho más grande. —Helen sonrió.

—¿De verdad sois solo amigos?

—Sip.

—¿Cómo es posible? Es un encanto. —Helen tenía una edad similar a la de la madre de Luca y estaba felizmente casada con un tío estupendo llamado Bill, pero eso no significaba que no pudiera apreciar las cosas buenas de la vida. Y Luca Donato estaba, indudablemente, de muy buen ver.

—Simplemente lo somos. Es un poco distinto cuando os conocéis desde hace tanto tiempo como nosotros. No hay absolutamente ningún misterio cuando conoces todos los secretos del otro.

—Ohh, pero sería tan romántico. Literalmente, novietes de la infancia.

—¿Helen?

—¿Mmm? —Tenía una expresión soñadora en la cara.

—La puerta del ascensor está abierta. ¿Vienes? —Yo estaba de pie en el vestíbulo. Se había quedado tan absorta en sus ensoñaciones que ni siquiera se había dado cuenta de que habíamos llegado, y mucho menos de que yo ya no estaba a su lado.

—¡Oh! Sí. Claro. —Hizo una de esas cosas de caminar-rápido-pero-sin-llegar-a-correr que haces cuando un conductor te hace señas para que cruces la calle por delante de él.

—¿Por dónde quieres empezar?

—La verdad es que no estoy segura. Había pensado en John Lewis.

—Vale. —Nos dirigimos hacia la estación de metro—.

O podríamos probar en algún sitio un poco menos típico.

Mi amiga Tia podría representar a Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos de ir de compras y aplastaría por completo a la competencia.

Me ha llevado a un par de sitios que tienen cosas geniales, si quieres probar ahí.

—¿Para alguien de mi edad? —preguntó Helen, dubitativa. Le abracé el brazo.

—Para cualquier edad.

—Supongo que algún sitio más estilo boutique reduciría las posibilidades de toparme con alguien que lleve lo mismo en la boda. —Intercambiamos una rápida mueca ante esa perspectiva.

—Eso es verdad.

—¡Pues vamos allá! —anunció Helen.

Media hora después teníamos un modelito nuevo y precioso para Helen, y la dependienta la estaba convenciendo para que se probara unos zapatos adorables (e indudablemente sexis) que no tenía pensado comprar.

—Ya tengo zapatos —le dijo a la dependienta.

—Cariño, yo también tengo zapatos, pero una chica siempre necesita más zapatos. —Un argumento válido y bien planteado.

—Bueno, creo que probablemente… ¡oh! Ohhh. Esos son bastante bonitos —arrulló cuando la dependienta sacó de la estantería un par de sandalias de tiras.

—¿Por qué no te los pruebas a ver qué te parecen? —sugerí. La dependienta asintió dándome la razón. Por supuesto, una vez puestos, Helen quedó convencida. Le quedaban espectaculares.

—No estoy segura de qué pensará Bill. —Helen se rio por lo bajo mientras la dependienta se llevaba los artículos para envolverlos.

Ambas bajamos la vista hacia sus pies, ahora de nuevo metidos en sus propios zapatos.

Siempre iba muy arreglada, pero estaba claro que tenía tendencia a decantarse por el lado «sensato» de la balanza en lo que respecta al calzado.

Los que en ese momento estaban siendo colocados con mimo en una brillante caja dorada no entraban, ni mucho menos, en esa categoría.

—Créeme. Yo creo que a Bill le gustarán. —Volví a mirar la caja y luego a Helen—. Quiero decir que le gustarán mu-u-u-ucho. —Helen soltó una risita, me dio un codazo, se sonrojó y volvió a reír.

El despacho de Luca estaba vacío cuando, a falta de un minuto, regresamos a la planta donde residía Donato Solutions, pero la sala de juntas, también de cristal, tenía a un grupo de siete u ocho personas sentadas alrededor de la mesa con tablets , portátiles y una pantalla de proyección bajada.

Luca estaba de pie junto a ella, hablando animadamente y señalando de vez en cuando con un puntero las distintas diapositivas.

Me gustaba que siguiera siendo un poco de la vieja escuela para ese tipo de cosas.

Luca levantó la vista al terminar su presentación y me dedicó la más fugaz de las sonrisas antes de volverse de nuevo hacia los demás.

Una mujer estaba sentada a su derecha, con el pelo oscuro recogido en un tirante moño bajo, un maquillaje de nivel profesional y un trazo de labios rojos; siguió la línea de visión de Luca y me estudió por un momento.

Tuve la sensación de ser un espécimen de alguna criatura rara, aunque extinta, en un museo, pero algo me hizo mantener el tipo.

Normalmente, una persona así me habría intimidado.

Vale, reconozcámoslo. Todavía lo hacía. Pero apreté los dientes contra mi impulso natural de apartar la mirada y, en su lugar, esbocé una sonrisa amistosa.

Su fría mirada se paseó sobre mí antes de volver brevemente a Luca.

Tras dedicarme otro rápido escrutinio, volvió a centrar su atención en la reunión.